Hay memorias que se heredan. Adrián Pereira lo sabe mejor que nadie: su padre fue veterano de Malvinas, y su abuelo combatió en la Guerra del Chaco. Creció entre hombres que cargaban condecoraciones y silencios por igual, y eso lo marcó de por vida. Hoy, desde su iniciativa Legado Malvinas Formosa, trabaja para que la historia de esos hombres no se pierda, y para que la sociedad entienda que la guerra no terminó en 1982.
«Yo aprendí que el veterano de guerra vivió tres tipos de guerra«, explica Pereira. «Primero la guerra en 1982, después la posguerra, y también la guerra del olvido«. De boca de los propios veteranos escuchó muchas veces que no es fácil convivir con la gloria y la derrota al mismo tiempo.
Una herida que no cierra
A horas de publicarse esta nota, Pereira recibió una noticia que, lamentablemente, se repite cada año por estas fechas: un veterano de guerra se había quitado la vida en la provincia de Corrientes. El estrés postraumático, esa carga invisible que los combatientes trajeron del Atlántico Sur, sigue cobrando vidas décadas después del conflicto.
«Ellos sobrevivieron a una guerra y sin recursos, sin métodos, tuvieron que aprender a sobrevivir en la posguerra«, señala. Por eso, dice, muchos de ellos se niegan a ser llamados «excombatientes«. Prefieren «veteranos de guerra«, porque consideran que aún siguen combatiendo.
La batalla de hoy es otra, pero no es menos dura. Los veteranos formoseños rondan entre los 63 y 70 años. Ir a las escuelas a hablar de Malvinas, algo que durante años fue parte de su forma de hacer memoria, se vuelve cada vez más difícil: reviven el horror, y después no saben cómo contener esos recuerdos desde adentro.
El daño, además, no quedó solo en ellos. «Los veteranos dicen que han enfermado a sus propias familias«, afirma Pereira. «Han transmitido esa enfermedad llamada estrés postraumático a las esposas y a los hijos«. Él mismo es, en cierta medida, parte de esa historia.
Del olvido al reconocimiento: un camino largo
El regreso de los soldados en 1982 fue todo menos digno. Fueron recluidos en los cuarteles, alejados de la vista pública, silenciados. La sociedad, influenciada por el estigma de los «locos de la guerra«, los rechazaba. No conseguían trabajo. En Buenos Aires y otras ciudades grandes, muchos veteranos se encontraban en trenes y colectivos vendiendo lo que podían, reconociéndose entre sí casi por instinto.
«Los veteranos se huelen entre ellos«, dice Pereira con una mezcla de admiración y tristeza. De esos reencuentros surgieron las primeras carpas verdes, las primeras manifestaciones, los primeros centros de veteranos de guerra del país.
El reconocimiento formal llegó recién en los años noventa, con el gobierno de Menem, cuando se les otorgó una pensión. Desde entonces, la situación fue mejorando gradualmente: hoy cuentan con pensiones nacionales, provinciales y en algunos casos municipales, además de obra social. En Formosa hay poco más de 85 veteranos registrados, una lista que se achica cada año.
Pero para Pereira, aún queda una deuda pendiente: «Lo único que pido es que en su provincia, en su ciudad, los veteranos puedan tener un sistema de servicio integral de salud física y mental«. Un reclamo concreto, urgente, para hombres que ya no pueden esperar.
El museo, las medallas y el rompecabezas
El año pasado, Legado Malvinas Formosa montó un museo itinerante en el Paseo Ferroviario de la ciudad. Con la colaboración del Ejército, instalaron una carpa de campaña con misiles, balas, uniformes, cascos, máquinas de escribir y fotografías. La respuesta de la comunidad fue contundente.
«Ver cómo los niños entraban y salían silbando la Marcha de Malvinas me hizo dar cuenta de que el pueblo argentino necesita escuchar de voz de sus protagonistas lo que pasó«, recuerda Pereira.
Para él, Malvinas es «un gran rompecabezas que cada uno va armando«. En 1982, mientras unos peleaban en el frente, otros custodiaban el continente. En el resto del país la población tejía ropa, juntaba alimentos o vendía sus pertenencias para ayudar a los soldados. Toda la sociedad fue, de algún modo, parte de esa historia.
«Malvinas somos todos«, repite. Y agrega algo que los propios veteranos le enseñaron: que hablar hace bien. Que ser escuchados es, en sí mismo, una forma de sanar. Mañana se cumple un aniversario más del 2 de abril. Para la mayoría será una fecha en el calendario. Para los veteranos, será un día más en una guerra que nunca terminó del todo.
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