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La motosierra también corta relaciones

La crisis diplomática con Brasil expone las consecuencias de una política exterior cada vez más alineada con Estados Unidos. Menos vínculos, menos mercados y más riesgos para la industria, las inversiones y la energía argentina.
Foto: Nea Hoy

Hay una gran diferencia entre elegir aliados y quedarse sin socios. La primera es una decisión y la segunda, una consecuencia. La Argentina de Javier Milei parece que pistea sin frenos por el segundo carril, cortando lazos diplomáticamente o injuriando lo suficiente como para que nos retiren el saludo. O peor, los negocios. Que Brasil haya reducido su nivel de representación diplomática y pedido el retiro del embajador argentino en Brasilia no es un episodio menor ni una simple pelea entre presidentes, porque Brasil no es solamente el país gobernado por Lula da Silva.

Es el principal socio comercial de la Argentina, el destino de buena parte de sus exportaciones industriales, un proveedor indispensable para numerosas fábricas y uno de los mercados centrales para el desarrollo energético de los próximos años. Y lo peor es que Brasil solamente es el último de la larga lista de vínculos que la administración de Milei decidió deteriorar, relativizar o subordinar a una alineación cada vez más estrecha con Estados Unidos.

El embajador de Brasil en Argentina, Julio Glinternick Bitelli (Foto: Wikipedia).

De la autonomía a la lógica de los amigos y enemigos

La política exterior argentina siempre tuvo contradicciones, cambios de rumbo y gobiernos que privilegiaron determinadas alianzas por sobre otras. Pero durante décadas estuvo la idea bastante elemental, que atravesó buena parte de las administraciones, de que Argentina necesitaba relacionarse con el mayor número posible de países porque no tenía la capacidad económica ni política para darse el lujo de cerrar puertas. La diversificación era una herramienta de soberanía. El gobierno de Milei eligió otra lógica. Rechazó el ingreso a los BRICS ampliados, profundizó el alineamiento con Washington y convirtió las diferencias ideológicas con otros gobiernos en un componente cada vez más visible de la política exterior.

Durante su campaña, presentó a China como un país con el que Argentina no debía hacer negocios por razones ideológicas. Ah, pero del dicho al hecho hay un largo trecho y la bisoña administración tuvo un baño de realidad económica con el tema del swaps de monedas. Sin embargo la ideología dogmática si bastó para que queden en segundo plano proyectos de infraestructura, energía, ciencia y tecnología que podían representar inversiones y mercados para el país. 

Con Brasil pasó algo todavía más evidente. La relación con Lula quedó atravesada desde el comienzo por la enemistad personal y política de Milei con el Presidente brasileño. El conflicto escaló ahora hasta un punto inédito desde el retorno de la democracia: Brasil bajó el nivel de la relación bilateral y solicitó el retiro del embajador argentino. La Cancillería puede presentar el episodio como una decisión unilateral de Brasil. Pero incluso si aceptáramos esta explicación, ¿qué gana Argentina con llegar hasta acá? Seguimos sin respuestas.

Brasil no compra solamente productos: compra trabajo argentino

El dato más importante para entender la gravedad de la crisis es que Brasil no representa un mercado más. En 2025, el intercambio comercial entre ambos países alcanzó los 31.195 millones de dólares. Brasil concentró el 14,7% de las exportaciones argentinas y fue origen del 24,3% de las importaciones. Pero el número que realmente importa es que alrededor del 64% de las ventas argentinas a Brasil corresponden a manufacturas de origen industrial. Ahí está la diferencia.

China puede comprar grandes volúmenes de materias primas y productos agroindustriales. Brasil compra automóviles, autopartes, maquinaria, productos químicos, plásticos y otros bienes fabricados en la Argentina. Por eso una crisis con Brasil no se traduce simplemente en menos dólares. Puede traducirse en menos producción, menos turnos, menos proveedores y (todavía) menos empleo. Además, Brasil es un socio estratégico para la energía argentina. En momentos de alta demanda eléctrica, la Argentina necesitó importar electricidad brasileña. Durante el verano de 2025, llegó a recibir alrededor de 1.500 MW desde Brasil, mientras que el país vecino también aparece como uno de los principales mercados potenciales para el gas de Vaca Muerta. En 2024 ambos países firmaron un memorando para avanzar hacia exportaciones de hasta 30 millones de metros cúbicos diarios de gas argentino. En abril de 2025 se concretó incluso el primer envío de gas hacia Brasil a través de Bolivia.

Menos puertas para golpear

Brasil tiene más de 13.500 millones de dólares invertidos en Argentina y ocupa un lugar central entre los inversores extranjeros. Cuando un vínculo político se deteriora, el efecto no necesariamente aparece al día siguiente en una estadística comercial. Puede aparecer como una inversión que no llega, una planta que no se amplía o un proyecto que termina en otro país. Y ahí aparece la paradoja de la política exterior de Milei.

En nombre de una supuesta apertura al mundo, Argentina parece estar reduciendo el mundo con el que puede negociar. La política exterior de un país no debería funcionar como una lista de enemigos ideológicos. En un mundo cada vez más multipolar, la verdadera fortaleza consiste en tener opciones. Poder venderle a distintos mercados. Conseguir inversiones de diferentes países. Negociar energía con varios socios. Mantener abiertas las puertas incluso con gobiernos con los que existen diferencias. Porque cuando un país tiene muchos socios puede elegir, cuando tiene pocos, negocia desde la necesidad.

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