Un informe reciente advierte sobre el deterioro de la capacidad de pago en la Argentina: más de uno de cada cuatro deudores registra atrasos de más de 90 días. El fenómeno se vincula con la pérdida de ingresos reales, el encarecimiento del crédito y el aumento del endeudamiento cotidiano.
La situación financiera de los hogares argentinos muestra señales de creciente fragilidad. Según datos difundidos recientemente, el 27% de los deudores tiene atrasos superiores a 90 días, un indicador que refleja el deterioro de la capacidad de pago de una parte importante de la población.
El dato se da en un contexto de alta presión sobre los ingresos familiares. La combinación de inflación, suba de tarifas, encarecimiento del crédito y pérdida del poder adquisitivo llevó a muchas personas a financiar gastos corrientes con tarjetas, préstamos personales o compras en cuotas. Cuando esos compromisos se acumulan, la mora se vuelve cada vez más difícil de revertir.

Dato clave
- 27% de los deudores
- Registra atrasos mayores a 90 días.
- Un indicador de creciente fragilidad financiera en los hogares argentinos.
Qué significa una mora de más de 90 días
En el sistema financiero, los atrasos superiores a tres meses suelen considerarse una señal de riesgo elevado. No se trata solo de una demora ocasional: implica que la deuda permanece impaga durante un período prolongado y que las posibilidades de recuperación del crédito comienzan a reducirse. Para las familias, esto puede traducirse en mayores intereses, restricciones para acceder a nuevos préstamos y deterioro del historial crediticio.
El fenómeno no impacta de manera uniforme. Distintos estudios sobre endeudamiento muestran que las mujeres suelen enfrentar mayores dificultades para sostener pagos, especialmente cuando combinan trabajos precarios, tareas de cuidado no remuneradas y menores ingresos relativos. También se ven más expuestos los hogares de menores recursos, que destinan una porción más alta de sus ingresos a gastos esenciales.

Una de las tendencias que preocupa a economistas y especialistas es el cambio en el destino del crédito. En lugar de utilizarse para inversiones o bienes durables, una parte creciente del endeudamiento se orienta a cubrir consumos básicos: alimentos, servicios, medicamentos o transporte.
Cuando el crédito reemplaza al ingreso, el margen de maniobra de los hogares se achica y cualquier aumento de precios o caída salarial puede desencadenar incumplimientos. Más allá del porcentaje puntual, el crecimiento de la mora refleja una tensión estructural: una parte importante de los hogares está utilizando crédito para sostener gastos corrientes. Eso reduce el margen de maniobra y vuelve más vulnerables a las familias frente a aumentos de precios, tarifas o caídas del ingreso.
Más allá del porcentaje puntual, el crecimiento de la mora es leído como una señal de tensión estructural. Si una porción relevante de la población tiene dificultades para cumplir sus obligaciones financieras, el problema trasciende lo individual y puede afectar el consumo, el comercio y la estabilidad del sistema crediticio.
En este escenario, la evolución de los ingresos reales y del costo del financiamiento será clave para determinar si la mora continúa creciendo o encuentra un punto de estabilización en los próximos meses.
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