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Palantir y la Batalla por la Identidad Cultural

La llegada de la tecnología de vigilancia más avanzada del mundo a la Argentina de Javier Milei no solo trae algoritmos; trae una filosofía. Entre los postulados de Palantir, la distinción entre “culturas fuertes” y “culturas débiles” reabre un debate que la diplomacia cultural argentina viene dando históricamente y que el país, junto a la mayoría de los pueblos del mundo adoptó como propia.
Imagen generada con IA

Para entender la llegada de Palantir a la Argentina, primero hay que entender a Peter Thiel.

Su presencia fue noticia central en los medios de comunicación nacionales. Si bien sus movimientos se mantienen en secreto (tanto que se prohibió la presencia de periodismo en la Casa de Gobierno durante su audiencia presidencial), y no existen detalles que hayan trascendido sobre ninguna negociación, sabemos de dos larguísimas reuniones del hipermillonario CEO con Javier Milei en la Casa Rosada, sabemos de la compra de una costosísima mansión en el Barrio Parque de la Ciudad de Buenos Aires, sabemos del descomunal hermetismo y las restricciones extremas a su entrevista. Y sabemos quién es Peter Thiel. No es solo un multimillonario de Silicon Valley; es el filósofo del «Contrarianism», el “pensamiento en contra”. Y conocemos su visión, que es la de un estratega que cree que la tecnología debe servir para ordenar el sistema. Y sabemos que el sistema es un capitalismo salvaje que pareciera por momentos estar en caos y en retirada, aunque por supuesto Thiel no lo define de esta manera.

Recientemente el mega millonario Peter Thiel visitó a Milei, aunque no se conocieron detalles del encuentro ni tampoco se permitió la presencia de la prensa durante ese tiempo en la Casa Rosada.

Diseñada originalmente para la inteligencia antiterrorista, la función de Palantir es conectar puntos invisibles en océanos de datos, permitiendo que gobiernos y corporaciones predigan amenazas.

En términos de desarrollo cultural Palantir trabaja sobre la eliminación de la sorpresa, ya que el algoritmo busca predecir el futuro basándose en los patrones del pasado. Esta estructura entra en colisión directa con el concepto de libertad creativa. Mientras el poder disciplinario busca normalizar las conductas bajo un estándar de «eficiencia», el arte y la cultura diversa se desarrollan mejor desde la anormalidad y el disenso, incluso desde el caos. La libertad creativa es el último refugio frente a una vigilancia que pretende no solo castigar, sino predefinir quiénes somos.

La llegada de Thiel a la Argentina se enmarca en una sintonía ideológica total con la gestión de Javier Milei: la creencia en la destrucción creativa y la reconfiguración del Estado a través de una supuesta eficiencia técnica radical.

La llegada de Thiel a la Argentina se enmarca en una sintonía ideológica total con la gestión de Javier Milei
La llegada de Thiel a la Argentina se enmarca en una sintonía ideológica total con la gestión de Javier Milei

Dentro de la mística de Palantir circulan sus «22 puntos» fundacionales, un manifiesto que define su ADN. En el cierre de este documento, la empresa abandona la neutralidad técnica para lanzar un juicio de valor sobre las sociedades. El mismo afirma textualmente:

«Todas las culturas son ahora iguales. La crítica y los juicios de valor están prohibidos. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, e incluso subculturas… han producido maravillas [mientras que otras] han resultado mediocres, regresivas o activamente dañinas.»

La diversidad no es un lastre, sino un derecho humano fundamental.

Podemos inferir que éste párrafo considera una cultura «fuerte» a aquella capaz de imponer su misión sobre el caos, lo que sería “producir maravillas” para los propósitos sociales y culturales de esta línea de pensamiento, mientras que el pluralismo es visto como una debilidad que frena el progreso técnico.

La verdadera fortaleza democrática no reside en la homogeneidad impuesta por un algoritmo, sino en la capacidad de integrar visiones contrapuestas. Una sociedad plural es, por definición, más difícil de procesar y controlar mediante patrones predictivos. Defender la diversidad es defender un espacio de libertad frente al determinismo tecnológico.

Antes que Palantir tuviera una escucha privilegiada en el ejecutivo nacional, el país ocupaba un lugar de vanguardia en la defensa de lo opuesto. Me ha concernido, como delegado del INCAA ante las Naciones Unidas en el año 2003, ser parte de una batalla diplomática global que sostenía una tesis contraria: la diversidad no es un lastre, sino un derecho humano fundamental.

Conceptualmente, el pluralismo para Palantir es visto como una debilidad que frena el progreso técnico..

Desde nuestro país, defendimos la posición de reconocer como un hecho evidente que hay países con economías fuertes y economías débiles pero eso no significa de ningún modo que aceptemos que existan culturas fuertes y culturas débiles.

Durante muchos años la Argentina militó activamente la Declaración Universal de la UNESCO, que define a la diversidad cultural como un «patrimonio común de la humanidad». Siempre defendimos que la cultura no es una mercancía ni un sistema que deba ser «eficiente», sino el acceso a una existencia moral y afectiva que produzca el desarrollo de una sociedad mas reflexiva, empática y dichosa.

El debate que propone la llegada de Palantir no es técnico, es político. ¿Es la «eficiencia técnica» el fin último del Estado o es la preservación de una identidad multifacética lo que constituye una nación soberana?

La experiencia del cine argentino es la mejor prueba: una industria que prosperó no por ser «fuerte» en términos de control, sino por ser diversa, libre y profundamente humana.

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