Hay una escena que se repite en muchos rincones de la Argentina, la de mujeres que salen de sus casas antes de que salga el sol y vuelven cuando sus hijos ya están dormidos. Mujeres cansadas, endeudadas, atravesadas por la culpa y la sensación de no llegar nunca. La crisis económica profundizada por el ajuste del gobierno de Javier Milei vació bolsillos y también alteró vínculos, en especial la manera en que miles de madres pueden criar. La vida se volvió trabajar más y eso, para muchas, también significa maternar menos.
Un estudio del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) reveló que el 57% de las personas trabajadoras considera que el cansancio y la sobrecarga son hoy el principal desafío de la crianza. Sin embargo, las mujeres siguen siendo quienes absorben la mayor parte de las tareas de cuidado y organización familiar: entre el 60% y el 77% de esas responsabilidades recaen sobre ellas. Osea que mientras aumentan las exigencias económicas, las mujeres continúan sosteniendo casi en soledad la logística emocional y doméstica de las familias.
La maternidad atravesada por el agotamiento
En los últimos meses se volvió frecuente escuchar historias de madres que combinan jornadas laborales extensas con viajes interminables en transporte público, pluriempleo y deudas crecientes. Muchas describen una rutina marcada por la urgencia: salir rápido, correr de un colectivo a otro, cocinar a las apuradas, revisar tareas escolares y dormir pocas horas antes de volver a empezar. La crisis modificó incluso la forma de habitar el tiempo cotidiano. Ya no alcanza con trabajar 8 horas. Cada vez más familias necesitan sumar changas, plataformas de reparto, ventas informales o segundos empleos simplemente para cubrir alimentos, alquiler y servicios básicos. El problema es que esa intensificación laboral tiene consecuencias directas sobre la crianza.
Las psicólogas Antonela Amore y Chiara Ciaburri, de la cátedra de Introducción a los Estudios de Género de la Facultad de Psicología de la UBA, advirtieron que el agotamiento físico y mental impacta de lleno en los vínculos familiares. Según explicaron, el pluriempleo y la sobrecarga generan estrés constante, dificultades para disfrutar el tiempo con los hijos y sensaciones permanentes de culpa. Porque además de trabajar fuera de casa, las mujeres siguen siendo quienes recuerdan reuniones escolares, organizan turnos médicos, preparan mochilas, controlan tareas y sostienen emocionalmente a la familia. La llamada “carga mental” no desaparece cuando termina la jornada laboral, se profundiza.

Endeudadas para sostener la vida
El otro gran fenómeno que atraviesa a las familias es el endeudamiento. Tarjetas de crédito, préstamos personales y billeteras virtuales se convirtieron en herramientas para cubrir gastos básicos. Muchas personas ya no se endeudan para comprar electrodomésticos o viajar, sino para pagar comida, alquiler o transporte. Las mujeres aparecen particularmente golpeadas por esta situación porque suelen ser quienes administran los consumos del hogar y amortiguan la crisis cotidiana. Son las que calculan qué alimento se deja de comprar, qué salida se suspende o qué gasto puede esperar un mes más.
La morosidad creció con fuerza durante el último año y especialistas advierten sobre un deterioro creciente de la salud mental asociado a la presión económica. Ansiedad, insomnio, angustia y agotamiento emocional forman parte de una experiencia social cada vez más extendida. A eso se suma otra dimensión silenciosa: la imposibilidad de proyectar. Para muchas madres, pensar en vacaciones, vivienda propia o incluso actividades recreativas para sus hijos dejó de ser una expectativa concreta para convertirse en algo lejano, casi imposible. La lógica de supervivencia obliga a vivir “día a día”, resolviendo urgencias inmediatas sin margen para imaginar futuro.

La culpa como síntoma de época
Hay una frase que se repite entre madres trabajadoras: “No llego”. No llegar a buscar a los chicos, no llegar a una reunión escolar, no llegar emocionalmente después de una jornada agotadora. La sensación permanente de estar fallando en algún aspecto se volvió parte de la experiencia cotidiana de muchas mujeres. Las redes sociales profundizan esa presión mostrando modelos irreales de maternidad perfecta: madres productivas, organizadas, pacientes y felices. Pero detrás de esas imágenes existe otra realidad, mucho más marcada por el cansancio, la ansiedad y la falta de tiempo. La consecuencia es una maternidad vivida muchas veces desde la culpa.
Culpa por trabajar demasiado. Culpa por no poder jugar. Culpa por sentirse agotadas. Culpa incluso por necesitar descansar. Mientras tanto, el ajuste económico continúa descargando sobre los hogares, y especialmente sobre las mujeres, el peso de sostener la vida cotidiana. Lo que antes podía resolverse con un salario hoy requiere varios ingresos, endeudamiento y jornadas extenuantes. Y en ese proceso, miles de madres sienten que se les escapa el tiempo con sus hijos. Porque hoy, para muchas mujeres, sobrevivir implica trabajar cada vez más horas para poder darles una vida digna a sus hijos, aunque eso signifique no poder verlos.
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