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La fábula de la pato y el león: la interna que sacude al gobierno libertario

La jefa del bloque oficialista en el Senado desafió abiertamente al Presidente y a su hermana, expuso fisuras profundas en La Libertad Avanza y se consolidó como una figura con agenda propia. El episodio del pliego judicial fue la mecha, pero el conflicto viene de mucho más atrás.
Fuente: A24

Hay momentos en la política argentina en que un trámite burocrático se convierte en termómetro de la temperatura interna de un gobierno. El debate por el pliego de la candidata a jueza María Verónica Michelli fue, esta semana, ese termómetro. La senadora Patricia Bullrich desafió cara a cara al presidente Javier Milei, tensó hasta el límite su vínculo con la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y dejó en claro que dentro de La Libertad Avanza conviven, con creciente incomodidad, proyectos políticos que apuntan en direcciones distintas.

El detonante fue la decisión del Ejecutivo de retirar el pliego de Michelli —postulante a integrar el Tribunal Oral Federal 3 de La Plata— cuando trascendió que era cuñada del periodista Hugo Alconada Mon, conocido por sus investigaciones sobre corrupción en distintos gobiernos, incluido el actual. El argumento oficial nunca quedó del todo claro, lo que dejó expuesto al Presidente ante una acusación difícil de refutar: que se trataba de una represalia por vínculos familiares con un periodista crítico.

Bullrich no tardó en actuar. El lunes pasado se reunió en persona con Milei y le comunicó que no acompañaría el retiro del pliego. El Presidente se molestó. «¡La prensa arma causas con los jueces en contra del Gobierno!«, habría exclamado. La senadora no cedió: «Bueno, esta es mi posición. Si querés, presento mi renuncia como jefa de bloque«. Milei no respondió y cambió de tema. El mandato de Bullrich vence en 2031. Tenerla en contra es, para el Gobierno, todo pérdida.

Lo que siguió fue una secuencia de maniobras, contratiempos y reproches que quedaron expuestos ante el resto de los bloques del Senado y, por extensión, ante toda la opinión pública. La senadora lideró la reunión de labor parlamentaria, presionó para que se publicara un dictamen que el senador libertario Juan Carlos Pagotto había frenado por orden de la Casa Rosada, y negoció con el peronismo para incluir el pliego de Michelli en la sesión del jueves. Al final, el pliego fue aprobado con votos del kirchnerismo. El Gobierno quedó en un lugar incómodo: ganó y perdió al mismo tiempo.

La sesión dejó al descubierto varias cosas. Primero, que el bloque libertario en el Senado no funciona como una unidad disciplinada. Segundo, que Bullrich tiene capital político propio suficiente como para moverse con autonomía sin que el Ejecutivo pueda hacer demasiado al respecto. Tercero, que la relación entre la senadora y Karina Milei, la verdadera conductora política del espacio, atraviesa uno de sus peores momentos.

Bullrich se consolidó como «una tercera en discordia«, un factor de poder que no responde ni a la secretaria general ni al asesor presidencial Santiago Caputo, pero que tampoco puede ser ignorado. «Podés disciplinar a mucha gente, pero después te encontrás con figuras que tienen capital propio«, señaló Fara.

Lo que hace más significativo el episodio es su contexto. La imagen de Milei viene mostrando un deterioro sostenido en los últimos meses. Bullrich, en cambio, aparece en varias encuestas con mejor imagen que el propio Presidente. Esa simetría invertida alimenta los rumores sobre una posible candidatura presidencial de la senadora en 2027, algo que en el entorno de Karina Milei genera alarma genuina.

Las tensiones entre ambas venían acumulándose desde antes. En el Tedeum del 25 de Mayo, la Secretaría General no invitó a Bullrich a la caminata desde la Casa Rosada a la Catedral, y cuando la senadora intentó sumarse a las primeras filas del templo, le bloquearon el acceso invocando razones de «protocolo», aunque el asesor Santiago Caputo —sin cargo formal— sí estaba entre los elegidos. Fue una humillación difícil de disimular. Afuera, alguien le gritó «Patricia Presidenta».

Dentro del bloque libertario, la reunión del miércoles por la noche fue de antología: casi dos horas y media de gritos y reproches que podían escucharse desde los pasillos del Senado. Los sectores más alineados con Karina Milei le recriminaron a Bullrich haber comunicado su «objeción de conciencia» por redes sociales antes de consultar a nadie. Ella escuchó, con gesto adusto, desde la cabecera de la mesa.

Al día siguiente, la foto de Bullrich con Karina Milei circuló en los medios como señal de unidad. Pero dentro del Gobierno nadie demasiado creyó en la postal. «Karina sabe esperar», dijeron cerca de la secretaria general.
El episodio también dejó consecuencias legislativas concretas. La ley de inviolabilidad de la propiedad privada no pudo ser votada por falta de acuerdos. La reforma electoral que impulsa el oficialismo sigue en suspenso. Y varios senadores aliados advirtieron en privado que, sin negociación real, el Gobierno no tiene votos garantizados para ningún proyecto relevante.

En la Casa Rosada prefieren leer el conflicto como ruido manejable. «Milei ve las cosas de otra manera. Está más elevado y ve un tablero de control donde todos los botones son necesarios«, justificó una fuente oficial. Otros, con menos eufemismos, admiten que el Presidente no quiere intervenir y que eso no va a cambiar.
Bullrich, mientras tanto, seguirá siendo lo que siempre fue: una socia incómoda que conoce sus propios límites, pero también los del Gobierno al que pertenece.

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