Hay una pregunta que cada vez más analistas, aliados y ciudadanos se hacen en voz alta: ¿para qué empezó Donald Trump esta guerra? La respuesta, cinco semanas después del inicio de la Operación Furia Épica, no aparece por ningún lado. Lo que sí aparece, con una claridad que incomoda, es la posibilidad de que el presidente de los Estados Unidos abandone el conflicto con Irán sin haber reabierto el Estrecho de Ormuz, sin un acuerdo nuclear, sin una salida diplomática sólida y con el precio del petróleo disparado en todo el planeta.
Según reveló The Wall Street Journal, Trump habría transmitido a sus asesores su disposición a cerrar la operación militar incluso si el estratégico paso marítimo continúa bajo control iraní. Una quinta parte del petróleo mundial transita por ese canal. Que el mandatario considere retirarse con ese nudo sin desatar no es una victoria estratégica: es una derrota envuelta en retórica.
El costo de una guerra sin arquitectura
El 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva conjunta, la Casa Blanca prometió resultados rápidos y contundentes. Cinco semanas después, el balance es otro. Irán derribó aviones militares estadounidenses —un F-15E y un A-10—, hundió helicópteros Black Hawk y mantiene bloqueado el estrecho con una determinación que desmiente cada discurso triunfalista de Trump. El mismo presidente que aseguró que las capacidades iraníes habían sido «completamente diezmadas» tuvo que reconocer, apenas 48 horas después, que Teherán usó «un nuevo sistema de defensa avanzado» para tumbar aeronaves norteamericanas.
Esa contradicción no es un detalle menor. Es el patrón de toda la campaña: anuncios grandilocuentes seguidos de realidades que los desmienten. Trump afirmó que la marina iraní «desapareció«, que su fuerza aérea fue «derrotada«, que sus misiles están «agotados«. Sin embargo, los ataques continúan, el estrecho permanece cerrado y el régimen de los ayatolás negocia desde una posición de fortaleza, no de rendición.
Ormuz: la palanca que Washington no supo prever
El error de cálculo más grave de esta aventura militar fue subestimar el poder de Ormuz como herramienta de presión. Irán no necesita ganar la guerra en el aire ni en el mar para ganarla en los hechos: le alcanza con mantener cerrado ese canal. Cada día que pasa, Teherán vende su petróleo más caro a quienes acepta y cobra peaje a los que quiere dejar pasar. Su posición negociadora mejora con el tiempo, no al revés.
Mientras tanto, el mundo absorbe el golpe. Australia advierte sobre escasez de combustible en zonas rurales. La FAO reporta que los precios internacionales de los alimentos subieron un 2,4% solo en marzo. Los mercados energéticos globales no reconocen fronteras ni exenciones: lo que ocurre en el Golfo Pérsico llega, tarde o temprano, a la góndola de cualquier supermercado en cualquier rincón del planeta.
Forzar la reapertura del estrecho, según fuentes del propio Pentágono citadas por el Wall Street Journal, implicaría extender la guerra entre cuatro y seis semanas más, con riesgo de ofensiva terrestre. Ese es el callejón en el que Trump metió al mundo entero: o más guerra o más crisis energética.
Ultimátums que nadie cumple
El estilo negociador de Trump siempre se basó en el ultimátum: plazos de dos semanas, amenazas de consecuencias devastadoras, presión máxima. El problema es que Irán aprendió a leer ese manual antes que nadie. Las advertencias de «48 horas«, «dos semanas» y «volvemos a la Edad de Piedra» se acumulan sin consecuencias reales, lo que vacía de credibilidad cada nueva amenaza. El régimen iraní rechazó todas las propuestas de alto el fuego calificándolas de «maximalistas e irracionales» y sigue dictando condiciones desde Teherán.
El resultado es un presidente que amenaza, fija plazos, los incumple y vuelve a amenazar. Un ciclo que no intimida a nadie pero sí desestabiliza los mercados y extiende el sufrimiento de las poblaciones civiles iraníes, que ya acumulan más de dos mil muertos y más de veintiséis mil heridos desde el inicio del conflicto.
La pregunta que quedará
Cuando esta guerra termine —y terminará, de alguna forma— quedará flotando una pregunta incómoda para la historia: ¿Qué se ganó? Trece soldados estadounidenses muertos, un presupuesto de defensa que trepó a cifras récord, los mercados energéticos globales sacudidos, el Estrecho de Ormuz con un nuevo estatus que Irán ya declaró permanente y un conflicto regional que se expandió a Israel, Líbano y Siria. Encender el fuego es fácil. El problema es cuando quien lo encendió decide irse antes de apagarlo, y el resto del mundo se queda mirando cómo arde.
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