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La inflación que el Gobierno no puede esconder: mayoristas al 5,2% y alarma en la economía

Mientras el Gobierno celebra una desaceleración del IPC, la inflación mayorista saltó al 5,2% y encendió nuevas alarmas sobre el verdadero estado de la economía. El fuerte aumento en combustibles, energía e insumos industriales expone las tensiones del modelo de Javier Milei y obligó a Luis Caputo a salir a justificar un dato que amenaza con trasladarse a los precios y profundizar la crisis productiva.
Imagen elaborada con IA.

El relato oficial de una inflación «domada» volvió a chocar con la realidad. Mientras el Gobierno celebraba el 2,6% de inflación minorista de abril como una señal de estabilización, el índice mayorista se disparó al 5,2% y dejó al descubierto una tensión cada vez más difícil de ocultar: los costos siguen subiendo muy por encima de lo que reflejan los precios al consumidor.

El dato publicado por el INDEC encendió alarmas porque no se trata de un aumento aislado. La inflación mayorista duplicó al IPC y mostró que las presiones inflacionarias continúan acumulándose en la estructura productiva. En otras palabras: lo que hoy absorben las empresas, mañana puede terminar trasladándose al bolsillo de la gente.

La reacción del ministro de Economía, Luis Caputo, evidenció la preocupación del Gobierno. Apenas conocido el informe, el funcionario salió a explicar en redes sociales que el salto estuvo impulsado «casi en un 85%» por el aumento internacional del petróleo derivado de la guerra en Medio Oriente. El argumento busca instalar que se trata de un shock externo y no de un problema interno del modelo económico libertario.

Sin embargo, economistas advierten que la explicación oficial es parcial y funcional a una estrategia política: despegar al Gobierno de cualquier responsabilidad. Porque más allá del impacto del petróleo, el informe confirma que los costos industriales siguen acelerándose en un contexto de recesión, caída del consumo y salarios deteriorados.

El problema es más profundo que una suba coyuntural del crudo. La economía argentina arrastra una combinación explosiva: tarifas en aumento, combustibles más caros, apertura importadora, presión sobre los salarios y un tipo de cambio contenido artificialmente para intentar mostrar desaceleración inflacionaria. Ese esquema puede contener parcialmente el IPC por algunos meses, pero empieza a mostrar grietas.

La inflación mayorista funciona como una especie de termómetro adelantado de la economía. Cuando las fábricas, industrias y productores pagan más por energía, transporte, químicos, plásticos o insumos básicos, tarde o temprano ese incremento se traslada a precios finales. Por eso el dato de abril preocupa incluso más que el IPC.

El informe oficial revela que sectores estratégicos tuvieron aumentos explosivos: petróleo crudo y gas subió 22,9%; productos refinados del petróleo, 13,6%; caucho y plástico, 7,4%; y químicos, 5,1%. Toda la cadena productiva quedó impactada por el encarecimiento energético. El resultado es un efecto dominó sobre la economía real.

La contradicción central del plan económico aparece cada vez más evidente. El Gobierno intenta bajar la inflación frenando salarios y retrasando el dólar, mientras al mismo tiempo habilita aumentos permanentes en tarifas, combustibles y servicios regulados. Esa tensión termina golpeando sobre el aparato productivo y limita cualquier posibilidad de recuperación del mercado interno.

Además, el dato mayorista llega en un momento delicado para la gestión de Javier Milei. La caída del consumo, el cierre de empresas y la pérdida de empleo formal ya generan preocupación en distintos sectores económicos. En ese contexto, una nueva presión inflacionaria amenaza con profundizar el deterioro social.

Aumentos en septiembre: alquileres, prepagas y combustibles presionan el bolsillo
. Porque más allá del impacto del petróleo, el informe confirma que los costos industriales siguen acelerándose en un contexto de recesión, caída del consumo y salarios deteriorados.

Las propias consultoras privadas que acompañaron inicialmente el rumbo económico reconocen que la inflación difícilmente perforará el 2% mensual en el corto plazo. Incluso algunas advierten que sostener el «ancla cambiaria» puede derivar más adelante en una corrección brusca del dólar, escenario que volvería a disparar los precios.

El Gobierno apostaba a mostrar una desaceleración sostenida como principal capital político de cara al segundo semestre. Pero el salto de la inflación mayorista expone que debajo de la superficie siguen acumulándose desequilibrios. Y cuando la presión se acumula demasiado tiempo, la economía argentina suele reaccionar de la peor manera.

La pregunta ya no es solamente si la inflación baja, sino cuánto cuesta sostener artificialmente esa desaceleración y quién termina pagando el ajuste. Porque mientras los indicadores macroeconómicos intentan ordenarse, la industria produce menos, los salarios pierden poder adquisitivo y las familias siguen sintiendo que llegar a fin de mes continúa siendo una carrera imposible.

Fuente: IProfesional

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