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Milei en caída: el desgaste que ya no puede ocultar el relato libertario

Las encuestas de abril exponen un deterioro sostenido en la imagen de Javier Milei, con aumento del enojo social, pérdida de confianza y errores políticos que profundizan la crisis, como el costo de sostener a funcionarios cuestionados y una estrategia comunicacional cada vez más confrontativa.
Fuente: EFE

Abril dejó de ser un mes más en el calendario político argentino para transformarse en un punto de inflexión. La señal más contundente proviene de Atlas Intel, la encuestadora que en 2023 anticipó con mayor precisión el triunfo de Javier Milei sobre Sergio Massa y que en 2024 también acertó la victoria de Donald Trump sobre Kamala Harris. Ahora, sus últimos datos sobre la Argentina no solo sorprendieron a los mercados, sino que encendieron alarmas: el ranking de imagen positiva lo encabezan figuras de la izquierda como Myriam Bregman y Axel Kicillof, un giro tan inesperado como significativo. Más que una foto coyuntural, el dato parece confirmar algo más profundo: un deterioro sostenido de la confianza pública y un cambio de clima político que pone en cuestión el rumbo del Gobierno nacional.

En abril trepó la desaprobación del líder libertario otro punto porcentual, a 63 por ciento, y la aprobación cayó medio punto más, a 35,5 por ciento. Es por lejos el peor momento del Presidente desde que asumió.

Durante meses, el Gobierno de Javier Milei se sostuvo sobre una narrativa de ruptura: la promesa de dinamitar la «casta» y refundar las reglas del juego. Sin embargo, los datos más recientes sugieren que esa narrativa empieza a mostrar fisuras. La caída en los niveles de aprobación no solo es significativa en términos cuantitativos, sino también transversal: afecta a todos los segmentos sociales, etarios y territoriales. Ya no hay bastiones claros donde el oficialismo pueda refugiarse.

En abril trepó la desaprobación del líder libertario otro punto porcentual, a 63 por ciento, y la aprobación cayó medio punto más, a 35,5 por ciento. Fuente: TN.

Pero el problema no parece ser únicamente económico o coyuntural. Hay una dimensión política y comunicacional que el gobierno subestimó. La insistencia en sostener a Manuel Adorni, pese a las denuncias de corrupción, aparece como un error no forzado que erosiona uno de los pilares discursivos más potentes del mileísmo: la lucha contra los privilegios y las prácticas tradicionales de la política. Defender sin matices a un funcionario cuestionado no solo contradice ese discurso, sino que lo vacía de contenido.

El episodio en el Congreso, con un Presidente aplaudiendo desde el palco en un gesto más cercano a la confrontación que a la institucionalidad, refuerza una percepción creciente: el Gobierno parece más cómodo en la lógica del espectáculo y la polarización que en la construcción de consensos. Esa estrategia, eficaz en campaña, muestra límites evidentes en la gestión.

La causa Adorni, de los puntos que marcaron un antes y un después en la gestión.

Esto se traduce en un descontento generalizado. Tomando a los encuestados por edad, llama la atención que el segmento «millenial», de 25 a 34 años, es el que más lo desaprueba, y en una relación siete a tres. Los más jóvenes -16 a 24- que inicialmente fueron su gran bastión, hoy están apenas un poco menos mal, con una diferencia en contra de 12 puntos.

La semana pasada también llamó la atención el derrumbe inédito del Indice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella, con una caída de 12,1 por ciento contra marzo, marcando el cuarto mes seguido de retroceso y sumando 18 puntos negativos desde el arranque del año. El indicador que elabora la Escuela de Gobierno de esa universidad privada es otro dato que siguen atentamente los mercados.

A esto se suma un deterioro en la relación con la prensa y con actores clave del sistema democrático. El cierre temporal de la sala de prensa y el tono agresivo hacia periodistas no son hechos aislados, sino parte de un patrón que comienza a generar costos reputacionales tanto a nivel local como internacional. En un contexto donde la confianza es un activo central —para la política y para la economía—, estas decisiones resultan difíciles de justificar.

Corrupción, inflación y crisis económica, las principales preocupaciones de los encuestados. 

El dato quizás más revelador no es que crezca el descontento, sino hacia dónde podría canalizarse. Que figuras asociadas a la izquierda encabecen rankings de imagen no implica necesariamente un giro ideológico consolidado, pero sí evidencia un electorado volátil, dispuesto a revisar sus preferencias ante la frustración de expectativas. El voto de ruptura que llevó a Milei al poder podría, con la misma intensidad, buscar nuevas alternativas.

El Gobierno de Javier Milei ya no enfrenta solo una mala racha en las encuestas, sino las consecuencias de sus propias decisiones. La combinación de confrontación permanente, errores políticos evitables y una creciente desconexión con las preocupaciones reales de la sociedad empieza a erosionar el capital que lo llevó al poder. Sostener funcionarios cuestionados mientras se declama una cruzada contra «la casta» no solo resulta contradictorio: debilita la credibilidad del proyecto en su núcleo más sensible.

Si abril marcó un punto de quiebre, lo que sigue dependerá menos de los discursos y más de la capacidad —hasta ahora esquiva— de corregir el rumbo. Porque cuando la desconfianza se instala de forma transversal, ya no alcanza con redoblar la apuesta: gobernar implica hacerse cargo. Y hoy, esa parece ser la deuda más evidente de la administración libertaria.

Fuente: TN

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