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Eva, aquella que ocultaron dos veces

A 74 años del fallecimiento de Eva Perón, una reflexión sobre la figura que la historia intentó ocultar: no solo la mujer de la ayuda social y la Fundación, sino la dirigente que impulsó el voto femenino, organizó políticamente a las mujeres y desafió las estructuras de poder de su tiempo.

«Como su cuerpo, también su visión política fue escondida. Y como su cuerpo, volvió.»

Yo he de volver, como el día,

para que el amor no muera. — José María Castiñeira de Dios, «Eva Perón» (1962)

Hubo un tiempo en que su cuerpo sin nombre deambuló el mundo. Embalsamado, eternamente hermoso, viajó en camiones anónimos, durmió en desvanes y detrás de pantallas de cine, cruzó el océano para descansar bajo una lápida ajena, en Milán, con el nombre de otra mujer. El odio la había convertido en secreto de Estado: no bastaba con haberla vencido, había que hacerla desaparecer, borrarla del suelo que la había amado. Pero terca es la memoria del Pueblo.

Tomás Eloy Martínez lo contó como una parábola en Santa Evita: dondequiera que escondían el ataúd, amanecían flores. Velas encendidas, ramos frescos, estampitas. Manos anónimas encontraban, sin saber cómo, el sitio del secreto y levantaban allí un altar. La vencían y volvía. La enterraban y florecía.

De esa devoción clandestina nació el mito más dulce y más incompleto: Evita hada. La dama de los pobres, la que abría hospitales y hogares de ancianos, la que declaraba que los únicos privilegiados eran los niños. Todo eso fue cierto. Y fue hermoso.

¡Mi Pueblo, este signo mío,

este amor sin más razones!

En las hadas se cree o no se cree. Un hada no incomoda: reparte, consuela, no disputa.

Hubo otra Eva, mucho más filosa, que la historia oficial desde la Revolución Libertadora en adelante, decidió sepultar junto con su cuerpo.

La dama de los pobres, la que abría hospitales y hogares de ancianos, la que declaraba que los únicos privilegiados eran los niños. 

Para entenderla hay que volver al principio, a un pueblo llano de la provincia de Buenos Aires. Los Toldos, levantado al costado de las tierras del cacique Coliqueo: la Argentina profunda y marrón que el poderío oculta. Allí nació, hija natural, la menor de una casa pobre, familiarizada precoz con la humillación de los que no tienen apellido que los proteja. Se fue a Buenos Aires siendo casi una niña, a probar suerte con la voz y con la cara, en la radio y en el cine incipiente de los años cuarenta.

El destino la atravesó en una tragedia. En enero de 1944 la tierra de San Juan se abrió y sepultó una ciudad entera. Buenos Aires organizó su solidaridad y en aquellas colectas por los damnificados una actriz joven cruzó su camino con un coronel todavía poco conocido. De esa alianza —hecha de trabajo por los caídos— nacería todo lo demás.

Toda mi vida es un río

que anda rodeando la tierra

con ese pendón de guerra.

Se fue a Buenos Aires siendo casi una niña, a probar suerte con la voz y con la cara, en la radio y en el cine incipiente de los años cuarenta.

Lo que vino después no fue el gesto de una benefactora, sino el de una política. Porque Eva no se limitó a repartir. Comprendió que la caridad alivia pero no transforma y que a las mujeres de su patria no les faltaba solamente pan: les faltaba poder. En 1947 impulsó la ley que les dio el voto, pero se habría quedado corta si hubiera terminado ahí. Fundó el Partido Peronista Femenino y salió a organizarlas, una por una, en unidades básicas donde aprendían que la política no era asunto de hombres. Las nombró, las capacitó, las mandó a disputar el espacio que siempre les había sido negado. No pedía permiso. Ejercía el poder con una crudeza que a muchos — peronistas incluidos— les resultaba insoportable en una mujer.

Tuvieron que pasar muchos años —décadas— para que las mujeres argentinas volvieran a ocupar un sitio de relevancia en la política.

Esa fue la Eva que había que ocultar. No la que acariciaba a los niños en las fotos, sino la que enseñaba a las madres de esos niños a ser soberanas: les dio el voto —el derecho a elegir y a ser elegidas—, hizo consagrar en la Constitución de 1949 la igualdad jurídica de los cónyuges y llevó por primera vez a las mujeres a las bancas del Congreso. Serían ellas, después de su muerte, las que sancionarían la equiparación de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio y el derecho de los divorciados a rehacer su vida: leyes que Eva no alcanzó a ver, hijas de la generación que había formado. Cuando murió, a los treinta y tres años, y la radio anunció que entraba en la inmortalidad, el país que la odiaba entendió que muerta era todavía más peligrosa. Por eso profanaron su cuerpo. Y por eso, con la misma saña, profanaron su obra: desmantelaron el Partido, borraron su nombre de los actos y devolvieron a las mujeres al lugar de silencio del que ella las había sacado.

Tuvieron que pasar muchos años —décadas— para que las mujeres argentinas volvieran a ocupar un sitio de relevancia en la política. Y no fue un adorno: sin esa presencia, ninguna conquista de derechos habría sido posible. Cada banca, cada ley de igualdad, cada nombre de mujer en un despacho de poder es, lo sepa o no, un altar levantado sobre aquel secreto que quisieron enterrar.

Yo volveré de la muerte,

volveré y seré millones.

Hoy su cuerpo descansa al fin bajo su propio nombre. Pero lo que de verdad no lograron esconder fue lo otro: la certeza de que una mujer nacida sin apellido podía tomar el poder y repartirlo. Esa Eva —la política, la incómoda, la que no pedía permiso— sigue apareciendo, como las flores sobre el ataúd, en cada lugar donde la creyeron sepultada.

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