“En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política”, decía Carlos Jáuregui, pionero, fundador y presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) en 1984. También fue uno de los primeros en desafiar públicamente el mandato del silencio, al mostrarse en ese mismo año abrazado románticamente a Raúl Soria en la tapa de la revista Siete Días. En ese desafío, fueron tapa todos los homosexuales argentinos.
Como recuerdan sus compañeros de militancia, significó que por primera vez los gays argentinos aparecieran en la sobremesa familiar, ya no como secreto ni como insulto velado, sino como personas que existían y reclamaban derechos. Fue el comienzo de una historia que lo tuvo al frente de las batallas más duras: la derogación de los edictos policiales que habilitaban razzias, la denuncia de la ausencia de la comunidad LGBT en el informe de la CONADEP, la fundación de Gays por los Derechos Civiles en 1991, y la organización de la primera Marcha del Orgullo en Buenos Aires en 1992.
Nació en La Plata el 22 de septiembre de 1957 y falleció el 20 de agosto de 1996. Tuvo una vida corta pero intensa, marcada por el activismo LGTB+ siendo uno de los pioneros en Argentina. A casi 3 décadas de su fallecimiento, recordamos su lucha y su esfuerzo, en una época en que los discursos de odio vuelven a salir a la luz.

Democracia pero no para todos
El regreso de la democracia no significó libertad para todas y todos. La policía seguía deteniendo arbitrariamente a personas homosexuales, travestis y trans bajo la figura de “averiguación de antecedentes”. Jáuregui no iba a dejarlo pasar y fue así como se convirtió en una figura pública incómoda: discutía en televisión con representantes de la Iglesia y del conservadurismo, denunciaba la represión en los boliches, y apelaba a los organismos de derechos humanos para mostrar que la lucha de la diversidad era también una lucha democrática.
Un testimonio de Alejandro Modarelli del libro “Acá estamos. Carlos Jáuregui, sexualidad y política en Argentina” recuerda una escena de fines de los años 80 en la disco Contramano: “Carlos se rebeló contra unos agentes de la comisaría de la zona que, en un operativo de hostigamiento, habían hecho encender las luces para detener clientes, y como era uso en la época, trasladarlos al Departamento Central de Policía para “averiguación de antecedentes”. Carlos llamó a la resistencia a los gritos, echándose en el piso y en los acordes del Himno Nacional, tal como hacían los manifestantes populares para interrumpir el asalto policial. Esa reacción suya, apelando al amparo del símbolo patrio inapelable, nos reenvía de inmediato a la alianza que Carlos mantenía con los organismos de derechos humanos.”
Pero no todo era una demostración informal, su lucha también era organizada. En 1991 fundó la asociación Gays por los Derechos Civiles, que fue la primera alianza entre el movimiento gay-lésbico y los incipientes colectivos de travestis y trans y en 1992 organizó junto a César Cigliutti y otras organizaciones la primera Marcha del Orgullo Gay-Lésbico en Buenos Aires. Carlos Jáuregui también colaboró en el primer proyecto de ley de matrimonio civil que culminaría en la Ley de Matrimonio Igualitario.
Una vida corta, un legado inmenso
Carlos murió a los 38 años, a causa del VIH-Sida. Desde entonces, cada aniversario de su fallecimiento se conmemora como el Día del Activismo por la Diversidad Sexual. Además, es una figura muy conocida aún fuera de los ámbitos de la diversidad sexual, por ejemplo, una estación de la línea H del subterráneo de buenos aires lleva su nombre y es la primera en el mundo dedicada a un militante LGBT+.
También el documental “El puto inolvidable” (2016) y los múltiples libros que lo retratan mantienen vivo su legado. Pero quizás su herencia más fuerte no esté en el bronce sino en la frase que dejó grabada en la memoria colectiva: “En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política”.
El presente que interpela
Hoy en día ese orgullo parece más necesario que nunca. Los datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+ muestran que durante el primer semestre de 2025 los ataques violentos contra personas del colectivo aumentaron un 70%. En apenas seis meses, se registraron 102 casos frente a los 60 del año anterior. La mayoría de las víctimas fueron mujeres trans (70,6%), seguidas por varones gays (16,7%), lesbianas (6,9%), varones trans (4,9%) y personas no binarias (1%).
Del total, el 16,7% derivó en muertes, ya sea por asesinatos, suicidios o por la violencia estructural que excluye del acceso a vivienda, salud y trabajo, y más de la mitad de esas muertes correspondieron a mujeres trans. Una violencia que no solo se expresa en la calle: en el 64,7% de los casos, el responsable fue el propio Estado, principalmente a través de las fuerzas de seguridad.
“Los discursos de odio del Presidente (Javier Milei) habilitan la violencia en la calle”, advirtió María Rachid, presidenta de la Federación Argentina LGBT+. “Cuando desde el máximo nivel del Estado se nos señala como enemigos, el mensaje baja a las fuerzas de seguridad y a los vecinos. Eso explica el incremento de ataques”. El diputado Esteban Paulón también marcó la relación entre discurso y violencia: “Las fuerzas de seguridad están desatadas y piensan que está todo habilitado. Cuando el jefe de Estado legitima el odio, la violencia se naturaliza”.

La actualidad del mensaje
Para Alejandro Modarelli, amigo y compañero de militancia, la vigencia de Jáuregui está en haber esculpido una subjetividad política: “Nos enseñó a decir ‘nosotros’, a dejar de hablar en tercera persona y entender que no éramos individuos aislados sino parte de un colectivo que tenía derechos”.
Ese “nosotros” se volvió central en un tiempo en el que el Estado se configura como agresor. A casi 3 décadas de su muerte, Carlos Jáuregui sigue interpelando. Lo hace en los espacios que llevan su nombre, en los libros que recuperan su historia, en los cuerpos que marchan, pero sobre todo lo hace cada vez que una persona LGBT+ se planta con orgullo frente al mandato de la vergüenza.
En una Argentina donde los crímenes de odio aumentan y el Estado se corre de la protección (cuando no agrede directamente), su figura aparece como recordatorio y como brújula: los derechos no se conquistan solos, se arrancan con organización, visibilidad y orgullo. Porque como dijo Jáuregui, y como repiten quienes siguen su huella: “En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política”.
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