La comparación regional vuelve a dejar a la Argentina en una posición única. No solo por la magnitud de la devaluación del peso, sino también por el comportamiento de los precios. Entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025, la inflación acumulada en Argentina alcanzó el 259,4%, un registro que no admite atenuantes cuando se lo coloca en perspectiva regional.
Para dimensionar el dato: Haití, el segundo país con mayor inflación en el período, acumuló 64%. Bolivia, 33,2%. Brasil, 9,9%. Chile, 7,5%. Perú, 3,9%. En el extremo opuesto, países como Panamá registraron inflación nula y Costa Rica incluso deflación.
En cuanto a la evolución del tipo de cambio oficial en América Latina deja una conclusión difícil de eludir: Argentina volvió a desmarcarse del resto de la región, y no para bien. Entre noviembre de 2023 y enero de 2026, el peso argentino registró una depreciación del 283,9%, pasando de 378,4 a 1.452,7 pesos por dólar. No hay ningún país de la región que se le acerque.
El contraste es elocuente. Mientras Argentina multiplicó casi por cuatro su tipo de cambio oficial, países como Bolivia mantuvieron su moneda completamente estable, Brasil registró una depreciación del 8,1%, Chile del 2,5% y México apenas del 0,5%. Incluso economías con históricas tensiones cambiarias, como Paraguay o Perú, mostraron apreciaciones reales de sus monedas frente al dólar.

Devaluación e inflación: una relación directa
Este comportamiento de los precios no puede analizarse de manera aislada del frente cambiario. Ningún país de América Latina exhibe una combinación similar de megadevaluación e inflación acumulada.
Mientras en la región las variaciones cambiarias fueron moderadas —de un dígito en la mayoría de los casos— y los precios se mantuvieron relativamente estables, en Argentina el tipo de cambio volvió a funcionar como principal mecanismo de ajuste. El traslado a precios fue inmediato y profundo, especialmente en los primeros meses posteriores a la devaluación de diciembre de 2023.
La posterior desaceleración inflacionaria no borra ese impacto inicial: lo consolida. Los precios suben más lento, pero desde un escalón mucho más alto.
Estabilizar licuando
El contraste regional vuelve a interpelar el argumento oficial. La experiencia latinoamericana muestra que es posible transitar procesos de estabilización sin recurrir a saltos cambiarios extremos ni a inflaciones acumuladas de tres dígitos. Uruguay, Perú, Colombia o Brasil enfrentaron tensiones externas y desafíos fiscales sin destruir el poder de compra de sus monedas.
En Argentina, en cambio, la estabilización se construyó licuando ingresos reales. La inflación del 259% en dos años explica buena parte de la caída del salario real, el aumento del endeudamiento de los hogares y la contracción del consumo interno. El orden macroeconómico se alcanzó trasladando el costo a trabajadores y jubilados.

Competitividad empobrecida
La combinación de alta inflación y fuerte devaluación produjo una mejora transitoria de algunos indicadores externos, pero a costa de empobrecer a la economía en dólares. Argentina gana competitividad porque sus salarios y costos internos valen cada vez menos, no porque aumente la productividad o la inversión.
Esta estrategia, además de socialmente costosa, es frágil. Depende de sostener ingresos deprimidos y de evitar que el tipo de cambio vuelva a desalinearse, algo difícil en una economía con inflación todavía elevada en términos internacionales.
Una excepción que obliga a preguntar
Cuando un país acumula 259% de inflación y 284% de devaluación en dos años, mientras el resto de la región se mueve en un rango de un dígito, la explicación no puede buscarse en factores externos ni en un contexto regional adverso. La respuesta está en el modelo económico y en las decisiones adoptadas.
La Argentina volvió a elegir el tipo de cambio y los precios como válvula de ajuste. El interrogante central es si este esquema puede sostenerse sin recomponer el ingreso real y sin profundizar la fragilidad social.
Porque, una vez más, los datos muestran que la anomalía no es la región. La anomalía es Argentina.
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