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Por qué Trump quiere Groenlandia: recursos, rutas comerciales y control del Ártico

Donald Trump insiste en anexar Groenlandia, desatando una crisis diplomática con Dinamarca y la OTAN. Detrás de la isla del Ártico se esconde una batalla por el control del comercio mundial, los recursos minerales y el futuro del cambio climático.
Fuente: Ambito

Cuando Donald Trump calificó a Groenlandia como «un enorme pedazo de hielo» en el Foro de Davos, estaba reduciendo deliberadamente la importancia de un territorio que podría convertirse en uno de los epicentros geopolíticos del siglo XXI. Esa masa helada de 2,16 millones de kilómetros cuadrados que acoge a apenas 56.000 habitantes —la mayoría de origen inuit— concentra hoy la atención de las grandes potencias mundiales por razones que van mucho más allá de la retórica expansionista del presidente estadounidense.

La crisis diplomática escaló rápidamente. Trump amenazó con usar la fuerza militar para tomar el control de este territorio autónomo danés, llegó a imponer aranceles del 10% a países europeos que se opusieran a sus planes y finalmente anunció un misterioso «marco de acuerdo» con la OTAN que nadie —ni siquiera el primer ministro groenlandés— conoce en detalle.

Más que minerales: una partida de ajedrez global

Aunque Trump ha restado importancia a los recursos naturales de Groenlandia, la isla alberga reservas incalculables de tierras raras, oro, uranio, zinc, petróleo y gas natural. La Unión Europea identificó 25 de los 34 minerales críticos de su lista en el subsuelo groenlandés, materiales esenciales para fabricar desde teléfonos móviles hasta armamento militar.

Sin embargo, la explotación minera enfrenta obstáculos formidables. Solo el 10% del territorio es habitable durante todo el año, carece de infraestructura básica como carreteras o red eléctrica, y las condiciones extremas —con seis meses de oscuridad en gran parte de la isla— hacen que cualquier proyecto requiera miles de millones de dólares y al menos 16 años para ser rentable. Actualmente operan apenas siete empresas mineras.

El verdadero interés estratégico radica en la posición geográfica de Groenlandia. La isla se sitúa sobre la brecha GIUK, el paso marítimo entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido que conecta el Ártico con el Atlántico. El cambio climático está derritiendo los hielos polares a un ritmo alarmante —Groenlandia perdió 105.000 toneladas métricas de hielo entre agosto de 2024 y 2025— abriendo nuevas rutas comerciales que podrían reducir los tiempos de navegación hasta 16 días.

La amenaza del Lejano Oriente

China y Rusia ya se adelantaron en esta carrera ártica. En octubre de 2025, el naviero chino Sea Legend Shipping completó su primera ruta ártica directa a Europa, transportando paneles solares y sistemas de almacenamiento de energía. Es la llamada Ruta de la Seda Polar, que conecta Asia, Europa y América a través del Ártico.

Rusia posee la única flota de buques rompehielos capaces de navegar estas aguas, y está colaborando activamente con China. Estados Unidos, consciente de haber llegado tarde a este tablero geopolítico, encargó a Finlandia la construcción de una flota de rompehielos para no depender de sus rivales.

«Estados Unidos necesita Groenlandia para su seguridad nacional«, repitió Trump tras la operación militar en Venezuela. Su administración considera que la isla es clave para construir el sistema de defensa antimisiles «Cúpula Dorada«, similar al israelí Cúpula de Hierro, y para contrarrestar la influencia china y rusa en el Hemisferio Norte.

Europa reacciona con cautela

La respuesta europea ha sido contradictoria. Por un lado, líderes de Francia, Alemania, Italia, Polonia, España y Reino Unido emitieron una declaración conjunta defendiendo que «Groenlandia pertenece a su pueblo» y que solo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir sobre su futuro. Por otro, acordaron reforzar la presencia militar en el Ártico mediante ejercicios como ‘Arctic Endurance’ y negocian la creación de un «Centinela Ártico» para aumentar la vigilancia naval.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha mantenido una posición firme: está dispuesta a negociar seguridad, inversiones y economía, pero no la soberanía. Advirtió que un ataque militar de Estados Unidos a un país de la OTAN significaría el fin de la alianza transatlántica.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte —criticado por sus constantes elogios a Trump, a quien llegó a llamar «papá«— anunció que trabaja en un acuerdo para garantizar que China y Rusia no obtengan acceso militar o económico a Groenlandia. La filtración de medios apunta a que se renegociará el pacto de defensa de 1951, que permite a Estados Unidos mantener tropas en la isla sin límite numérico.

El pueblo groenlandés, ausente de las negociaciones

Los 56.000 groenlandeses observan con preocupación cómo se decide su futuro sin su participación. Las encuestas muestran que el 85% rechaza formar parte de Estados Unidos. El primer ministro Jens-Frederik Nielsen denunció las «fantasías de anexión» de Trump y reclamó que cualquier conversación se realice «a través de los canales adecuados y respetando el derecho internacional«.

La ministra de Asuntos Exteriores groenlandesa, Vivian Motzfeldt, aclaró que su gobierno no pidió a Rutte que negociara en su nombre, sino que transmitiera directamente a Trump las «líneas rojas» del territorio.

Mientras la diplomacia busca soluciones, Groenlandia permanece en el centro de una tormenta geopolítica que no solo definirá el equilibrio de poder del siglo XXI, sino también el destino de un ecosistema único que regula el clima del planeta entero. Como advierte un antiguo proverbio inuit: «El día en que una huella no quede marcada en la nieve, significará que la tierra está herida de muerte«.

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