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La Patria no es un juego

El Mundial 2026 reavivó el sentimiento patriótico en Argentina, pero también expuso cómo las redes sociales, las campañas de desinformación y las disputas políticas moldean una idea de Patria atravesada por la emoción, el conflicto y la falta de un proyecto colectivo.

En el preciso instante en que nos invadía una suerte de depresión y creímos que el concepto de Patria había tocado fondo una inesperada campaña antiargentina, producto del campeonato mundial de fútbol, la vuelve a poner en valor. Solo se necesitó una acusación exterior para que la Patria volviera a estar presente. La intensidad patriótica de julio no midió cuánto creímos en la Argentina sino cuánto nos dolió que otros no creyeran.

Hay una asimetría medida y reiterada en el modo en que circula el discurso digital: lo que se dice contra algo viaja más lejos que lo que se dice a favor de algo.
Lo negativo genera compartidos, comentarios y enojo; lo positivo genera corazones. Adhesión y circulación no cotizan en la misma moneda. Por eso, ninguna campaña a favor puede competir en volumen con una campaña anti, el ecosistema entero está calibrado para premiar al que acusa por sobre el que celebra. Pero cuando un grupo se percibe amenazado la solidaridad interna se vuelve súbitamente el motor de la viralidad.

La campaña antiargentina produjo un «nosotros» nacional con una intensidad que ninguna pedagogía estatal alcanzaba desde hace mucho tiempo. Pero es una Patria constituida por el enemigo y, por lo tanto, una Patria de agravio, sin proyecto, sin contenido redistributivo, sin obligaciones. Se pertenece por indignación compartida, no por deber compartido. La revalorización es real; lo que hay que discutir es de qué está hecha.

La bandera que recorrió cada rincón del planeta.

Hagamos en este punto un flashback en nuestra historia y repasemos el Mundial 78, sabemos qué pasa cuando un Mundial fabrica unanimidad nacional. En el 78 había un comitente: el Estado, la propaganda, un aparato identificable. En el 2026 el efecto es equivalente pero no hay autor. Las causas son más difícil de denunciar porque no hay a quién apuntarle.

Hay, tal vez, un esbozo de respuesta en que la reconstitución del «nosotros» fue monetizada por operadores que no tienen patria. El capital no necesita disolver la Patria: necesita que esta sea intensa y despolitizada.

Circuló en redes una captura de una supuesta agencia («PR360 Sports») que ofrecía pagos a cuentas de fútbol para instalar consignas del tipo «robo», «árbitros parciales» o «agenda mediática». Paradójicamente ese fue el meme más viral entre argentinos. El medio «Chequeado» verificó que no hay pruebas de que tal agencia exista, que el mail tiene indicios de haber sido hecho con IA y que muchas de las cuentas que lo difundieron son paródicas. También verificó que varios de los usuarios que decían haber recibido el falso mail están patrocinados por casas de apuestas. Un ecosistema donde miles de cuentas cobran por alcance y el algoritmo premia la indignación produce el mismo resultado que una campaña coordinada sin nadie que la coordine.

La patria argentina en tierra estadounidense.

Diputados dio media sanción a un proyecto, que sigue sin tratamiento en el Senado, para prohibir la publicidad de casas de apuestas en el ámbito deportivo; en paralelo el Ejecutivo presentó otro proyecto enfocado en bloquear plataformas ilegales, que no limita la publicidad de los operadores autorizados ni contempla restricciones para la promoción hecha por influencers. Claramente enunciar es barato y visible en tanto que implementar es caro e invisible: leyes sancionadas y nunca reglamentadas; derechos consagrados sin partida presupuestaria; medias sanciones que caducan en la cámara revisora.

Las acciones que construyen el sentido de Patria no entran en este barullo de redes. Aunque no es vana la enunciación de soberanía, pues tal como dice Hannah Arendt se debe valorizar el «derecho a tener derechos», porque sin pertenencia política la declaración es papel, pero sin declaración no hay ni siquiera desde dónde litigar.

El oficialismo libertario desestimó el concepto de Patria por incompatibilidad doctrinaria. Milei cerró su discurso del 9 de julio en Tucumán con la fórmula ritual: «Que Dios bendiga a las provincias, que las fuerzas del cielo nos acompañen y ¡viva la patria!». Fue casi la única vez que pronunció el término que define un «nosotros».

La campaña antiargentina produjo un «nosotros» nacional con una intensidad que ninguna pedagogía estatal alcanzaba desde hace mucho tiempo.

Pero en el momento de máxima intensidad emocional —el Mundial— su registro fue otro. Tras la final escribió: «¡Muchas gracias jugadores! Hasta el final con las botas puestas. Argentina siempre en lo alto«. Y en LN+ elogió al plantel por ser «personas muy talentosas» acompañadas de «mucho trabajo». Vocabulario de mérito y esfuerzo individual, no de comunidad.

Este mismo concepto divide al oficialismo. Villarruel calificó a los ingleses de «piratas usurpadores» y avisó: «No voy a ser políticamente correcta ni pecho frío». Agregó: «es Malvinas, es el Diego, es la última de Leo» y en su posteo por las Invasiones Inglesas habló del «nacimiento de nuestra Patria» y de «esta tierra bendecida por Dios y protegida por el manto de la Virgen». Es una Patria católico-nacionalista en estado puro, como la del 78. Frente a la prohibición de la FIFA sobre simbología política sumó: «Prohibieron llevarlas a la cancha y se olvidaron que las llevamos en la sangre».

La respuesta llegó desde adentro de la coalición: Lemoine la acusó de que «por hacer Populismo Nazionalista embarra todo«[sic]. En la misma línea que Milei define a la Nación como suma de individuos que festejan, no como comunidad que se representa. Es la traducción exacta de Libertad al terreno donde tradicionalmente reinaba Patria.

En fin, hay dos Patrias dentro de un mismo gobierno y una de ellas le dice nazi a la otra.

Mientras tanto una tela anónima que cae de la tribuna dice Las Malvinas son Argentinas, los jugadores se apropian de ella y provoca un incidente diplomático internacional. Mientras Londres pedía sanción deportiva The Guardian publicó a Simon Jenkins sosteniendo que las islas «no pueden seguir siendo británicas para siempre» y reclamando retomar la negociación. Jenkins cerró: sería gratificante que una bandera exhibida en un partido de fútbol sacudiera a alguien para que pase a la acción.

Entonces: Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar. No es una máxima moral, es una doctrina sobre el destino del afecto. La adhesión que no se convierte en estructura se evapora; la que se convierte persiste sin necesidad de ser renovada emocionalmente.

No se puede ganar en el mercado de lo anti. Una campaña a favor pierde estructuralmente. Entonces la jugada no es producir contenido sino producir acciones y hacerlo mientras dura la ventana emocional.

“Las cosas que pasan en la cancha con los jugadores no son parte de la diplomacia», sostuvo Milei cuando fue consultado acerca de la bandera. 

El Mundial produjo simultáneamente el fervor patriótico y la saturación de las casas de apuestas. Sancionar en el Senado la ley de publicidad de apuestas, que ya tiene media sanción convertiría el afecto en su propia protección.

La columna de Jenkins abrió una hendija por primera vez en décadas. Transformar una bandera anónima caída de una tribuna en una iniciativa diplomática formal es el manual de la conversión.

Trabajar en la reconstrucción del deporte social es el modo de producir pertenencia material concreta en vez de emoción. Solo que este gobierno nacional no está interesado en la construcción de Patria e incluso aquellos que demuestran un interés patriótico ahondan en lo discursivo y no en acciones que construyen soberanía, democracia y pueblo.

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