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Caburú: la fábrica social que convierte pelotas de fútbol en oportunidades laborales

Cuatro vecinos de barrios populares de Posadas fabrican pelotas artesanales para llevar deporte a las infancias más vulnerables. En un año produjeron 1500 unidades y consolidaron empleos genuinos en tiempos de crisis económica.
Caburu

Cuando Javier Marasco comenzó a pensar en cómo ayudar a los barrios populares de Posadas, no imaginaba que la respuesta vendría cosida a mano. Abogado de profesión y voluntario de la organización Techo desde hace más de once años, Marasco conoce de cerca las problemáticas que atraviesan estos territorios: comedores desbordados, adolescentes sin actividades, deserción escolar y consumos problemáticos que van en aumento.

La frase «nunca estamos mejor que ayer» resume el sentir cotidiano de los referentes barriales con quienes mantiene contacto permanente. Fue en 2024, en medio de ese escenario complicado, cuando junto a otros decidieron pasar de la reflexión a la acción concreta. Necesitaban una herramienta que incidiera directamente en las vidas de los vecinos, especialmente de los más jóvenes, y el deporte se presentó como el camino ideal.

 

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Del diagnóstico a la acción

La idea de Caburú nació de un cruce entre necesidad y posibilidad. Los referentes que organizan escuelitas de fútbol y otras actividades deportivas en los barrios populares se encontraban con una contradicción dolorosa: tenían todo el tiempo y el corazón para trabajar con los chicos, pero carecían de los materiales más básicos.

«El deporte es propositivo, tiene millones de valores de superación, compañerismo, equipo, responsabilidad«, explica Marasco sobre por qué eligieron esta herramienta. Pero para que funcionara, hacía falta resolver el problema de los insumos.

Por otro lado, durante su trabajo con Techo, Marasco había conocido experiencias similares en otras provincias. En Córdoba y Santa Fe, emprendimientos surgidos durante la pandemia fabricaban pelotas cocidas a mano como salida laboral. Vecinos que comenzaron arreglando pelotas en sus barrios descubrieron que podían fabricarlas desde cero y comercializarlas, generando así fábricas sociales que hoy se sostienen.

Los operarios Marcos Miño, Oriana Vallejos, Soledad Vallejos y Cesar Ortiz provienen de los barrios Manantial y Belén.

«Surgió de esa idea: algo que pudiera incidir en los barrios a través del deporte y que también diera empleo genuino a vecinos, trabajo estable«, resume Marasco. La convergencia de ambas problemáticas dio forma al proyecto: fabricar pelotas de calidad accesibles para los barrios populares, generando al mismo tiempo puestos de trabajo dignos.

Ocho meses de gestación

Lo que hoy es una fábrica social en funcionamiento demandó ocho meses de preparación intensiva. El equipo hizo inversiones propias y salió a buscar todo lo necesario para montar la estructura. Compraron materiales en Buenos Aires, adquirieron máquinas por Marketplace a un vendedor del Chaco, establecieron contacto con proveedores de distintos puntos del país.

«Fue todo un devenir, de una semillita a la planta«, recuerda Marasco, quien reconoce que el camino no fue sencillo para alguien ajeno al rubro. «Yo soy abogado, no sabía nada de fabricar pelotas. Si hoy te propongo hacer una fábrica de pelotas de fútbol, la pregunta es: ¿cómo? ¿Cuáles son las máquinas, qué cueros se usan? Tuvimos que aprender y resolver todos esos interrogantes de manera muy progresiva«.

Desde el inicio mantuvieron una premisa innegociable que funcionó como bandera del proyecto: los operarios debían ser vecinos de barrios populares. Así fue como sumaron a cuatro personas —dos varones y dos mujeres— de los barrios Manantiales y Belén, a quienes capacitaron en el oficio del cosido artesanal de pelotas.

Más que un trabajo: historias de vida

Para los operarios de Caburú, la fábrica representó un cambio significativo en sus vidas. Uno de ellos, albañil con problemas lumbares, había llegado a un punto límite: o seguía rompiendo su cuerpo en la construcción para sostener a su familia, o dejaba de trabajar y enfrentaba otro tipo de problemas. La fábrica le ofreció una tercera vía.

«Es una fábrica muy rústica, muy amena. Se puede trabajar parado o sentado, no demanda fuerza física. Eso fue un nicho para él, que le permitió seguir proveyendo a su familia sin necesidad de romperse el cuerpo«, cuenta Marasco. Los cuatro operarios lograron en este tiempo acceder a electrodomésticos y movilidad que antes no tenían, consolidando una mejor calidad de vida para sus familias.

El grupo lleva fabricadas 1500 pelotas para vender a organizaciones que trabajan en barrios populares de Posadas.

Esas historias personales son las que impulsan al equipo a seguir adelante. «Acá hay familias que están detrás de este proyecto, que ponen su empeño y que dependen de él. Eso nos impulsa a seguir buscando nuevos mercados, nuevos modelos de pelotas, a estar activos«, reflexiona Marasco.

Producción y comercialización

La producción arrancó a principios de 2025 y ya llevan fabricadas 1500 pelotas. Venden principalmente al por mayor a particulares y fundaciones, aunque también desarrollaron una línea de personalización para cumpleaños infantiles, donde estampan el nombre del cumpleañero en la pelota, dándole un sentido de regalería al producto.

Sus revendedores, fieles a la filosofía del proyecto, son también vecinos de barrios populares que encuentran en esta actividad una forma de generar ingresos. «Es todo muy rudimentario todavía, muy incipiente. Ellos salen a recorrer y ofrecen las pelotas como una changa«, admite Marasco.

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