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Informalidad laboral: la situación de las trabajadoras de casas particulares

En Argentina, el trabajo doméstico concentra algunas de las desigualdades más profundas del mercado laboral. Feminizado, precarizado y mayormente informal, el sector de las trabajadoras de casas particulares expone cómo la falta de derechos laborales y previsionales impacta especialmente en las mujeres, desde la vida activa hasta la vejez.
Trabajadora de casas particulares (Foto: El Grito del Sur)

En Argentina el 43,3% de los trabajadores son informales y dentro de ese universo, hay un sector feminizado que condensa todas las desigualdades estructurales del mercado de trabajo: las trabajadoras de casas particulares. Son quienes limpian, cocinan, cuidan y sostienen la vida cotidiana de millones de hogares, pero lo hacen desde una precariedad que el sistema naturaliza desde hace años.

Los números del trabajo doméstico

El servicio doméstico no es un sector marginal: en las grandes ciudades del país reúne a más de 800.000 personas. La feminización del sector es casi absoluta ya que el 98% de quienes realizan tareas domésticas en hogares particulares son mujeres. Esa cifra no es casual: responde a una división sexual del trabajo que asigna históricamente a las mujeres las tareas de cuidado, limpieza y reproducción de la vida. Cuando estas tareas se trasladan al mercado, siguen la misma lógica de desvalorización con bajos salarios y una altísima informalidad.

A su vez, las trabajadoras que realizan tareas domésticas y de cuidado en hogares particulares representan casi un 14% dentro del total de ocupadas mujeres. Dicho de otro modo, 1 de cada 7 mujeres con empleo en la Argentina se desempeña en este sector. Al mismo tiempo, estas trabajadoras representan un 18,1% dentro del total de ocupadas-asalariadas. O sea que dentro de las mujeres que trabajan en relación de dependencia, alrededor de 1 de cada 6 tiene como ocupación principal el trabajo en hogares particulares.

Las condiciones laborales reflejan esa desigualdad estructural. Aunque el 60% de las trabajadoras se considera ocupada “plena” (con jornadas de entre 35 y 45 horas semanales o conformes con la cantidad de horas trabajadas), 1 de cada 4 está subocupada de manera involuntaria y quisiera trabajar más. Al mismo tiempo, casi un 10% se encuentra sobreocupada, con jornadas que superan las 45 horas semanales. La fragmentación también aparece en la cantidad de empleadores: mientras el 71% trabaja en una sola casa, casi un 29% debe combinar 2 o más hogares para completar ingresos que, aún así, resultan insuficientes.

La informalidad del caso

La informalidad es el núcleo del problema. El 36,3% de las asalariadas en general no está registrada en la seguridad social. El 75,8%, es decir, 3 de cada 4 no perciben descuento jubilatorio. La precarización se extiende a todos los derechos laborales: el 69,3% no tiene vacaciones pagas, el 68,8% no cobra aguinaldo, el 70,9% no percibe pago en caso de enfermedad y el 75,1% no cuenta con obra social.

Muchas de estas mujeres no solo realizan tareas de cuidado en hogares ajenos, sino que también son las principales responsables del trabajo doméstico no remunerado en sus propias casas y, en muchos casos, el principal sostén económico de sus familias. La doble y triple jornada es la norma, no la excepción.

La precariedad laboral tiene consecuencias que se extienden más allá del presente y se acumulan en el tiempo. El trabajo que no se registra hoy es la jubilación que no llega mañana. Durante años, las mujeres han ingresado y salido del mercado laboral formal para cuidar. Sus trayectorias laborales son fragmentadas, interrumpidas y mayormente informales. El resultado es conocido: menos aportes, jubilaciones más bajas o directamente inexistentes.

Las jubilaciones

Lo peor del caso es que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado es el sector que más aporta al Producto Bruto Interno. Representa alrededor del 16% de la economía argentina, más que la industria o el comercio. Sin embargo, no genera derechos laborales ni previsionales. Esa desigualdad se arrastra hasta la vejez, donde la jubilación deja de ser un derecho garantizado y se convierte en un privilegio inaccesible para la mayoría de las mujeres.

Es por eso que la moratoria previsional funcionó como un mecanismo de reparación parcial. Permitió que miles de mujeres que no habían podido completar los 30 años de aportes accedieran a una jubilación. La moratoria tuvo un claro rostro femenino. Casi el 80% de las mujeres que accedieron a la jubilación lo hicieron a través de este mecanismo, frente a menos de la mitad de los varones. 9 de cada 10 nuevas jubilaciones otorgadas entre diciembre de 2023 y diciembre de 2024 se realizaron por moratoria, lo que da cuenta de la magnitud de la informalidad laboral en el país.

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