En julio de 2023, después de 2 décadas, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó el primer fármaco contra el Alzheimer: el lecanemab, comercializado bajo el nombre de Leqembi. El avance fue muy celebrado, hay 55 millones de personas que viven con esta enfermedad y es la primera vez que se presenta un tratamiento que había demostrado ralentizar el deterioro cognitivo. Sin embargo, hubo un detalle importante olvidado entre los anexos técnicos del ensayo, el medicamento funcionaba de manera muy distinta en hombres y mujeres.
Mientras que en los varones ralentizaba el avance del Alzheimer en un 43%, en las mujeres apenas alcanzaba un 12%. Lo peor de esto es que dos tercios de los pacientes con Alzheimer son mujeres. “Leqembi es un gran avance para quienes padecen Alzheimer. Pero tenemos que reconocer que el fármaco funciona de forma diferente en hombres y mujeres y entender por qué”, señala la neurocientífica Antonella Santuccione Chadha, que durante 2 años trabajó en el programa de Alzheimer de Biogen y es cofundadora de Women’s Brain Foundation (Fundación del cerebro de las mujeres) de Zúrich.
Pero lastimosamente, esta no es la primera vez que una situación como esta sucede. La medicina tiene un pronunciado sesgo masculino y las mujeres suelen pagar caro estos prejuicios. Los pagan con diagnósticos tardíos, tratamientos menos eficaces y, en muchos casos, mayor riesgo de efectos adversos.
Un problema estructural
Durante la caza de brujas de los siglos XV y XVII, decenas de miles de personas, principalmente mujeres, fueron ejecutadas por practicar lo que algunos creían que era “brujería”, incluyendo en ese término la medicina practicada por mujeres, la elaboración de brebajes y medicamentos. Casi que desde ese momento que la medicina ha tenido un enorme sesgo masculino y decantó en un gran problema estructural para la investigación biomédica.
Existe una creencia erronea, desde hace décadas, de que el cuerpo de la mujer es igual al del hombre “solamente más pequeño”, y no es así, hay grandes diferencias en cuestiones hormonales, de metabolismo e incluso órganos. Lo peor es que los únicos momentos donde las mujeres parecen ser parte de los estudios, tanto como sujeto de prueba como investigadora, es cuando se estudian medicamentos o procesos que tienen que ver con los órganos femeninos.
Incluso cuando se testea en animales, el sesgo de género está presente. Un informe de The Economist encargado por la Women’s Brain Foundation en 2023 reveló que los estudios con animales machos multiplican por 5,5 a los que incluyen hembras. Y cuando los ensayos llegan a humanos, la tendencia se repite: aún en enfermedades que afectan mayoritariamente a mujeres, los varones dominan las muestras. El resultado es más que previsible: los medicamentos son diseñados particularmente para hombres y luego no funcionan, o funcionan peor, en las mujeres.

Un estudio del Instituto de Salud McKinsey documentó que en los últimos 40 años los fármacos tienen 3,5 veces más probabilidades de ser retirados del mercado por efectos adversos en mujeres que en hombres. (Foto: Adobe Stock)
“Medicina del bikini”
La crítica más habitual es que la salud femenina se ha reducido históricamente a los órganos reproductivos. “La salud de las mujeres es más amplia que la medicina del bikini”, explicó Stephanie Sassman, Directora de salud de la mujer en Genentech (filial de Roche). ¿A qué se refiere? A que fuera de la ginecología y la obstetricia casi no se estudian mujeres, incluso en las patologías que afectan mucho más a las mismas, como el dolor crónico, la esclerosis múltiple o los trastornos autoinmunes.
Todas han sido estudiadas con varones como parámetro central. Con respecto al dolor crónico, aunque el 70% de los pacientes que lo padecen son mujeres, el 80% de los estudios se realizan en hombres o en ratones machos. Entonces, el resultado es doblemente perverso: no sólo las mujeres reciben tratamientos menos eficaces, sino que además son diagnosticadas más tarde.
La paradoja de género en salud
Incluso en datos globales se ve una paradoja: las mujeres viven, en promedio, más años que los hombres (73 frente a 69, según la Organización Mundial de la Salud), pero vivir más no significa mejor salud. Al contrario, sufren más enfermedades crónicas, diagnósticos tardíos y menor acceso a tratamientos adecuados. A esto se suman los determinantes sociales: menores ingresos, mayor informalidad laboral, desigual acceso a seguros médicos y, en muchos países, la persistencia de barreras culturales que limitan su atención. La consecuencia es que, pese a vivir más, las mujeres lo hacen con una peor calidad de vida.
Incluso en Suiza, que cuenta con uno de los sistemas sanitarios de mayor calidad del mundo, las mujeres reciben tratamientos que no están bien adaptados a ellas, lo que conlleva “más efectos secundarios y peor pronóstico”. Incluso en países con sistemas sanitarios robustos, la inequidad se reproduce. Un informe encargado por el Gobierno suizo en 2023 constató que las mujeres reciben tratamientos mal adaptados a su fisiología, con “más efectos secundarios y peor pronóstico”. Como respuesta, la Fundación Nacional Suiza para la Ciencia lanzó un programa de 11.000.000 de francos suizos para integrar la perspectiva de sexo y género en la investigación biomédica.
Las excusas y las razones
Lo más misógino de todo, es la razón por la cual no se estudia a mujeres. Durante años, investigadores y laboratorios justificaron la exclusión de mujeres con el argumento de que sus ciclos hormonales complicaban los resultados. Esta excusa no sólo es peligrosa porque justamente los ciclos hormonales son una de las principales cosas que se deben tener en cuenta en un organismo, sino que también ignora que los hombres también tienen fluctuaciones hormonales que influyen en la respuesta a los tratamientos.
Como todo, el verdadero motivo es el económico: cuantos más parámetros se incluyen, más caro y complejo se vuelve un ensayo clínico. Y en una industria donde aprobar un nuevo medicamento cuesta en promedio 2.500 millones de dólares y más de una década de pruebas, las empresas optaron por simplificar. La consecuencia es un sistema que pone en riesgo a la mitad de la población.

Los problemas que esto acarrea
Entre 1997 y 2000, el 80% de los medicamentos retirados del mercado en Estados Unidos lo fueron por efectos adversos en mujeres. Los medicamentos peligrosos iban desde analgésicos a tratamientos cardiovasculares y todo porque las dosis seguras para los hombres resultaban peligrosas para las mujeres.
Es más, hablando de las enfermedades cardiovasculares: suelen ser la principal causa de muerte femenina, pero los síntomas son diferentes a los de los hombres. Es decir que en esta enfermedad se siguen protocolos clínicos basados en los signos “masculinos” y hace que se retrasen los diagnósticos a mujeres y se eleve su mortalidad.
Hacia una medicina inclusiva
Expertas como Santuccione Chadha coinciden en que la salida es integrar la dimensión de género en todas las etapas de la salud. Desde la formación universitaria hasta la investigación básica, desde la aprobación de medicamentos hasta la organización de los sistemas sanitarios.
No se trata sólo de justicia social, la perspectiva de género lleva a una medicina más precisa y diversa, que permite tratamientos más seguros, diagnósticos más rápidos y políticas sanitarias más eficaces.
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