En Argentina el consumo masivo atraviesa una etapa de contracción sostenida. Hoy en día los hogares compran menos y peor. Cambian marcas, reducen cantidades, espacian visitas al supermercado y, en los casos más extremos, directamente resignan comidas. El cambio de hábitos se repite en todos los estratos socioeconómicos, pero se ve con más fuerza en los sectores medios y bajos.
Según el informe Consumer Insights de Worldpanel by Numerator, la frecuencia de compra cayó un 8,2% interanual durante el último trimestre de 2025, mientras que el volumen adquirido bajó un 4,7%. Es decir que si bien las familias siguen yendo al supermercado, llenan menos el changuito.
El 41% de las categorías de compras registró caídas en volumen, mientras que el 39% dejó de ser prioritaria para los hogares. Solo un 17% logró crecer de manera sostenida. En su mayoría, los ajustes se hicieron dentro de cada categoría. Los consumidores siguieron comprando ciertos productos, pero redujeron cantidades o migraron a opciones más baratas y las marcas tradicionales fueron las más afectadas.

Cómo consumen los argentinos en 2026
El cambio también impactó en los canales de compra. Los autoservicios y comercios de cercanía ganaron participación frente a supermercados, hipermercados y mayoristas. Esto puede tener relación con la necesidad de realizar compras más pequeñas y frecuentes, ya que los hogares cuentan con menor margen para planificar o acumular stock.
El economista Damián Di Pace advirtió que la razón de este fenómeno es el deterioro del poder adquisitivo. El aumento de tarifas y servicios más la inflación persistente está dejando a las familias con menos dinero disponible para comprar alimentos. “Los argentinos están dejando de comer tres comidas diarias”, alertó recientemente, en base a datos que muestran que el 83% de las personas ocupadas presenta algún grado de vulnerabilidad alimentaria.
Lo que preocupa es que históricamente, la inseguridad alimentaria en Argentina estuvo asociada a la desocupación o la informalidad. En cambio, hoy en día, alcanza a trabajadores con empleo. Tener ingresos ya no garantiza cubrir necesidades básicas. Ésto se debe a varios factores. Por un lado, la inflación volvió a ubicarse por encima de los salarios, incluso en el segmento formal privado. Por otro lado, el peso de los servicios en el presupuesto familiar se disparó: pasó de representar alrededor del 12% del salario a cerca del 30% en apenas un año.

Qué dice el INDEC
Ahora bien, todo el panorama contrasta mucho con los datos oficiales sobre la pobreza difundidos por el INDEC. Según el organismo la pobreza habría descendido hasta niveles cercanos al 30%, con una mejora notable respecto a los picos registrados tras la devaluación de 2023. Una lectura particularmente cuestionada por especialistas. Consultoras como Equilibra y centros de estudio como el CEDLAS advierten que los cambios metodológicos en la medición de ingresos, especialmente en la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), podrían estar distorsionando los resultados. .
En base a su EPH, el INDEC dice que los salarios informales crecieron 6,3 veces entre noviembre de 2023 y enero de 2026, mientras que los precios lo hicieron 3,7 veces. Esto sugiere que el sector más vulnerable casi duplicó su poder adquisitivo tras la devaluación. El Gobierno Nacional utilizó estos datos para afirmar una fuerte reducción de la pobreza. Sin embargo, la mejora se explica en gran parte por cambios metodológicos, como la incorporación de ingresos sociales antes no medidos (sumaron ítems como la tarjeta alimentar, pensiones y programas sociales) y la comparación con años sin esos ingresos.

Otros datos a tener en cuenta
La inconsistencia se vuelve más evidente cuando se miran estos datos con indicadores concretos de consumo como contraste. Por ejemplo, el consumo de leche cayó cerca de un 30% en la última década, mientras que la ingesta de carne vacuna también muestra un retroceso significativo, reemplazada en muchos casos por opciones más económicas como el pollo o el cerdo. Se trata de bienes básicos, cuya demanda suele ser relativamente estable y altamente sensible a los ingresos de los sectores más vulnerables.
Si la pobreza efectivamente hubiera disminuido de la manera que indican las estadísticas oficiales, sería esperable encontrar un aumento en el consumo de estos productos, pero pasa lo contrario. El propio Agustín Salvia, del Observatorio de la Deuda Social Argentina, señaló la existencia de una “paradoja entre la estadística de la pobreza y la capacidad de consumo”. En otras palabras, los números pueden mostrar una mejora, pero la vida cotidiana cuenta otra historia.
Esa brecha entre datos y realidad también se refleja en el mercado laboral. La pérdida de empleos formales, el aumento de la informalidad y el deterioro de los ingresos reales configuran un escenario donde el consumo difícilmente pueda recuperarse en el corto plazo. De hecho, las proyecciones para 2026 indican que el consumo privado seguirá débil al menos durante el primer semestre, con escasas posibilidades de rebote mientras no se reduzcan las tasas de interés y se alivie la carga de deuda de los hogares.
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