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Miércoles 24 de julio de 2024
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“Llegaron con lo puesto y algunos fueron torturados por la dictadura de Pinochet”: la historia de los exiliados chilenos que recibieron asilo en Corrientes en 1973

Esta crónica de NEA HOY propone una reconstrucción de lo que sucedió durante los meses turbulentos en los que la dictadura de Pinochet desató una violencia desmedida contra la población. Alrededor de 300 exiliados fueron alojados en la capital correntina por dos meses y recibieron gestos solidarios muy significativos.

Esta crónica de NEA HOY propone una reconstrucción de lo que sucedió durante los meses turbulentos en los que la dictadura de Pinochet desató una violencia desmedida contra la población. Alrededor de 300 exiliados fueron alojados en la capital correntina por dos meses y recibieron gestos solidarios muy significativos.

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A casi 50 años del exilio de los chilenos por la dictadura de Pinochet, Guillermo Blugerman, dedicó un tiempo para conversar con NEA HOY en su casa ubicada en el barrio porteño de Belgrano. Por la vehemencia y la claridad del relato, su testimonio puede remontar a cualquier persona a 1973.

Producto de cada detalle y de cada anécdota que, el ya no tan joven, “Guille” exterioriza, se elaboró esta crónica sobre las consecuencias del exilio y el rol significativo que tuvieron los correntinos para que más de 300 personas encontraran un nuevo destino y pudieran reconstruir sus vidas.

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Un llamado telefónico que lo cambia todo

Pocas son las veces que un llamado telefónico produce un cambio rotundo en el curso de nuestras vidas y logra dejar marcas que se sostienen por décadas. El por entonces joven Guillermo Blugerman de 15 años, o tan solo Guille como le dicen, estaba a punto de vivir algo así.

Corría el año 1973 en la ciudad de Corrientes. En una casa ubicada en el corazón del microcentro correntino, sobre la calle 9 de julio, el teléfono de Polo, papá de Guillermo, irrumpe en medio del silencio y atrae la atención de la familia.

Fotografía 1: el grupo de correntinos con algunos exiliados chilenos afuera de la casa de los Blugerman. Fotografía 2: en la terminal de colectivos, el día en el que el grupo de exiliados iría a Buenos Aires para luego salir del país.

La voz del otro lado le indica que un avión del Ejército argentino había llegado a la ciudad con ciudadanos chilenos que fueron exiliados tras el Golpe de Estado que desató el derrocamiento de Salvador Allende y la toma del poder por parte del dictador Augusto Pinochet.

Polo, al igual que Olga, su esposa, conocen bien el tema. Llevan tiempo militando en el Partido Comunista (PC) y están interiorizados de lo que viene sucediendo en el país vecino desde meses atrás.

Guille también entiende, aunque un poco menos que sus padres, por donde viene la mano. Lo que le falta conocer lo obtendrá en los días siguientes, por el contacto con los más de 300 exiliados chilenos que se hospedan en el Hotel de Turismo de Corrientes; el cual se encuentra bajo la administración del Gobierno provincial (en esos años, a cargo del peronista Julio Romero, quien a pedido de Perón aceptó asilar al grupo que huía de la dictadura pinochetista).

No pasa mucho tiempo después del llamado, cuando los padres del joven deciden conformar, entre los miembros del PC, el Comité de Solidaridad Argentino-Chilena de Corrientes

En ella participan el tío de Guille, Leóncho Lifschitz, que se desempeñaba como secretario general del partido, y otras personas como la abogada Haydee “Cuca” Presman y su esposo Abraham Presman, Dolly y Felipe Vidomlansky, Delelisi, Rubén Yunes, Tiranti y el arquitecto Ángel Sakamoto.

Impresión, lástima, esperanza, entre otros sentimientos y emociones, embargan a estas personas y a Guille cuando ven la realidad de los ciudadanos chilenos: llegaron a Corrientes con lo puesto, con la misma ropa con la que habían salido de sus casas, dos meses atrás. 

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Algunos habían sufrido torturas por parte de los militares y otros habían logrado escapar de escenarios de violencia similar hasta que llegaron a la Embajada argentina donde pidieron asilo. El tiempo de espera debió ser largo, piensa la mayoría de los correntinos debido al relato de los exiliados, y el ambiente donde se refugiaron era pequeño para contenerlos. 

Por su oído fino, Guille logra escuchar que antes de emprender el viaje, los carabineros atacaron la Embajada desde afuera y mataron a una persona.

Los exiliados chilenos llegaron a Corrientes con lo puesto, con la misma ropa con la que habían salido de sus casas, dos meses atrás.

Con el paso de las horas, la comisión logró recolectar donaciones de todo tipo: ropa, calzados, elementos de higiene y alimentos. 

La rutina escolar de Guille, que asiste a la Escuela de Comercio, le permite dedicar un tiempo antes del ingreso a clases (cerca de las 13 horas) o un tiempo después de salir (alrededor de las 19 horas) para trasladar en su bicicleta las donaciones y llevarlas a los exiliados.

Dalmiro Contreras Campos es una de las personas con las que logra entablar un vínculo mayor; es carismático, inteligente y luchador, según la mirada del joven, y había sido elegido como delegado del grupo de exiliados para ser “la voz” de los demás.

Al inicio, este hombre negó a los demás miembros del PC de Corrientes pertenecer al partido, pero, tras una entrevista, un tanto más amena, con Lifschitz, confesó la verdad.

Un grupo de exiliados chilenos en los controles semanales requeridos por la Gendarmería argentina. Foto de archivo de Guillermo Blugerman.

Dalmiro, al igual que los demás exiliados, tenían la obligación de presentarse una vez por semana ante la Gendarmería para verificar, con sus huellas digitales, que continuaban alojados en la provincia y que no rompieron el pacto hecho entre Perón y Pinochet, en el que se acordó que los exiliados debían estar lejos de la frontera con Chile y desde ahí podían moverse o emigrar a otros países.

Lo cierto es que en la cabeza de la mayoría de los exiliados está el segundo destino para sus vidas: emigrar a otros países. Algunos miembros del PC correntino también consideran que era lo más adecuado, ya que veían venir una nueva turbulencia en el sistema democrático de Argentina, que podría afectar a los exiliados (la dictadura de Videla era vista como algo próximo).

Dalmiro funciona como vehículo para los demás compañeros que buscan explorar nuevos destinos. Escondido en un automóvil, viaja a Buenos Aires y logra visitar las Embajadas de países amigos para ver donde pueden recibirlos. Cuba, Suecia, Israel, la República Democrática Alemana, son algunas de las que elige para realizar consultas.

En la cabeza de Guille quedó grabado el rostro de cada uno de los integrantes de una familia judía que logró ser recibida en Canadá y más tarde en Israel, pero con la que su familia perdió contacto.

También se le grabó la historia de Dalmiro, que logró realizar los trámites para obtener un nuevo pasaporte, ya que, como los demás exiliados, no lo trajo de su país, y así logra que lo reciban en la República Democrática de Alemania. Más tarde, viaja su esposa que, hasta entonces, permaneció en Chile, con un niño de tres años a cargo y embarazada de ocho meses.

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Imágenes de la persecución desatada por los carabineros, institución policial nacional, en Chile.

Mientras tanto, en la casa de Guille, por la calle 9 de julio, la radio se constituye en uno de los pilares fundamentales para la familia Blugerman, ya que informa sobre lo que sucede del otro lado de la Cordillera. Por ella, Polo y Olga se enteran de las muertes que se carga el pinochetismo y los múltiples casos de tortura y desaparición que, claro está, no se informan por los medios tradicionales.

Cuando no era posible actualizar la información a través del equipo de radio, Polo y Olga recibían información de terceros, a través de llamadas telefónicas u otros canales.

El periodo de estadía de los exiliados en Corrientes se extendió por alrededor de dos meses. En ese lapso, se produce una ola de ofrecimientos y la aparición de personas, que habitan en la ciudad, que ponen a disposición sus recursos para colaborar con la necesidad de los exiliados.

El día a día le permitió a Guille entender que lo que más angustiaba a los exiliados no era la escasez de recursos o haber sido despojados de sus bienes, sino, en realidad, el estar lejos de sus familias, el no saber nada de ellos y, muchas veces, no tener modo de avisar que están sanos y salvos.

A esta angustia se les sumaba la tristeza por sus compañeros que fueron asesinados o desaparecidos.

Esta extraordinaria situación, a tan corta edad, hace que el joven reflexione también sobre todo lo que puede llegar a pasar en este rincón del mundo, por cuestiones ideológicas. Pero, sobre todo, la maldad que puede llegar a ejercer el ser humano.

Son pocos los compañeros de la escuela y amigos con los que Guille conversa del tema, como, por ejemplo, Néstor Ayala, uno de sus cercanos a quien le habían desaparecido un hermano. Este testimonio impulsa al joven a convencerse más del camino que está recorriendo.

En el medio de la gran movida solidaria que se fortalece en Corrientes para asistir a los exiliados y tras la partida de la totalidad de los ciudadanos chilenos, se gestan amenazas de adversarios políticos a los miembros del PC en Corrientes; ponen una bomba en la casa de la señora Presman y utilizan medios de comunicación para demonizar a algunos referentes.

En un momento determinado, Guille teme por su papá que es perseguido por el intendente de la capital, de marcada tendencia filonazi. Ambos se enfrentan a través del periódico impreso, emitiendo mensajes el uno para el otro. Mientras tanto, el reconocimiento de la sociedad hacia Polo, por su carrera médica, lo hace un tanto intocable.

Pasan los años y el joven logra cursar sus estudios universitarios; lo hace en plena dictadura militar. Poco antes de la vuelta a la democracia, viaja a Buenos Aires donde decide quedarse a vivir.

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