- Publicidad -

Femicidio Sophia Civarelli: las similitudes que alarman con el caso Laurta

El crimen de Sophia Civarelli expone algo más que una relación violenta: revela cómo los discursos de odio, amplificados en redes sociales y legitimados políticamente, pueden convertirse en el caldo de cultivo de la violencia extrema. El caso de Valentín Alcida no es aislado, sino parte de un patrón que se repite.
Sophia Civirelli (Foto: La Capital)

El femicidio de Sophia Civarelli fue el desenlace de una trama que se venía armando desde hace tiempo: una relación marcada por el control, los celos y la manipulación, pero también por un contexto más amplio en el que el odio encuentra validación, eco y hasta identidad política. Sophia tenía 22 años, estudiaba Psicología en Rosario y, según su entorno, estaba intentando salir de una relación que la asfixiaba. No llegó.

El principal sospechoso del crimen, Valentín Alcida, su pareja, se suicidó horas después de denunciar falsamente que ella se había quitado la vida. La escena, que en un primer momento confundió a la Justicia, rápidamente comenzó a enclarecerse como la de un femicidio seguido de suicidio. Una carta escrita por el propio Alcida, los peritajes y, sobre todo, los testimonios del entorno de la joven terminaron de encaminar la investigación. Pero si hay algo que hoy interpela con fuerza es el rastro digital que dejó el agresor. Porque Valentín Alcida no ocultaba su violencia, la escribía, la compartía y la celebraba.

La violencia antes del crimen

En su cuenta de Twitter, Alcida se definía como “argentino y de derecha”, acompañado por el emoji de un león, símbolo desde hace tiempo apropiado por sectores libertarios. Desde ahí, construyó un discurso cargado de odio, una narrativa sistemática de misoginia, racismo, xenofobia y desprecio hacia cualquier colectivo que no encajara en su visión del mundo. Uno de sus posteos más explícitos, publicado el 30 de marzo del año pasado, condensaba esa lógica: “Las feministas, los zurdos, los negros villeros y la inmigración bolita es lo peor de nuestro país. Votar con odio está bien”. Una declaración de sus principios.

Alcida contestaba contenidos de referentes libertarios, consumía discursos de extrema derecha y se movía con comodidad en ese ecosistema digital donde la violencia simbólica no está solamente permitida, sino que incentivada. En ese mundo, el feminismo aparece como el gran enemigo, las mujeres como objeto o amenaza, y la diversidad como algo a erradicar. Todo eso funciona como una caja de resonancia donde las frustraciones individuales se transforman en certezas colectivas, donde el enojo se vuelve identidad y donde la violencia, tarde o temprano, encuentra una forma de materializarse.

“La quería solo para él”

Mientras en redes sociales desplegaba su ideología, en la intimidad de la pareja la violencia se mostraba de otras maneras. Una amiga de Sophia relató que la joven vivía situaciones de manipulación extrema. “Él era muy celoso y muy tóxico. Como que la quería solamente para él”, explicó. También contó que, durante las discusiones, Alcida reaccionaba con agresividad, se golpeaba a sí mismo, rompía cosas y generaba un clima de violencia constante.

Sophia había empezado a pensar en separarse. Quería terminar la relación, pero necesitaba estabilidad económica para hacerlo. Esa decisión, según su entorno, pudo haber sido el detonante del crimen. Lastimosamente, es común que esto suceda ya que cuando una mujer intenta salir de un vínculo violento, el riesgo aumenta para ella. El agresor siente que pierde el control e intensifica la violencia. El desenlace suele ser fatal.

El patrón que se repite

Pero lo más preocupante del caso de Sophia Civarelli son las similitudes que comparte con otro hecho reciente: el doble femicidio cometido por Pablo Laurta en Córdoba. Laurta asesinó a su expareja, Luna Giardino, y a la madre de ella, tras años de construir un discurso antifeminista en redes sociales. El también compartía mensajes de odio y hasta era fundador de un colectivo llamado “Varones Unidos”, desde donde promovía la idea de que los hombres son víctimas de un “sistema feminista”. En sus publicaciones, las mujeres eran mentirosas y manipuladoras. Todas eran sus enemigas, según él.

Tanto Laurta como Alcida construyeron identidades atravesadas por el resentimiento y la misoginia. Ambos encontraron en el antifeminismo una narrativa que les permitió justificar su violencia. Y ambos terminaron cometiendo femicidios. En el caso de Laurta, incluso existían vínculos explícitos con figuras de la ultraderecha regional, participación en eventos y circulación en espacios donde el discurso antiderechos es moneda corriente. No se trataba de marginalidad, sino de pertenencia.

Agustín Laje, Nicolás Márquez y Pablo Laurta. (Imagen: LatFem)

La legitimación del odio

Lo que estos casos ponen en evidencia es algo más profundo que la violencia individual: la existencia de un clima cultural que habilita, legitima y reproduce discursos de odio. Bajo la etiqueta de “batalla cultural”, sectores políticos y mediáticos vienen instalando la idea de que el feminismo es un enemigo, que las políticas de género son un exceso y que los varones están siendo perjudicados por un supuesto sistema injusto.

Las redes sociales ya son parte de nuestra vida, los mensajes de Alcida dejaron de ser marginales para convertirse en parte de un sentido común en construcción. La violencia verbal, simbólica y digital se naturaliza. Y cuando eso ocurre, el siguiente paso es, por lógica, la violencia física. No se trata de decir que todos los que adhieren a estas ideas son potenciales femicidas. Pero sí de entender que estos discursos generan condiciones de posibilidad. Que construyen subjetividades. Que moldean formas de ver y estar en el mundo.

ADEMÁS EN NEA HOY:

Falsas denuncias: el proyecto que busca castigar a las víctimas y desalentar la verdad

La Perla: los hallazgos que reafirman la violencia de género como parte del terrorismo de Estado