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El círculo vicioso de la desindustrialización: empresas que despiden, trabajadores que se «reinventan» y un consumo que no alcanza

Más de 19 mil empresas cerraron desde diciembre de 2023 y 276 mil trabajadores perdieron sus empleos formales. Muchos terminan en la economía de plataformas o abren pequeños comercios, pero la caída del poder adquisitivo hace insostenible esta "salida". Un modelo económico que en su segundo año de existencia destruye más rápido de lo que puede reconstruir.
Fuente: Launionuyc
Fuente: Launionuyc

La historia se repite en distintos puntos del país: una empresa anuncia su cierre o una reducción masiva de personal, los trabajadores reciben sus indemnizaciones y buscan «reinventarse». Algunos se hacen monotributistas, otros abren un pequeño comercio con sus ahorros, muchos se descargan Rappi o Uber en el teléfono. Pero lo que parece una salida individual termina siendo un callejón sin salida colectivo: cuando miles pierden sus empleos formales simultáneamente, el consumo se desploma y esas nuevas actividades se vuelven inviables. Son consecuencias directas del modelo del Gobierno de Javier Milei, que el 10 de diciembre cumplirá dos años de existencia. 

Los datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo son contundentes: entre diciembre de 2023 y agosto de 2025, cerraron 19.164 empresas en Argentina y se perdieron 276.624 puestos de trabajo registrados. Solo en la provincia de Buenos Aires, más de 5.200 compañías bajaron sus persianas en el mismo período, lo que significó la pérdida de más de 40 mil empleos formales.

Cuando producir deja de ser negocio

El caso de Whirlpool es emblemático del fenómeno. La multinacional llevaba tres décadas en el país y había inaugurado una planta de última generación en Pilar hace apenas tres años, con una inversión de 52 millones de dólares. El plan era fabricar 300 mil lavarropas anuales y exportar el 70% de esa producción. Sin embargo, en noviembre anunció el cierre definitivo y el despido de 220 trabajadores. La razón: resulta más rentable importar desde China que producir localmente.

La misma lógica aplica para Essen, que ahora fabrica sus cacerolas en el gigante asiático, o para Lumilagro, la tradicional fabricante de termos que redujo su planta de 200 a 70 empleados y anunció que importará el 50% de sus productos. «Las medidas fueron necesarias para sobrevivir a la competencia imposible que generó la apertura de las importaciones«, explicó la empresa.

La combinación es letal: caída de ventas en el mercado interno, apertura indiscriminada de importaciones, tipo de cambio que favorece las compras externas y costos locales elevados. Las empresas reaccionan de la misma manera: achican, suspenden o directamente cierran. Y si permanecen abiertas, muchas se reconvierten en importadoras.

De la fábrica a la aplicación

Los trabajadores despedidos no aparecen inmediatamente en las estadísticas de desempleo porque buscan alternativas. Pero esas alternativas están lejos de reemplazar un empleo formal. Según datos oficiales de Rappi, la cantidad de repartidores creció un 39% en el último año: pasó de 31.105 en noviembre de 2024 a 43.048 en noviembre de 2025.

Este crecimiento explosivo tiene consecuencias directas. Según el Coeficiente de Alcance de Pedido Promedio (APP) publicado por la Fundación Encuentro, en septiembre un repartidor de aplicaciones necesitó completar 461 pedidos promedio para alcanzar la Canasta Básica Total. El aumento en la oferta de trabajadores hizo que las comisiones se desplomaran.

Y esto sin tomar en cuenta el desgaste y gastos de mantenimiento que requiere el auto o moto que se estarían utilizando para llegar a esta cantidad de pedidos. Debido al uso excesivo, el vehículo se debería cambiar al menos después de los 5 años, y allí el repartidor se encontrará en una situación complicada si no pudo generar algún tipo de ahorro si lo que recibe por los pedidos es cada vez menos. 

plataformas
Por el aumento de repartidores, las plataformas redujeron las comisiones y un repartidor debe trabajar el triple para ganar lo mismo.

El consumo que no vuelve

El problema de fondo es estructural: cuando miles de personas pierden empleos formales con buenos salarios, el consumo se contrae. Y cuando el consumo cae, tampoco hay demanda para los nuevos monotributistas, comerciantes o trabajadores de aplicaciones.

Aunque el número de pedidos en plataformas como Rappi creció un 29% anual, el ticket promedio cayó cerca del 6% en términos reales. Hay más pedidos, pero de menor valor. El turismo emisivo está en niveles récord —más de 12 millones de argentinos viajaron al exterior—, mientras que el receptivo cayó 17% y vive su peor año desde 2006, excepto por la pandemia.

Las importaciones crecieron 28,3% interanual en el tercer trimestre, mientras que las exportaciones aumentaron solo 12,9%. Más revelador aún: las compras externas se expandieron ocho veces más rápido que el crecimiento del PBI. Es decir, se importa mucho más de lo que se produce localmente.

Un círculo vicioso

La realidad es que un empleado industrial que ganaba un salario formal y tenía obra social, vacaciones y aguinaldo, ahora reparte pedidos 12 horas al día sin ninguna cobertura. Y esos ingresos precarios no le permiten consumir como antes, lo que profundiza la crisis de otros comercios y genera más despidos.

Es un círculo vicioso donde cada cierre de fábrica alimenta la precarización laboral, y cada trabajador precarizado es un consumidor menos para la economía real. Mientras tanto, la industria nacional lucha por subsistir y miles de familias intentan mantenerse a flote en un modelo económico que destruye más rápido de lo que permite reconstruir.

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