Donald Trump volvió a la Casa Blanca dispuesto a hacer todo lo que no había podido en su primer mandato y decidió, como decimos coloquialmente, meter quinta a fondo. Esta agresividad se puede sintetizar en su idea: Estados Unidos primero, el resto del mundo después. Pero para Latinoamérica, ese “después” suena demasiado a un pasado conocido. Las acciones recientes del Gobierno estadounidense en Venezuela, su reinterpretación brutal de la Doctrina Monroe y la personalización del poder bajo el sello de la llamada “Doctrina Donroe” arman un escenario extremadamente peligroso para toda la región. No se trata solo de Venezuela: lo que está en juego es la soberanía de cada país latinoamericano en su conjunto.
Doctrina Donroe
Según expertos, para Trump la Doctrina Monroe significa: “Hacemos lo que queremos en el hemisferio, porque nos pertenece”. No es que ese significado no fuera conocido para quienes lo han padecido, pero sorprende que se admita en voz alta. Ya no hay eufemismos, sino que hay una lógica de dominio directo, donde Latinoamérica vuelve (si es que alguna vez dejó de ser considerada así) a ser el patio trasero de EE.UU. Migración, narcotráfico y energía son los tres ejes que Trump utiliza para justificar una política de intervención selectiva, rápida y letal.
Pero la Doctrina Monroe no siempre fue la que conocemos, según el historiador estadounidense Alan McPherson, la doctrina que nació en 1823 fue pensada inicialmente para frenar la injerencia europea en las jóvenes repúblicas americanas. Sin embargo, con el tiempo fue mutando hasta convertirse en una herramienta de intervención directa. El punto de quiebre llegó con el Corolario Roosevelt, a comienzos del siglo XX, que legitimó ocupaciones militares en nombre del “orden”. Trump retoma esta tradición, la radicaliza y la personaliza.
— Trump War Room (@TrumpWarRoom) January 3, 2026
Venezuela y su petróleo
La Doctrina se hace ejemplo en la ofensiva militar contra Venezuela. A finales de agosto de 2025, Estados Unidos incrementó su presencia naval en el Caribe bajo el argumento del combate al narcotráfico. Luego vinieron las operaciones “quirúrgicas”: ataques a embarcaciones, bombardeos selectivos y, finalmente, el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y su esposa tras los bombardeos del 3 de enero de 2026. Naciones Unidas denunció ejecuciones extrajudiciales, investigaciones periodísticas revelaron que muchas de las víctimas eran pescadores o trabajadores pobres. Pero el relato oficial siguió intacto.
Pero Trump necesitaba evitar un “Vietnam 2.0”. Por eso descartó una invasión terrestre y optó por una estrategia de chantaje militar, sin declaración formal de guerra, presentada como una simple “extracción” de un mandatario al que definió como “narcoterrorista”. El problema es que esa narrativa se sostiene sobre bases falsas. El famoso Cártel de los Soles, utilizado durante años para justificar sanciones y ataques, fue desmentido por el propio Departamento de Justicia estadounidense, que terminó reescribiendo la acusación contra Maduro y eliminando la supuesta organización criminal. La mentira se cayó, pero el daño ya estaba hecho.
Detrás del discurso sobre drogas y seguridad se esconde la verdadera obsesión norteamericana: el petróleo. Venezuela posee las mayores reservas probadas del mundo y Trump nunca ocultó su ambición. “Nos quitaron nuestro petróleo, lo queremos de vuelta”, admitió (cómo es que los venezolanos le quitaron algo que está en su tierra, no se sabe). Su lema “perforar, perforar, perforar” no solo apunta a desregular la industria energética dentro de Estados Unidos, sino a garantizar el control directo de recursos estratégicos en el exterior, especialmente en un contexto de disputa con China por la influencia en Latinoamérica.
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El problema es para toda la región
Trump mató 2 pájaros de un tiro: se llevó el petróleo y dejó un mensaje para toda Latinoamérica. Si Estados Unidos puede secuestrar al presidente de un país soberano, bombardear instalaciones militares y anunciar que “gobernará” temporalmente una nación para garantizar una “transición segura”, ningún gobierno de la región está completamente a salvo.
En este contexto, la derecha latinoamericana queda en un offside incómodo. Muchos dirigentes que durante años justificaron o relativizaron el accionar de Trump en nombre de la “lucha contra el populismo” o el “combate al narcotráfico” hoy se encuentran defendiendo lo indefendible. En casa tenemos el ejemplo de Javier Milei, que se alineó desde el primer día con Washington y celebró el rol de Estados Unidos como gendarme regional. Incluso mantuvo en el registro de organizaciones terroristas al inexistente Cártel de los Soles, aun después de que la justicia estadounidense admitiera su falsedad.
Ese alineamiento automático dejó a la Argentina apoyando en foros internacionales una acción bélica cuestionada por organismos de derechos humanos y por el derecho internacional. El peligro no reside solo en Trump como figura, sino en la doctrina que deja instalada. Una América Latina vista como patio trasero, como reserva energética, como zona de control migratorio y policial. Una región donde la soberanía se vuelve negociable y la democracia, secundaria frente a los intereses estratégicos de Washington.
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