Si hay un síntoma social que evidencia los problemas que enfrenta la salud mental en Argentina es el aumento de los suicidios. Detrás de los números, se acumulan historias de angustia, soledad y falta de horizontes, especialmente entre adolescentes y jóvenes. En diálogo exclusivo con NEA HOY, la licenciada en terapia ocupacional y especialista en salud mental comunitaria Celeste Romero advierte que el país atraviesa una “crisis muy importante” que no puede explicarse por una sola causa, sino por un conjunto de factores económicos, sociales y culturales que van erosionando las posibilidades de cuidado.
“El suicidio es la segunda causa de muerte traumática en la franja de 15 a 29 años”, señala Romero. Pero lo que más preocupa es la transformación del fenómeno: “Antes esa franja empezaba a los 18 años. Ahora vemos casos desde los 13, 14 o 15 años”. Según los datos que maneja la especialista, el primer trimestre de 2026 registró un aumento del 40% en los suicidios respecto al mismo período del año anterior. A esto se suma que por cada persona que muere por suicidio, hay decenas de intentos no consumados. “Tenemos alrededor de 17 intentos por cada caso fatal, lo que da más de 2.500 intentos no fatales. Y eso considerando que hay provincias que ni siquiera reportan datos completos”, advierte.

Jóvenes cada vez más solos
Para Romero, uno de los ejes centrales para entender esta crisis es la soledad estructural en la que viven muchos jóvenes. “Nuestra juventud muchas veces se encuentra sola, sin acceso y con ofertas que lejos están de alojar el malestar psíquico”, explica. Esa soledad está vinculada a transformaciones en las dinámicas familiares, laborales y comunitarias. “Las familias están más empobrecidas. Los adultos responsables trabajan muchas horas, muchas veces con pluriempleo, y eso debilita las posibilidades de cuidado”, sostiene. Es así como los niños y adolescentes quedan con menos espacios de contención, menos actividades compartidas y menos redes afectivas.
El problema no se limita al ámbito familiar, también tenemos que hablar del debilitamiento del tejido comunitario. “Se han reducido significativamente las propuestas en clubes, organizaciones barriales, espacios culturales. Incluso sectores como Cáritas reportan una baja en la capacidad de asistencia”, señala Romero. Esos espacios, que históricamente funcionaban como redes de contención, hoy están desfinanciados o directamente desaparecieron y la gente pierde la posibilidad de vincularse. “Cuando trabajamos con jóvenes y les preguntamos qué es la salud mental, la mayoría responde cosas muy concretas: tener amigos, hacer deporte, escuchar música, compartir tiempo con otros. Eso es lo que hoy está más debilitado”, explica.
Ver esta publicación en Instagram
Pobreza, desesperanza y sobreexposición
El contexto socioeconómico aparece como otro factor clave. Según datos oficiales 7 de cada 10 niños en Argentina viven bajo la línea de pobreza. “Es fundamental cruzar esa información con lo que pasa en salud mental. No se puede analizar el suicidio sin tener en cuenta la pobreza estructural”, afirma Romero.
La especialista habla de una “desesperanza estructural” que atraviesa a las nuevas generaciones. No se trata solo de problemas individuales, sino de una percepción generalizada de falta de futuro. “Los jóvenes acceden constantemente a información sobre desigualdad, guerras, crisis globales. Procesar todo eso sin acompañamiento se vuelve muy difícil”, advierte.
Es ahí donde el uso intensivo de redes sociales y tecnologías juega un rol ambivalente. Si bien permiten conexión, muchas veces profundizan el aislamiento o exponen a contenidos difíciles de elaborar emocionalmente. “No siempre hay un acompañamiento adulto o institucional que ayude a procesar esa información”, agrega.
Ver esta publicación en Instagram
Políticas insuficientes
A pesar de que Argentina cuenta con una alta cantidad de profesionales en salud mental, Romero cuestiona la falta de políticas integrales. “Hay una decisión política de no trabajar la transversalidad del problema”, afirma. Esto se traduce en un acceso desigual, especialmente en regiones vulnerables o localidades pequeñas. “En muchos pueblos no hay atención en salud mental o hay profesionales solo una vez por semana, con mucha itinerancia y condiciones laborales precarias”, describe. La consecuencia es una cobertura fragmentada que no logra dar respuesta a la complejidad del problema.
Las medidas implementadas hasta ahora también son puestas en duda. “Un número telefónico o una app no alcanzan para abordar una situación tan compleja”, sostiene y agrega: “Hay lugares donde los jóvenes ni siquiera tienen acceso a internet o a un celular. Pensar soluciones desde ahí es desconocer la realidad”. El panorama es desigual para todo el país, Romero menciona que provincias como Entre Ríos superan ampliamente la media nacional de suicidios, mientras que en otras regiones se registran episodios extremos, como varios casos en un mismo día. En ciudades como Bariloche, además, crecen las consultas hospitalarias por intentos de suicidio y autolesiones.
“Muchas veces, cuando los jóvenes logran poner en palabras lo que les pasa, no hablan solo de un problema puntual, sino de la falta de perspectivas futuras”, explica la especialista. Sin embargo, Romero insiste en que hay caminos posibles: “Escuchar a los jóvenes, reconstruir espacios comunitarios, fortalecer las políticas públicas y garantizar acceso real a la salud mental son pasos fundamentales”.
ADEMÁS EN NEA HOY:
Vacunación en Resistencia: ¿Dónde aplicarse la dosis antigripal?









