La juventud argentina enfrenta uno de los escenarios más adversos de las últimas décadas. Así lo confirma el informe «Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro«, elaborado por investigadores del Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires, que expone una realidad contundente: casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 29 años, el 48,9%, se encuentra en condiciones de vulnerabilidad social.
El trabajo, dirigido por Juan Cruz Esquivel y Felipe Vega Terra, fue realizado entre diciembre de 2025 y enero de 2026 a partir de encuestas presenciales a 1002 jóvenes de los principales centros urbanos del país. Los resultados dejan al descubierto una generación que ve cada vez más lejos la posibilidad de progresar, en medio de un contexto económico que castiga especialmente a los sectores populares.
El desempleo no da respiro
Uno de los datos más alarmantes es la consolidación de lo que los investigadores llaman el fenómeno «Triple Ni»: jóvenes que no estudian, no trabajan y que además dejaron de buscar empleo. Dos de cada diez jóvenes vulnerables no trabajan ni estudian, y de ese grupo, un tercio ya ni siquiera intenta conseguir un puesto. El desánimo se explica, según el informe, porque el mercado laboral dejó de percibirse como una vía de inclusión: solo cuatro de cada diez desocupados busca trabajo de manera activa.

La precarización golpea incluso a quienes logran insertarse laboralmente. Apenas el 18,9% de los jóvenes ocupados tiene un empleo registrado o parcialmente registrado, mientras que más del 75% se desempeña de manera informal o por cuenta propia, muchas veces bajo la forma de changas o ventas ambulantes que los propios jóvenes terminan llamando «emprendedurismo» ante la falta de alternativas reales. El comercio, la construcción y las tareas de cuidado concentran la mayor parte de esta mano de obra precarizada y mal remunerada.
El informe no deja dudas sobre el trasfondo político de este deterioro: desde que asumió el Gobierno de Javier Milei se perdieron más de 340 mil empleos registrados y cerraron 28 mil empresas en el país. Si bien los propios investigadores aclaran que el estancamiento del empleo formal viene arrastrándose, de manera no lineal, desde 2011, la aceleración de despidos y cierres en los últimos meses profundiza un cuadro que ya era crítico y lo empuja a niveles alarmantes para la juventud trabajadora.
Sueldos que no alcanzan y salud que depende del Estado
La consecuencia inmediata de esta precariedad se traduce en los bolsillos: el 57% de los jóvenes vulnerables asegura que los ingresos de su hogar no alcanzan para cubrir los gastos del mes. A esto se suma que el 78% no cuenta con obra social ni prepaga, por lo que depende exclusivamente del sistema de salud pública para cualquier atención médica, un sistema que también sufre el ajuste del Gobierno nacional.

La brecha de género también se hace sentir con fuerza: mientras el desempleo general del país ronda el 15% tanto para varones como para mujeres, entre los jóvenes vulnerables la desocupación femenina trepa al 41%, casi el doble que la masculina, que se ubica en 23%. El trabajo por cuenta propia, además, es más frecuente entre las mujeres jóvenes, reflejo de las dificultades adicionales que enfrentan para acceder a un empleo formal.
El costo emocional de la crisis
El informe también pone el foco en un aspecto muchas veces invisibilizado: el impacto psicológico de vivir en estas condiciones. Más del 70% de los jóvenes relevados manifiesta sufrir nervios o ansiedad de manera frecuente, y alrededor de la mitad reconoce sentir desgano o síntomas compatibles con la depresión. Un 30% admite tener dificultades para controlar el consumo de alcohol, tabaco u otras sustancias, un porcentaje que crece entre quienes tienen menor nivel educativo.
Los propios autores del estudio señalan que el malestar psicológico «se convirtió en una experiencia cotidiana« para buena parte de esta generación, atravesada por la incertidumbre laboral, la falta de cobertura de salud y la sensación de que el esfuerzo individual ya no garantiza ningún tipo de movilidad social.
La educación, la última esperanza
A pesar del panorama desalentador, el estudio rescata un dato que abre una puerta: el 85,7% de los jóvenes vulnerables considera que estudiar podría mejorar su calidad de vida. Sin embargo, solo una cuarta parte logra sostener sus estudios, ya que la falta de dinero y de oportunidades reales termina funcionando como una barrera casi infranqueable. El 60,5% no llegó a completar el nivel secundario, lo que confirma una desvinculación temprana del sistema educativo que luego se traduce en trabajos más precarios y peor remunerados.
Los investigadores de la UBA son categóricos en su conclusión: la vulnerabilidad social «opera como un eje estructurante de desigualdades materiales y subjetivas«, y su complejidad exige políticas públicas integrales. En un contexto de ajuste, pérdida de empleos formales y desfinanciamiento de áreas sensibles como salud y educación, el informe funciona como una radiografía urgente de una generación que ve cómo se estrechan, cada vez más, sus posibilidades de construir un futuro distinto.
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