El 9 de julio de 1816, en una casa de Tucumán prestada por doña Francisca Bazán, los representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata firmaron la declaración de la independencia política “de España y de toda dominación extranjera”. Sin embargo, a un poco más de 2 siglos de esa jornada histórica, deberíamos revisar cuáles fueron las decisiones económicas, políticas y sociales que le siguieron y que, en lugar de afianzar una nación verdaderamente libre, perpetuaron desigualdades que aún hoy persisten.
Aunque decepcione, la ruptura formal con la monarquía española no significó una verdadera emancipación económica ni un proyecto nacional inclusivo. La estructura colonial que nos había condenado al rol de proveedor de materias primas se mantuvo en pie, sostenida por la ley del menor esfuerzo de los terratenientes porteños y la concentración del poder político en Buenos Aires.

Un país ¿independiente?
Mientras San Martín preparaba el cruce de los Andes en el campamento de El Plumerillo, con la ayuda y el sacrificio del pueblo cuyano, y las provincias del interior soñaban con un país de industrias, oficios y economías regionales sólidas, los grandes terratenientes porteños ya trabajaban para consolidar su dominio sobre el comercio exterior. Dueños del puerto y la aduana, vieron en la independencia la oportunidad de comerciar libremente, pero no de construir una nación con una industria propia ni con una distribución equitativa de la riqueza.
Las ganancias del comercio de cueros, sebo y tasajo, destinado a mercados como Brasil y Estados Unidos, hicieron de Buenos Aires una región rica y autosuficiente en términos económicos. El tema es que importaban todo lo que necesitaban, desde herramientas hasta vestimenta, sin preocuparse por producir localmente ni mucho menos por invertir en un desarrollo industrial.
Mientras tanto, en el interior, provincias como Córdoba, Corrientes, las del Cuyo y el Noroeste habían comenzado a desarrollar pequeñas industrias que daban sustento a sus poblaciones. Pero la apertura comercial decretada desde Buenos Aires fue devastadora: los productos importados eran más baratos y arrasaron con las economías regionales.
Inglaterra: la nueva metrópoli
El vacío dejado por España no tardó en ser ocupado por Inglaterra, que ya desde fines del siglo XVIII se posicionaba como potencia industrial global. Así, los mismos productos que Argentina exportaba como materias primas (lana, cuero, grasa, productos bovinos y lanares en general) volvían transformados en manufacturas con un alto valor agregado, que los porteños compraban encantados. Un poncho correntino podía valer menos que una bufanda inglesa hecha con lana argentina, por ejemplo.
Esta nueva forma de dependencia económica fue quizás más sutil que la colonial, pero no por ello menos efectiva. Inglaterra fijaba los precios, las condiciones de intercambio y hasta el gusto de las elites. Entonces, mientras en Europa florecían los parques industriales, en nuestras tierras la oligarquía fundaba la sociedad rural.
¿Qué pasó con el NEA?
En este esquema desigual y centralista, el NEA quedó relegado desde el comienzo. Hay que tener en cuenta que Chaco, Formosa y Misiones ni siquiera eran jurisdicción política del país aún. Es más, la historia de estos territorios es testimonio vivo de una Argentina que se construyó de espaldas a sus regiones más ricas en biodiversidad, cultura y potencial productivo.
Chaco y Formosa, por ejemplo, permanecieron como territorios nacionales hasta mediados del siglo XX. Sus poblaciones originarias sufrieron campañas militares, expropiaciones y masacres. Misiones, fue recién reconocida como territorio nacional en 1881, y su capital (Posadas) recién se incorporó oficialmente en 1884.
Corrientes, fue la única que fue una de las provincias fundacionales, pero también padeció el desinterés del poder central. Su participación más que activa en las guerras de independencia no fue suficiente para asegurar un trato equitativo en el reparto de recursos, y durante gran parte del siglo XIX estuvo enfrascada en disputas internas y conflictos territoriales con el resto del Litoral.

Argentina en deuda… con su historia
A más de 200 años de la declaración de independencia, la Argentina continúa arrastrando las consecuencias de ese proyecto nacional inconcluso. La concentración del poder político, económico y cultural en Buenos Aires profundizó las desigualdades estructurales entre regiones y consolidó un modelo de país dual: uno que produce y otro que decide; uno que tiene los recursos y otro que los administra.
La falta de una planificación federal, que contemple las necesidades y particularidades de todas las regiones, provocó, entre otras cosas, que las provincias del NEA estén entre las más rezagadas en indicadores sociales, sanitarios y económicos.
La construcción que sigue en marcha
La firma del Acta de Independencia en 1816 fue un punto de partida necesario, pero no definitivo. Desde entonces, el país ha atravesado múltiples etapas, con avances y retrocesos, en el intento de construir una nación más justa, integrada y equilibrada. Las reflexiones de este 9 de julio no deben limitarse al acto fundacional, sino abrirse también a los desafíos que todavía enfrenta la Argentina.
El noreste argentino es parte esencial de esa historia. Con su riqueza cultural, su potencial productivo y su identidad, las provincias del NEA ocupan un lugar estratégico para pensar el futuro del país desde una mirada verdaderamente federal.
Reconocer el pasado es clave para entender las decisiones que nos trajeron hasta acá. Pero ahora también tenemos que mirar para adelante con una agenda que contemple las distintas realidades del territorio nacional, y que promueva la inclusión, la inversión equitativa y el respeto por las particularidades culturales y sociales de cada región.
La independencia política fue un primer paso. La independencia económica, productiva y social es una tarea en construcción, que requiere el compromiso sostenido de todos los niveles del Estado y de la sociedad en su conjunto.
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