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Textiles en caída libre: hubo al menos 20 mil despidos en el país y la crisis golpea de lleno al NEA

La industria, según el INDEC, tuvo una caída sumamente profunda del 22% en solo los primeros meses del año. Fuera de las estadísticas hay una realidad que no solo afecta a los trabajadores del sector sino que se enmarca en una desindustrialización que genera despidos, trabajadores pobres y la desesperación de sobrevivir ante un mercado laboral informal saturado.
Crisis textil
Imagen generada con IA

La crisis de la industria textil camina hacia una crisis terminal que se profundizó a inicios del 2026. El INDEC señaló días atrás que la actividad se desplomó un 22,6% interanual en febrero y acumula una caída del 22% en el primer bimestre de 2026. No se trata de un tropiezo aislado, sino de un proceso recesivo que se profundiza y se extiende a casi todos los sectores. Desde el sector acusan: «Las fábricas textiles están a 50% de su capacidad». 

Hoy se conoció que la marca de ropa Ted Bodin y el fabricante de Kevingston y Reebok pidieron el concurso preventivo de crisis, lo que da idea de la magnitud de la crisis, que afecta a todos los actores. Detrás de los números del INDEC hay una estructura productiva desarmándose. Rubén López (Corrientes), Secretario general de la Asociación Obrera Textil, en diálogo con NEA HOY brindó un testimonio crudo y revelador. «La industria textil está destrozada». Advirtió que la realidad es peor que las estadísticas: «Caímos mucho más del 22%». 

Desde que asumió Milei hubo al menos 20 mil despidos en todo el país en la industria textil.

En Corrientes hay seis plantas textiles que son fundamentales en las ciudades cabeceras donde se ubican, como la de Monte Caseros donde trabaja López y que posee aproximadamente 25 mil habitantes. «Que repentinamente haya 300 despedidos afectaría a toda la comunidad», sostiene y aclara que no es alarmista. «A nivel nacional tenemos 20 mil despidos (desde el 2023) y seguramente me quedo corto (sic)».

«Con la importación, estos últimos meses la actividad cayó mucho y más en provincias como la nuestra que está en situación de frontera». Pero el dato más inquietante es la transformación del modelo productivo. López lo explica con una frase que desnuda la lógica actual: importar reemplaza a producir. «Con la importación, una empresa donde trabajan 300 personas puede funcionar tan solo con 10 o 15», exclamó.

Por el cierre de la hilandería Alal en Goya y Villa Ángela hubo 260 despidos.

La crisis también se traslada a la vida cotidiana de los trabajadores. Jornadas recortadas, sueldos fragmentados, pagos en cuotas y una necesidad creciente de buscar ingresos extra en un mercado laboral informal ya saturado. «Es un efecto cadena», resume López. Y en ese encadenamiento, cada eslabón que se rompe arrastra al siguiente: menos consumo, menos circulación de dinero y más precarización.

Si el panorama regional es alarmante, lo que ocurre dentro de las fábricas confirma que la crisis tiene múltiples capas. El caso de la empresa Tipoití, una de las más importantes del sector en la región, expone con claridad esas tensiones. Allí, el conflicto no pasó por la falta de actividad, sino por el incumplimiento salarial, en una firma que en general venía cumpliendo.

Guillermo Arce, Secretario general de la comisión interna de la firma, describe que hubo una situación de deudas salariales por incrementos otorgados, pero incumplidos. Si bien se acordó el pago acumulado con los sueldos de abril, la situación ya perjudicó a los empleados por la demora en el pago. «Estábamos teniendo deuda desde diciembre».

El dato es significativo porque en Tipoití la producción no se detuvo. Por el contrario, se mantiene a pleno, con salida constante de mercadería e incluso exportaciones, pero las mejoras para los trabajadores no llegan. La consecuencia directa es un fenómeno cada vez más extendido: trabajadores formales que no logran cubrir sus necesidades básicas. En Tipoití, entre el 70% y el 80% del personal necesita tener un segundo empleo para llegar a fin de mes. No es una excepción, es la nueva norma.

En Tipoití, una de las fábricas más importantes de la región, hubo un conflicto reciente porque no se abonaron los montos de las paritarias acordadas en diciembre.

“Siempre el trabajador es el que más sufre”, resume Arce. Y agrega una definición que atraviesa toda la crisis: las ganancias no se comparten, pero las pérdidas sí. Es en ese desequilibrio donde se expresa con mayor claridad el modelo económico nacional: si no genera despidos provoca trabajadores pobres, y el mercado laboral se satura.

«Si todos hacemos comida ¿quién va a comprar? El problema no solo es buscar otro ingreso por fuera de la industria textil, es que las otras como la madera o citrícola también están en baja. Es un verdadero caos», reflexionó López ante esta realidad..

Así, la crisis industrial deja de ser un problema sectorial para convertirse en un problema social. Porque cuando una fábrica reduce su actividad o incumple salarios, no solo afecta a sus empleados: impacta en comercios, servicios, economías locales y en el entramado mismo de las comunidades.

La industria no solo cae sino que se se achica, se precariza y pierde su capacidad de sostener empleo de calidad. En este contexto, la ausencia de respuestas estructurales agrava aún más la situación por la falta de políticas industriales, la apertura de importaciones sin protección para la producción local y la incertidumbre económica que configuran un escenario donde sobrevivir se vuelve el único objetivo.

El resultado es un país que se desindustrializa. La pregunta ya no es si la industria seguirá cayendo, sino cuánto más puede resistir antes de que el daño sea irreversible. Porque cuando una fábrica cierra o un trabajador queda afuera del sistema, no se pierde solo producción: se pierde futuro.

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