Recientemente fue condenado un anestesista del Hospital Durand en Buenos Aires por maltratar a una paciente durante un parto prematuro. La sentencia es que cometió violencia obstétrica, ya que el episodio sucedió durante un nacimiento. Sin embargo, el caso de la influencer Caro Trippar muestra que muchas de esas prácticas continúan después, cuando el dolor se minimiza, los síntomas se atribuyen automáticamente a la maternidad y la salud de las mujeres queda relegada detrás del cuidado del bebé.
Durante años, la violencia obstétrica estuvo asociada casi exclusivamente a la sala de partos. El debate público logró visibilizar escenas que antes parecían normales, como cesáreas innecesarias, intervenciones sin consentimiento, gritos, humillaciones, impedimentos para estar acompañadas o prácticas médicas desaconsejadas. Sin embargo, pensar que la violencia obstétrica empieza y termina el día del nacimiento es una forma de invisibilizar una parte importante del problema.
La violencia que continúa cuando nace el bebé
La Ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres define la violencia obstétrica como aquella ejercida por el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos mediante un trato deshumanizado, abuso de medicalización o patologización de procesos naturales, en línea con la Ley de Parto Humanizado. La definición es deliberadamente amplia, porque no habla únicamente del parto, sino de todo el recorrido vinculado a la salud sexual y reproductiva, el embarazo, nacimiento, puerperio y lactancia.
Sin embargo, gran parte de la discusión pública sigue concentrándose únicamente en lo que ocurre dentro del quirófano o la sala de partos. El caso de Caro Trippar ayuda a visibilizar todo lo demás. La creadora de contenidos, de 35 años, contó que el dolor al amamantar y el bulto que había detectado fueron interpretados como complicaciones frecuentes de la lactancia. «Pensé que era mastitis», explicó al compartir un mensaje destinado a otras mujeres: revisarse las mamas todos los meses y consultar ante cualquier alteración, incluso durante la lactancia.
Su historia ayudó a que miles de mujeres respondieran contando experiencias similares, diagnósticos tardíos o síntomas que inicialmente también habían sido atribuidos al puerperio. Más que una suma de anécdotas individuales, esas respuestas dejaron al descubierto un fenómeno estructural, cuánto cuesta reconocer que el dolor de una madre puede ser un síntoma que merece investigación y no simplemente una consecuencia inevitable de haber parido.
Cuando la madre deja de ser paciente
Es un fenómeno conocido pero poco comentado lo que sucede sociológicamente hablando, cuando una mujer queda embarazada. De repente su cuerpo deja de ser el propio, el de un sujeto con derechos y pasa a convertirse, socialmente, en el cuerpo que alberga otra vida. Ese cambio modifica la manera en que las personas se relacionan con la embarazada, aparecen opiniones, controles, intervenciones y decisiones sobre un cuerpo que deja de ser considerado plenamente privado. Lo preocupante es que esa lógica no desaparece con el nacimiento.
Durante el puerperio, la mujer pasa a ser observada principalmente como madre. El foco sanitario, familiar y social se concentra sobre el recién nacido mientras su salud física y emocional comienza a quedar en segundo plano. El cansancio extremo, el dolor, la angustia, las complicaciones para amamantar o los problemas físicos parecen convertirse en el precio natural de la maternidad. Ahí aparece una de las formas más invisibles de violencia obstétrica.
La médica tocoginecóloga y divulgadora Laura Taul sostiene que la atención del puerperio forma parte de los derechos garantizados por la Ley de Parto Humanizado y advierte que muchas prácticas violentas continúan una vez nacido el bebé. Dolores minimizados, síntomas ignorados o consultas resueltas con frases como «es normal», «es por las hormonas» o «ya se te va a pasar» pueden retrasar diagnósticos de infecciones, hemorragias, mastitis u otras patologías que requieren atención inmediata.

«Acá los partos son así»
La reciente condena contra un anestesista del Hospital Durand ilustra cómo esa lógica puede expresarse de manera abierta. Según la reconstrucción judicial, cuando la paciente manifestó que tenía ganas de vomitar, el profesional respondió: «Si tenés ganas de vomitar, vomitate encima. Acá los partos son así, tenés que aguantártela».
Después, mientras aplicaba la anestesia, la sujetó con una fuerza que las médicas presentes calificaron como innecesaria. Cuando la mujer dijo que le dolía, recibió otra respuesta: «No te podía doler». La Justicia consideró acreditado que existió violencia obstétrica y condenó al profesional por maltrato en contexto de violencia de género. Además de la pena, se le prohibió acercarse a la víctima y al Hospital Durand durante un año, deberá realizar un curso sobre violencia de género y cumplir tareas comunitarias.
Pero pensar que estos episodios responden únicamente a médicos violentos o malos profesionales simplifica demasiado el problema. Según datos del Observatorio de Violencia Obstétrica Argentina, seis de cada diez mujeres afirman haber tenido una mala experiencia durante la atención ginecológica u obstétrica. El 46% sufrió maltrato psicológico; el 45%, maltrato verbal; el 31% fue sometida a intervenciones sin consentimiento; el 28% denunció maltrato físico y el 22% aseguró que no pudo estar acompañada durante el parto, pese a tratarse de un derecho garantizado por ley.
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