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Tarifas, salarios y el verdadero ajuste

El economista Rubén Serruya analiza en esta nota cómo el fuerte aumento de las tarifas de los servicios públicos redujo el ingreso disponible de los hogares argentinos, obligando a destinar una porción cada vez mayor del salario al pago de servicios esenciales y limitando el consumo, el ahorro y la capacidad de afrontar otros gastos básicos.

Cuando se analiza la situación económica de los hogares suele ponerse el foco en la inflación, los salarios o las jubilaciones. Sin embargo, existe una variable menos visible pero igual de importante: el ingreso disponible, es decir, el dinero que efectivamente queda en el bolsillo de las familias después de afrontar los gastos esenciales. En ese sentido, uno de los fenómenos más significativos de los últimos dos años ha sido el fuerte incremento de las tarifas de los servicios públicos.

Según el informe «Las Privatizadas en el Gobierno de Milei» elaborado por el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP), entre 2023 y 2025 el rubro electricidad, gas y agua aumentó un 760%, mientras que el nivel general de precios de la economía creció un 334%. Esto significa que las tarifas evolucionaron a una velocidad mucho mayor que la inflación promedio, absorbiendo una porción creciente de los ingresos familiares.

Los datos son contundentes: cuando arrancó el Gobierno de Milei, los servicios públicos pesaban un 6% del salario; mientras que hacia mediados de 2026 la canasta de servicios públicos básicos representa más del 14%. En los sectores informales y de menores ingresos el impacto es aún mayor.

Entre 2023 y 2025 el rubro electricidad, gas y agua aumentó un 760%, mientras que el nivel general de precios de la economía creció un 334. 

Traducido a números concretos: si un trabajador percibía un salario equivalente a $1.000.000, a fines de 2023 destinaba alrededor de $60.000 mensuales al pago de electricidad, gas, agua y otros servicios básicos. Hoy, con ese mismo salario de referencia, debería destinar más de $140.000 para afrontar esos gastos.

Esto implica que los servicios públicos absorben $80.000 adicionales por cada millón de pesos de ingreso, recursos que antes podían destinarse al consumo, la educación, la salud, el ahorro o el esparcimiento familiar.

Con esos $80.000 mensuales adicionales que hoy se destinan a servicios públicos, una familia podría comprar, por ejemplo:

  • Más de 44 litros de leche.
  • Más de 9 kilos de milanesas.
  • Más de 11 kilos de pollo.
  • Entre 2 y 3 garrafas de gas.
  • Los útiles escolares básicos.
  • El abono de internet y telefonía móvil del hogar.
  • Carga de combustible para ir a trabajar.
  • Medicamentos de uso frecuente para un jubilado.

Llevado a un período anual, esos $80.000 por mes representan $960.000 al año por cada millón de pesos de ingreso familiar.

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Cuando arrancó el Gobierno de Milei, los servicios públicos pesaban un 6% del salario; mientras que hacia mediados de 2026 la canasta de servicios públicos básicos representa más del 14%. 

La situación es aún más compleja para los trabajadores informales o de menores ingresos. Por ejemplo, en un hogar con ingresos de $600.000 mensuales, una carga tarifaria del 14% implica destinar alrededor de $84.000 a servicios públicos. Si el peso de las tarifas asciende al 20% —como ocurre en muchos sectores populares—, el gasto supera los $120.000, reduciendo significativamente la capacidad de cubrir otras necesidades básicas.

Esta situación tiene efectos concretos sobre la economía. Cuando una familia debe destinar una parte creciente de sus ingresos a pagar luz, gas, agua, transporte o comunicaciones, dispone de menos recursos para consumo, recreación, educación o ahorro. En términos macroeconómicos, esto se traduce en una menor demanda interna, uno de los principales motores de la actividad económica.

El Gobierno nacional sostiene que esta política forma parte del proceso de «sinceramiento» de la economía y de reducción de subsidios para alcanzar el equilibrio fiscal. Y efectivamente los subsidios económicos se redujeron significativamente: pasaron de representar más del 1,5% del PBI a alrededor del 0,6% durante 2026.

Sin embargo, el debate económico no debería terminar allí. La pregunta central es quién absorbió el costo de ese ajuste y quiénes resultaron beneficiados.

La iniciativa incluye reducción de tarifas, tope de aumentos y financiamiento mediante fondos energéticos nacionales vigentes.
los servicios públicos absorben $80.000 adicionales por cada millón de pesos de ingreso, recursos que antes podían destinarse al consumo, la educación, la salud, el ahorro o el esparcimiento familiar.

El informe muestra que las principales empresas privatizadas de energía, gas, transporte y telecomunicaciones registraron una evolución muy favorable. Entre 2023 y 2025 sus ingresos crecieron un 28% en términos reales, mientras que el conjunto de la economía prácticamente permaneció estancado. Más aún, la masa de ganancias operativas de estas compañías aumentó más de un 55% real durante el mismo período.

Esto configura una importante transferencia de ingresos desde usuarios y empresas hacia sectores regulados de la economía.

La cuestión se vuelve más relevante cuando se observa qué ocurrió con las inversiones. Uno de los argumentos tradicionales para justificar los aumentos tarifarios es la necesidad de mejorar la infraestructura y la calidad de los servicios. Sin embargo, el estudio concluye que el fuerte incremento de la rentabilidad no estuvo acompañado por un crecimiento proporcional de las inversiones productivas, es decir, parte de los recursos obtenidos mediante la recomposición tarifaria no se tradujo necesariamente en ampliación de redes, mejoras tecnológicas o nuevas obras de infraestructura.

Tampoco debe perderse de vista el impacto sobre las pequeñas y medianas empresas. Para muchas Pymes, el aumento de los costos energéticos se suma a otros problemas como la caída del consumo, la apertura importadora y las dificultades de financiamiento. Cuando una empresa destina una proporción creciente de sus ingresos a pagar servicios públicos, disminuye su capacidad de invertir, producir y generar empleo.

Advierten que la morosidad en el pago del servicio eléctrico ya muestra un fuerte aumento.
Cuando una familia debe destinar una parte creciente de sus ingresos a pagar luz, gas, agua, transporte o comunicaciones, dispone de menos recursos para consumo, recreación, educación o ahorro. 

Por eso la discusión tarifaria excede el debate sobre subsidios. En realidad, estamos discutiendo cómo se distribuyen los costos del ajuste económico y cuál es el equilibrio razonable entre sustentabilidad fiscal, rentabilidad empresaria y capacidad de pago de la sociedad.

El problema no es únicamente cuánto aumentan las tarifas, sino qué sucede cuando esos aumentos crecen más rápido que los salarios, las jubilaciones y la actividad económica. Porque en ese escenario el ingreso disponible se reduce, el mercado interno se debilita y la recuperación económica encuentra límites cada vez más difíciles de superar.

La discusión no es solamente cuánto aumentaron las tarifas, sino cuánto espacio le dejan al salario. Cuando los servicios públicos pasan de absorber 6 de cada 100 pesos a más de 14 de cada 100, el ajuste deja de ser una cuestión fiscal y pasa a sentirse directamente en la mesa de cada familia.

Por Rubén G. Serruya

Licenciado en Economía de la UNNE. Secretario del Bloque Legislativo Frente Grande. Secretario de Derechos Humanos de la CTA de los Trabajadores. Coordinador de la Tecnicatura Superior en Administración Económico Financiera de la UEGP N° 157 “Foro Social del Nea”. Columnista económico de Radio Nuestra Voz, Radio Mágica, Radio Puerto, Revista Bohemia, Chaco Stream.

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