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Día Internacional del Síndrome de Asperger: entre la invisibilidad, el estigma y la violencia simbólica

Cada 18 de febrero se conmemora el Día Internacional del Síndrome de Asperger, una fecha para visibilizar esta condición dentro del espectro autista y reflexionar sobre la desinformación, la estigmatización y los discursos públicos que ponen en duda diagnósticos y profundizan la violencia hacia las personas con TEA y sus familias.
El 18 de febrero es el Día Internacional del Síndrome de Asperger. (Foto: Wikipedia)

Como todos los 18 de febrero se conmemora el Día Internacional del Síndrome de Asperger, una fecha para visibilizar esta condición y revisar cuánto sabemos acerca del tema. Aunque desde 2013 el Síndrome de Asperger se encuentra incluido dentro del Trastorno del Espectro Autista (TEA) en los manuales diagnósticos internacionales, la denominación continúa siendo utilizada socialmente para referirse a personas dentro del espectro que no presentan discapacidad intelectual y que, en muchos casos, tienen un desarrollo del lenguaje formalmente adecuado.

Según la Asociación Asperger Argentina, se trata de un trastorno del desarrollo caracterizado por “importantes dificultades en la interacción social y patrones de intereses y comportamiento restringidos y poco usuales”. Esto implica desafíos en la comprensión de normas sociales implícitas, dificultades para interpretar gestos, ironías o dobles sentidos, y una tendencia a intereses intensos y específicos. No se trata de falta de empatía ni de mala educación, simplemente se trata de una forma distinta de procesar el mundo.

Invisibilidad y estigmatización

Uno de los grandes problemas que enfrentan estas personas es la invisibilidad. “Las buenas habilidades en la comunicación oral, un cociente de inteligencia dentro de lo normal e incluso por encima de lo normal, y un estilo de vida solitario ocultan con frecuencia deficiencias significativas”, advierte el documento de la Asociación Asperger Argentina. Esa “normalidad aparente” suele jugar en contra, ya que el entorno tiende a interpretar las conductas desde la lógica de la voluntad: “es maleducado”, “es caprichoso”, “es raro”, “no quiere integrarse”.

De esta manera se interpreta como un problema de carácter algo que en verdad es una dificultad para adaptarse a situaciones sociales complejas. El castigo se vuelve doble, por un lado se ignoran las necesidades de apoyo y por otro, se castigan conductas que requieren comprensión. El mismo documento señala que los comportamientos desafiantes “no deben ser considerados como voluntarios o maliciosos”, sino como parte de la discapacidad y abordados con estrategias terapéuticas y educativas, no con castigos.

Hace pocos días, la periodista María Julia Oliván denunció públicamente el mal momento que vivió su hijo Antonio, de 9 años, en una sala de juegos de un shopping de Martínez. Antonio tiene TEA y maneja otros tiempos. Según relató su madre, los empleados del lugar lo apuraron para que se tirara por un tobogán, aun cuando no había otros niños esperando. “Un nene con autismo no es una amenaza”, reclamó Oliván, visiblemente cansada de tener que explicar una y otra vez que su hijo “no hace nada”, que no está generando un peligro, que simplemente necesita más tiempo.

El ataque a Ian Moche y la violencia simbólica

La desinformación no solo se expresa en espacios privados, también baja desde la política. En los últimos días, la Diputada Nacional Lilia Lemoine puso en duda públicamente la condición de Ian Moche, el niño de 12 años conocido por su activismo en defensa de los derechos de las personas con autismo. Lo calificó como “supuestamente autista” y acusó a su madre de “lucrar” con él. La respuesta de Ian fue más madura que la de la actitud de la adulta. Calificó los dichos como “muy feos” y “horribles”, y pidió que no ataquen a su familia. Su madre recordó que el diagnóstico fue realizado cuando tenía 2 años y medio, y que cuenta con Certificado Único de Discapacidad (CUD) desde el año 2020.

La Diputada redobló la apuesta con un tweet y dejó al descubierto un problema que muchos conocen: la banalización del diagnóstico y la sospecha permanente sobre las familias. Poner en duda públicamente la condición de un niño es una forma de violencia simbólica que refuerza la idea de que el autismo es algo que debe ser probado, exhibido o validado ante el tribunal de la opinión pública. Este accionar afecta directamente la vida de miles de familias. Si una figura pública sugiere que alguien “actúa” o que la madre “lucra”, el mensaje que se instala es que el diagnóstico es dudoso, exagerado o funcional a intereses ocultos. Se deslegitima la experiencia y se profundiza el estigma.

Más información, menos prejuicio

La Asociación Asperger Argentina remarca que cada niño es diferente y que los programas de intervención deben adaptarse a su perfil único de necesidades y fortalezas. No existen recetas universales ni “manuales mágicos”. También habla de la importancia del entrenamiento en habilidades sociales, la enseñanza explícita de normas implícitas y el acompañamiento sostenido en distintos entornos. Lo que para la mayoría de las personas se aprende de manera intuitiva, como interpretar un gesto, entender un chiste, saber cuándo intervenir en una conversación, puede requerir explicaciones claras y práctica repetida para alguien con TEA.

Sin embargo, nada de eso será suficiente si la sociedad no está dispuesta a revisar sus propias prácticas. No alcanza con el esfuerzo individual o familiar cuando el entorno continúa respondiendo con burla, sospecha o violencia. El Día Internacional del Síndrome de Asperger no debería reducirse a una publicación con fondo azul o a un mensaje bienintencionado en redes sociales, es una oportunidad para preguntarnos cómo reaccionamos ante lo diferente.

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