La reciente comparecencia de Diego Cabot ante los tribunales de Comodoro Py ha dejado más interrogantes que certezas sobre la integridad de la investigación que dio origen a la causa Cuadernos. Tras más de 10 horas de testimonio, el periodista se encontró en el centro de una tormenta judicial al admitir que su trabajo, pilar fundamental de la acusación, no buscaba la precisión que requiere un proceso penal.
El juicio, más allá de la declaración del periodista, ya tiene cuestiones insólitas porque los empresarios que declararon como arrepentidos, aseguraron que fueron «apretados» por la Fiscalía para mentir y cusar a Cristina Fernández, quien está siendo juzgada en este proceso.
Uno de los puntos más alarmantes de la declaración de Cabot fue el reconocimiento de haber utilizado «licencias literarias» en sus publicaciones. Cabot fue tajante al afirmar que «en ningún momento me dediqué a hacer un relato exacto» de los hechos narrados en los cuadernos, una confesión que resuena con fuerza en un ámbito donde la exactitud es la base de la justicia. Al ser interpelado por las defensas, el periodista incluso llegó a admitir que «algunos datos son ficción», una declaración que pone en jaque la veracidad total de la investigación periodística utilizada como prueba.

La fragilidad del testimonio no terminó allí. El uso recurrente de la frase «no me acuerdo» ante preguntas clave de los abogados defensores fue interpretado como un intento de evadir contradicciones, lo que debilita su posición como testigo clave. Además, se cuestionó profundamente su manejo de la evidencia física: Cabot relató cómo recibió los cuadernos de manos de Jorge Bacigalupo, procedió a fotocopiarlos y luego devolvió los originales a su fuente para evitar sospechas, antes de que estos llegaran formalmente a manos de la justicia.
El vínculo estrecho con el fiscal Carlos Stornelli también fue objeto de críticas, sugiriendo una simbiosis entre el periodismo de investigación y la fiscalía que podría haber comprometido la objetividad necesaria en ambos campos. Ante la pregunta sobre si su doble rol como investigador y denunciante afectó su imparcialidad, Cabot se limitó a responder que la pérdida de objetividad es una cuestión que queda a criterio de los lectores, eludiendo así una responsabilidad ética frente al tribunal.
En definitiva, lo que se presentó inicialmente como una investigación periodística histórica hoy se tambalea bajo el peso de sus propias inconsistencias. Cuando un testigo clave admite que su relato mezcla la realidad con la ficción, la frontera entre la búsqueda de la verdad y la construcción de una narrativa interesada se vuelve peligrosamente difusa.
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