l día a día del mundo moderno se volvió agotador, termina el día y aunque no hayamos “hecho nada” el cuerpo siente un cansancio desolador. A la par quedan mensajes sin responder, tareas pendientes, una casa que ordenar, cuentas que pagar y la sensación de que no pudimos hacer todo lo que queríamos. Entonces aparece la culpa por descansar, como si incluso el tiempo libre tuviera que ser productivo. Muchos explican este fenómeno a partir de la hiperproductividad, la dificultad para desconectarse, las redes sociales y la imposibilidad de establecer límites. La explicación tiene sentido, pero queda una pregunta dando vueltas: ¿por qué estamos tan exigidos?
Porque resulta difícil pensar que el agotamiento sea solamente producto de una cultura que nos enseñó a trabajar mientras comemos, hay algo más profundo detrás de esa necesidad permanente de producir, alcanzar objetivos y no quedarse atrás. Un informe reciente de la Universidad de Buenos Aires ayuda a completar un poco la idea. Según el estudio “Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro”, casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad y en ese universo, el malestar psicológico se volvió parte del día a día.
No es solamente que trabajamos demasiado
Más del 70% de los jóvenes relevados por la UBA dijo tener problemas frecuentes de nervios o ansiedad. El 54% reconoció desgano o síntomas compatibles con la depresión. 7 de cada 10 aseguraron tener problemas para dormir o sentirse cansados. El mismo estudio muestra que el 30,6% de los jóvenes vulnerables no tiene empleo. Entre quienes sí trabajan, apenas el 15% posee un empleo registrado. La mayoría se desempeña en actividades de baja calificación, informalidad y bajos ingresos. El 57% asegura que en su hogar no logra llegar a fin de mes.
Ahí aparece una diferencia fundamental entre estar cansado porque se tienen demasiadas cosas para hacer y estar cansado porque la vida cotidiana exige un esfuerzo permanente para sostener condiciones cada vez más precarias. El 31,9% de los jóvenes vulnerables tiene como principal objetivo conseguir un trabajo o mejorar el que ya posee. Sin embargo, como explicó el sociólogo Juan Cruz Esquivel, para muchos la perspectiva de conseguir trabajo tampoco garantiza movilidad social ni la posibilidad de cumplir sus proyectos. Entonces el problema no es únicamente trabajar mucho, también es trabajar sin saber si ese esfuerzo alcanza. La hiperproductividad deja de ser solamente una elección cultural y se transforma en una necesidad. Hacer horas extra, tener un segundo trabajo, vender algo por internet, aceptar trabajos informales o convertir un hobby en una fuente de ingresos hoy son estrategias para llegar a fin de mes.
El ajuste también se siente en la cabeza
Desde la llegada de Javier Milei al Gobierno, el deterioro del mercado laboral formal profundizó un problema que ya venía de años anteriores. El informe de la UBA recuerda que la creación de empleo registrado se encuentra prácticamente estancada desde 2011, mientras que la población argentina creció en más de 5.000.000 de personas durante ese período. Pero también desde el comienzo de la gestión de Milei se perdieron más de 340.000 empleos registrados y cerraron unas 28.000 empresas.
Por supuesto que el ajuste no explica por sí solo todos los problemas de ansiedad de la sociedad argentina, sería simplista afirmar que cada persona agotada se debe exclusivamente por las políticas económicas del Gobierno. La tecnología, las redes sociales, las nuevas formas de trabajo, la hiperconectividad y los mandatos culturales también forman parte del fenómeno. Pero tampoco parece razonable analizarlos como cosas tan separadas. Cuando llegar a fin de mes es la preocupación principal dentro de la cabeza, descansar puede convertirse en un lujo psicológico, porque la incertidumbre también consume energía. No solamente estamos cansados de hacer cosas, también estamos cansados de intentar sostener una vida que exige cada vez más esfuerzo para conseguir resultados cada vez más modestos.

Una sociedad que dejó de poder proyectar
Uno de los aspectos más preocupantes del informe de la UBA no es solamente la cantidad de jóvenes que manifiestan ansiedad, desgano o problemas para dormir, sino la relación entre ese malestar y la falta de expectativas. El 85,7% de los jóvenes vulnerables todavía considera que estudiar puede mejorar su calidad de vida. La educación conserva, entonces, una promesa de futuro. Pero esa promesa convive con obstáculos materiales que hacen cada vez más difícil sostenerla, como la falta de dinero, la necesidad de trabajar y la ausencia de oportunidades.
A todo esto, las redes sociales funcionan como amplificador, pero también ofrecen una explicación demasiado cómoda si se convierten en la causa principal de todo, porque no es solamente el celular. Es el celular mientras se piensa cómo pagar el alquiler, Instagram mientras se busca trabajo, responder mensajes laborales a cualquier hora por el miedo a perderlo y mirar las vacaciones de otros cuando hace años que no se puede viajar. En un país atravesado por el ajuste, la precarización y la incertidumbre, esa diferencia también se siente en el cuerpo.
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