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El “libre” mercado no compra cualquier cosa

Cargamentos de carne, soja y girasol rechazados por China y Europa exponen el impacto de la desregulación impulsada por el Gobierno. Con un Senasa debilitado, Argentina pone en riesgo su reputación sanitaria y su lugar en el comercio internacional.
Federico Sturzenegger. (Foto: Economis)

En el comercio internacional, más que nada en el de alimentos, la confianza vale más que cualquier ventaja comparativa. Se construye durante décadas y puede perderse en cuestión de días. Argentina lo vivió en carne propia. Por mucho tiempo, una de las cartas de presentación del país fue su sistema de control sanitario, lo que le permitió consolidarse como un proveedor confiable en mercados tan exigentes como, por ejemplo, el europeo. Hoy, esa reputación se fue al tacho y no por azar ni fatalidad, sino por decisiones políticas concretas. La desregulación, convertida en dogma por el Gobierno de Javier Milei y ejecutada por Federico Sturzenegger, ya muestra sus costos: cargamentos rechazados, mercados en riesgo y una marca país que se va a pique.

China rechazó 22 toneladas de carne argentina. (Foto: Infocampo)

Las exportaciones rechazadas

China rechazó 22 toneladas de carne argentina tras detectar cloranfenicol, un antibiótico que está prohibido para consumo humano en el comercio internacional. Se suspendieron las importaciones desde uno de los principales frigoríficos exportadores del país y con eso, comenzó una reacción en cadena. Bulgaria rechazó un embarque de semillas de girasol por superar hasta 5 veces los límites permitidos de residuos de pesticidas y en Países Bajos se detectaron trazas de soja HB4 transgénica en harina de soja argentina, un evento que no está autorizado en el bloque europeo.

Todos estos errores le cuestan caro a la Argentina, tanto en divisas extranjeras como en pérdida de confianza, y no es que se trate de errores aislados sino que tienen un problema estructural: el debilitamiento del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), clave para garantizar la calidad, inocuidad y trazabilidad de los productos argentinos. Pasó la motosierra y ahora cuentan con menos personal, menos controles, menos fondos. El resultado no podía ser otro que los containers devueltos a casa. Bajo el argumento de “simplificar” el Estado, lo que se está haciendo es desarmar uno de los pilares que sostienen el comercio exterior argentino. Y en un mundo donde las exigencias sanitarias son cada vez más estrictas, eso es negligencia.

Bulgaria rechazó un embarque de semillas de girasol. (Foto: Hogarmania)

El vaciamiento del Senasa

Porque si hay algo que caracteriza al comercio global es que avanza en sentido contrario a lo que propone el ideario libertario. Lejos de desregular, los principales mercados endurecen sus controles. La Unión Europea exige trazabilidad completa, límites estrictos a residuos químicos y certificaciones que abarcan toda la cadena productiva. China, por su parte, aplica tolerancia cero frente a sustancias prohibidas. Para ser un gobierno que hace todo en pos del capital, es raro que no sepan que relajar controles, más que abrir mercados, los cierra.

Y es que esa no es la primera dicotomía, cuando el mundo sube todos sus estándares, Argentina los baja. Mientras el Gobierno de Milei recorta el Senasa, los países importadores aumentan todos sus controles. Toda esta fricción comercial lo que hace, además de generar pérdida económica es limar la confianza. “La reputación de la marca argentina se está poniendo en juego”, advirtió Mercedes Cabezas, trabajadora del Senasa. Porque así como un consumidor deja de comprar una marca tras una mala experiencia, un país deja de importar cuando pierde confianza en la calidad de lo que recibe. Y recuperar esa confianza puede llevar años.

No sería la primera vez que esto pasa tampoco. La crisis de la fiebre aftosa, a fines de los noventa, implicó el cierre de mercados y un largo proceso de reconstrucción sanitaria. Aquella vez, el camino fue fortalecer controles, invertir en el Estado y recuperar credibilidad. Hoy el Gobierno Nacional parece hacer lo contrario. Pero quizás el daño más profundo sea intangible. Argentina construyó durante décadas una identidad asociada a la calidad de sus alimentos, la consigna histórica de ser el “granero del mundo» se convirtió en una marca respaldada por estándares sanitarios reconocidos internacionalmente. Hoy, ya no tanto.

Europa detectó harina de soja argentina con el gen HB4 y podría frenar embarques. (Foto: Wikipedia)

La paradoja libertaria: desregular en un mercado hiperregulado

Lo peor es que el modelo económico del Gobierno Nacional depende en gran medida del agro y cada mercado que se cierra implica menos dólares, más costos y menor competitividad. Así que no hay una razón lógica para empeñarse tanto en el sigma de la desregularización que termina siendo un boomerang, en vez del santo grial de la eficacia.

Hay, además, un elemento que no puede soslayarse: las barreras sanitarias funcionan muchas veces como herramientas paraarancelarias, osea, como mecanismos que los países utilizan para proteger sus mercados internos. Cualquier debilidad en los controles del país exportador se convierte en una excusa perfecta para restringir importaciones. Desregular es regalarle argumentos, en contra tuyo, al otro.

El caso de la soja HB4 es ilustrativo. Más allá de su validez científica, lo cierto es que no está autorizada en la Unión Europea. Y en comercio internacional, lo que no está aprobado, no entra. La detección de trazas en cargamentos argentinos siembra dudas en los importadores, y la duda puede ser fatal para cerrar cualquier negocio. En definitiva, lo que está en juego es el modelo de inserción internacional de la Argentina. Desregular no solo sale mal, es una apuesta contra la evidencia y una que puede costarle a Argentina su lugar en el mundo.

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