Malvina Lara no necesita presentación en los barrios donde trabaja. La conocen porque aparece cuando nadie más aparece: con una frazada, con información sobre una denuncia, con la paciencia de quien sabe que el vínculo se construye despacio.
Hace cuatro o cinco años dio el paso hacia la institucionalidad y se incorporó a la Subsecretaría de Relaciones con la Comunidad y Violencia de la provincia, pero aclara enseguida que su rol de promotora de género «es algo innato, algo que constantemente estoy ejerciendo«. La función pública y la vocación conviven en ella sin contradicción. Lo que sí genera contradicción —y cada vez más— es el contexto en el que ambas intentan sobrevivir.
Una sociedad más vulnerada
Lara describe lo que ve en el territorio con una claridad que no necesita estadísticas. «Hoy la gente está atravesada por distintos tipos de violencia: la económica, el abandono, la falta de presencia del Estado«, dice. Y agrega algo que resume el espiral en el que trabaja: la crisis no solo multiplica las necesidades, también erosiona las redes que antes permitían atenderlas.
Los comedores comunitarios, que funcionaban como primer escalón de contención para las familias más expuestas, están al límite. Quienes los sostienen ya no pueden recibir a nadie más. «Antes se decía, agrego un poco más de agua, un poco más de arroz, y no hay problema. Ahora me dicen: ya agregué el agua, ya no me alcanza. Estoy poniendo de mi sueldo, mis vecinos están poniendo y ya no nos alcanza. Se han duplicado y triplicado los comensales«, relata Lara.
El achicamiento llega también desde arriba. Quienes antes podían donar ropa, alimentos o artículos básicos han dejado de hacerlo no por indiferencia, sino porque ellos mismos tienen menos. «La gente que tenía una empleada, una persona que se encargaba de sus plantas, no le puede incrementar el sueldo, entonces le va dando esas cosas que antes nos daban a nosotros para sostener a los que menos tenían. Llega menos para el que menos tiene«, explica con una lógica que no necesita adornos.
El Estado que llega tarde, hoy ni intenta llegar
Para Malvina, trabajar desde adentro del Estado tiene una ventaja y una trampa. La ventaja es el acceso institucional; la trampa es que muchas veces ese mismo Estado no tiene las herramientas que promete. «El Estado explica que sus tiempos no son los que la necesidad de las personas requiere, o que las medidas no llegan a alcanzar«, resume, con la resignación de quien lo ha escuchado demasiadas veces.
Las consecuencias son concretas. Una mujer logra una orden de alejamiento, pero el agresor vive a cinco metros en la casa de un familiar. Una familia queda en la calle porque el agresor incendió la vivienda —algo que Lara dice está «de moda» con una amargura que duele— y no hay recursos para reconstruirla. La policía llega tarde a los asentamientos porque los pasillos la demoran, y cuando llega «ya escapó el agresor o ya se arreglaron». La credibilidad del sistema se gasta así, caso a caso.
A eso se suma la desaparición silenciosa de recursos que antes existían. Los emprendimientos que permitían a mujeres en situación de vulnerabilidad generar algún ingreso propio encuentran hoy menos mercado, más competencia y menos venta. «Se redujo literalmente la comida«, dice Lara sin metáfora.
📌»Detrás del proyecto de falsas denuncias que impulsa Carolina Losada está el lobby pedófilo para la impunidad en los abusos sexuales»
🗣️ Estela Díaz, ministra de Mujeres y Diversidad de la provincia de Buenos Aires en #Segurola pic.twitter.com/4pvMENzYYT
— Futurock.fm (@futurockOk) May 14, 2026
El retroceso cultural
Hay otro frente que preocupa especialmente a quienes llevan años en este trabajo: el discurso nacional que pone en duda la legitimidad de las denuncias por violencia de género. Para Lara, ese mensaje no se queda en las redes sociales. Permea dentro de los barrios como un sentido «común» que vuelve a culpabiliza a las víctimas.
«Nosotros veníamos trabajando con una mujer que sentía que nadie le iba a creer. Y de pronto ahora le venimos a poner más en duda todavía su discurso«, explica. El efecto es el contrario al deseado: en lugar de alentar a salir del círculo de violencia, ese clima lleva a las mujeres a retroceder. «Van a sentir que tienen a un Estado que les está dudando desde el principio, a ver si es verdad lo que están diciendo, y encima tienen al agresor negando todo«.
Lara recuerda que uno de los logros más importantes de años de trabajo territorial fue precisamente ese: que las personas empezaran a reconocerse como sujetos de derecho, que se animaran a denunciar, que dejaran de naturalizar la violencia. Ese camino, construido despacio y con mucha presencia, enfrenta hoy un doble retroceso: el del financiamiento y el de la legitimidad.
Sostener con voluntad ajena
«Yo trabajo con la voluntad ajena«, dice Malvina Lara en un momento de la conversación, y la frase queda suspendida. Es la descripción exacta de un modelo de asistencia que descansa cada vez más sobre la solidaridad individual en lugar de sobre estructuras estatales sólidas.
Mientras esa solidaridad aguante —y ella reconoce que todavía hay personas sensibles que aportan— el trabajo continúa. Pero la ecuación es frágil, y Lara lo sabe mejor que nadie. En los barrios de Posadas, hay mujeres que hoy tienen un techo, información o simplemente alguien que las escuchó gracias a que ella estuvo. Eso que no aparece en ningún presupuesto ni planilla de Excel de ninguna oficina del gobierno.
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