Durante estas últimas semanas, el Congreso debatió y sancionó una serie de reformas que afectan directamente los derechos laborales y sociales de todos los argentinos, sin embargo, la conversación pública estuvo tomada por una palabra desconocida: therians. Lo que hasta hace poco era una subcultura confinada a nichos digitales se transformó, en cuestión de días, en tendencia, escándalo y ,según voceros conservadores, la evidencia de la “decadencia occidental”. La pregunta no es qué son los therians, sino por qué se volvieron tema central.
El tema de los therians mata 2 pájaros de un tiro para la ultraderecha: desviar el foco de atención sobre legislaciones esclavistas y, a la par, avanzar con la batalla cultural que exagera un fenómeno marginal, lo descontextualiza y lo convierte en una “amenaza moral” para descalificar cualquier identidad de género.
Qué son los therians y qué no son
El fenómeno therian no nació en TikTok ni es una extravagancia local. Surgió a fines de los años 90 en foros de Estados Unidos y Europa, donde algunas personas comenzaron a charlar acerca de la identificación simbólica o espiritual con animales no humanos. La propia comunidad aclara que no se consideran literalmente animales ni reclaman reconocimiento legal como tales. No hay plataforma política, ni demanda jurídica, ni pedido de modificación en documentos.
En su mayoría se trata de adolescentes y si bien muchos adoptan máscaras, colas o gestos animales como forma de expresión, no es algo necesario. Lo que fue durante años una práctica marginal que pasaba desapercibida entre los recovecos de internet, en el ecosistema algorítmico de hoy en día se vuelven virales.
Las redes sociales, las noticias, todo se alimenta del clics y las cosas que llaman la atención son explotadas por esa misma razón, por eso los therians fueron ideales para el contenido viral: la performance, el estilo y la polémica los hizo un espectáculo. Sin embargo, la cobertura mediática eligió el recorte más excéntrico: “jóvenes que creen ser animales”. No hubo interés en indagar en la dimensión psicológica o sociológica, ni en comprender cómo la cultura digital amplifica búsquedas juveniles. Se optó por la caricatura.

El laboratorio argentino y la fabricación del enemigo
Si bien nadie quiso quedarse afuera, los medios más conservadores impulsaron memes, infografías y artículos que patologizan el fenómeno. El encuadre de un medio oficialista habló de “trastorno mental”, “delirio identitario”, “agenda woke”, justamente porque ese razonamiento replica la matriz discursiva que ya utilizan contra la Educación Sexual Integral, el feminismo o las identidades trans.
Referentes libertarios describieron el fenómeno como resultado de “masas sin identidad” moldeadas por el progresismo, comparándolo explícitamente con las identidades de género reconocidas por la Ley 26.743 de Identidad de Género. En definitiva se pone en agenda que si la identidad puede ridiculizarse, entonces toda identidad no normativa puede presentarse como exageración.
El Diputado bonaerense Agustín Romo llegó a reclamar la prohibición de supuestas “escuelas therian”, pese a que no existe evidencia de instituciones formales con esa orientación. Es probable que Romo esté al tanto de esto, pero el pedido sirve para amplificar la indignación y señalar una amenaza inexistente.
LOCURA THERIAN: ¿Qué es esta nueva moda progre?
Estoy en vivo acá: https://t.co/QJSsx6ppDc
— Agustín Laje (@AgustinLaje) February 17, 2026
La importación del pánico y el antecedente estadounidense
La estrategia no es nueva ni original. En 2021 y 2022 circuló en Estados Unidos el bulo de que escuelas instalaban cajas de arena en los baños para estudiantes que “se identificaban como gatos”. La mentira fue promovida por figuras republicanas y amplificada por comunicadores y streamers. No existió jamás evidencia de tales políticas.
El rumor fue una ofensiva contra distintas políticas de género que molestaron a los conservadores: baños inclusivos, equipos deportivos acordes al género autopercibido, educación con perspectiva de diversidad. La mentira funcionó como dispositivo de pánico moral. Primero vino la exageración, después la indignación y finalmente, la ofensiva legislativa. Ese mismo esquema reaparece hoy en nuestra región y convierte a la identidad en un meme para erosionar derechos conquistados.
Identidad, poder y derechos
La Ley 26.743 de Identidad de Género reconoce un derecho tras décadas de lucha del colectivo trans: modificar nombre y género en el DNI sin requisitos patologizantes, acceder a salud integral y protección frente a la discriminación. Entonces, equiparar la experiencia therian con la identidad de género es una falacia deliberada para atacar la segunda. Si la identidad se presenta como delirio, entonces los derechos basados en ella pueden mostrarse como privilegios. La caricatura habilita el recorte presupuestario y la regresión normativa.
Ni hablar del momento donde se da esta discusión. Mientras se discuten reformas laborales regresivas y ajustes estructurales, la conversación pública se desplaza hacia adolescentes con máscaras. Las llamadas “batallas culturales” cumplen esa función: fragmentan, polarizan y desvían el foco.
En Argentina, las personas trans siguen enfrentando violencia, precarización y exclusión. Este tipo de acciones, que banalizan su lucha por los derechos adquiridos también es un tipo de violencia y ejerce una erosión simbólica a lo que representan. La operación therian es un capítulo más en la batalla cultural de la ultraderecha para que los problemas estructurales queden fuera de foco.
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