El título de la primera encíclica de León XIV, Magnífica humanidad (Magnifica humanitas, las dos primeras palabras en latín del texto, como es tradición), ya constituye su programa ante los algoritmos, la inteligencia artificial y una nueva sociedad marcada por la tecnología: reivindica lo que nos hace humanos.
Pero más allá de lo espiritual, es un documento potente de evidente carga política, que no oculta cuál es el nuevo adversario que señala la Iglesia: el tecnofascismo en ciernes teorizado por las teorías poshumanas y transhumanas de Silicon Valley y de buena parte de los ideólogos que rodean a Donald Trump. El subtítulo del texto, de 110 páginas, es “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.
Para el Pontífice, licenciado en Matemáticas, se trata de un nuevo esquema mundial en el que “quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas”. “Pequeños grupos muy influyentes pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social y la solidaridad entre los pueblos”, alerta. Por eso llama a los estados a intervenir para establecer reglas, regular la tecnología y la propiedad de los datos.

De la misma manera, a nivel internacional, reivindica el multilateralismo y el papel de la ONU y las organizaciones internacionales. También disecciona los peligros de la IA para el impacto ambiental, en el mundo laboral y en la educación, y por supuesto en su uso en escenarios de guerra. Es más, en una de las muchas alusiones claras a la actual administración de la Casa Blanca, León XIV declara que “hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto”.
Defensor a ultranza del diálogo y de los más débiles, opina que “se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios en los que las comunidades pueden seguir participando e interrogándose”. Robert Prevost utiliza el símil de la torre de Babel para describir los riesgos actuales: “La idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos. Este es el riesgo de la deshumanización”.
La concentración tecnológica tiene, para el Papa, un correlato económico. La riqueza mundial, advierte, “se concentra cada vez más en menos manos, lo que agranda las desigualdades”, y en la era de la IA y la robótica ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible« del mercado. León XIV insta a los responsables políticos a orientar las políticas hacia “el bien común” y a promover “el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación”.

Si la concentración de poder es el diagnóstico general, el papa reserva sus advertencias más concretas para quienes considera más expuestos. Sobre los menores, alerta de “fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual” agravados por “perfiles falsos, algoritmos que amplifican contactos peligrosos y herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos”, y pide límites de edad y mayor responsabilidad de los proveedores.
Sobre el trabajo, sostiene que los enfoques tecnológicos actuales pueden “desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas”.
Reclama que toda automatización vaya acompañada de “medidas verificables de protección del empleo y de recualificación”, y que el orden económico permanezca subordinado a la dignidad humana. “La búsqueda de mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente empleos”, escribe, y añade que los gobiernos deben fomentar condiciones que favorezcan el empleo “ya que es un bien primario para las familias y para las sociedades”.
Una disculpa histórica por la esclavitud
El texto contiene además la primera disculpa formal de un papa por el papel de la propia Santa Sede en la legitimización de la esclavitud, que León XIV califica de “herida en la memoria cristiana”.
“Por esto, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón”, escribió el pontífice, cuya historia familiar incluye tanto personas esclavizadas como propietarios de esclavos, según investigaciones genealógicas publicadas por Henry Louis Gates Jr.
Otros papas habían pedido perdón por la participación de cristianos en la trata: Juan Pablo II lo hizo en 1992 y Francisco denunció en repetidas ocasiones sus formas actuales.
León XIV fue más allá al reconocer el papel de los propios pontífices, que en el siglo XV autorizaron a soberanos portugueses y españoles a someter y esclavizar a los “infieles”. La Iglesia, recuerda, poseyó esclavos hasta la Edad Media y tardó diecinueve siglos en articular “una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud”.
El papa vinculó ese pasado con el presente al advertir que el incumplimiento de los estándares laborales en la economía digital —incluida la extracción de minerales para chips de IA— constituye “una nueva forma de esclavitud y colonialismo”.
Fuente: El País e Infobae
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