En el siguiente artículo el economista Ruben Serruya reflexionó sobre el mayor vencimiento de deuda en años, el programa «Inocencia Fiscal» y una Argentina que, a dos siglos de su emancipación, vuelve a medir su soberanía en dólares.
En la Argentina, las efemérides no son sólo recordatorios del pasado. Son, casi siempre, espejos torcidos del presente. Este año, a una semana del 9 de julio, este día no será únicamente una fecha patria. Será también una cuenta regresiva: el día en que el país deberá afrontar un pago de más de 4.300 millones de dólares, el mayor en años.
La paradoja es evidente. En 1816, los congresales reunidos en Tucumán declaraban la independencia de España, pero también de «toda dominación extranjera». Lo escribieron así, con claridad política y ambición histórica. Hoy, dos siglos más tarde, Argentina vuelve a medir su libertad frente al extranjero, no en términos militares, sino financieros.
Porque más del 80 % de ese vencimiento de deuda está en manos privadas (que poseen bonos). Es decir: no tenemos el control. Tenemos compromisos y tenemos urgencia. Lo que no tenemos, al parecer, son los dólares.

Tal vez por eso, el Ministro de Economía Luis Caputo apareció en mayo con una jugada que, más que económica, parece simbólica. Anunció el programa «Inocencia Fiscal», un intento de blanqueo light, una invitación a sacar los dólares del colchón sin culpa ni castigo. Porque, según el Gobierno, esos billetes guardados no son evasión: son prudencia. Y ahora se los necesita.
La lógica es clara: el Estado no puede más, y los mercados lo saben. Así que le habla a la gente. Pero no a toda. Le habla al que ahorró, al que escondió, al que desconfió. El mensaje: ayudanos ahora, que nosotros no te vamos a juzgar. Todo antes del 9 de julio.
Y ahí volvemos al símbolo: como en 1816, el país está obligado a tomar una decisión difícil en un contexto límite. Entonces, la amenaza era la corona española. Hoy, lo son los acreedores, las reservas escasas, el fantasma del default. Aquel congreso se jugó todo por una idea de soberanía. Hoy, la soberanía se mide en dólares disponibles para evitar el colapso.

Pero a diferencia de aquel tiempo, hoy el rumbo no parece buscar una emancipación sino una rendición. Milei no propone un nuevo contrato social sino la desintegración del Estado como proyecto común. Su modelo de país es la ley de la selva: que sobreviva el más fuerte, que gane el más armado, que ahorre quien pueda. Todo lo que no se invierte en comunidad, se convierte en desconfianza. Y ese es el verdadero déficit.
Porque no hay independencia posible sin inclusión. No hay soberanía si el único plan económico es pagarle a los acreedores mientras se le da la espalda al que no llega a fin de mes. El 9 de julio fue, alguna vez, un acto de dignidad colectiva. Hoy, corre el riesgo de volverse apenas un feriado en medio del ajuste.
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