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La realidad invisibilizada: relevamiento revela que solo el 15% de comedores de Posadas recibe ayuda nacional

Un estudio llevado adelante por la Red Alimendar y organizaciones sociales en barrios populares de Posadas desmonta con datos el discurso oficial que estigmatizó a los comedores comunitarios. La crisis agudiza la situación: de tres o cuatro veces por semana, muchos redujeron su asistencia a solo una vez, mientras la demanda no deja de crecer.
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En medio de la crisis social y los recortes de asistencia alimentaria, 54 comedores comunitarios sostienen la alimentación de miles de familias en los barrios populares de Posadas. Son espacios donde el 85% de quienes cocinan son mujeres, el 75% funciona directamente en las casas de las referentas, y donde la solidaridad se convierte en el último refugio de una comunidad cada vez más vulnerada. Estos datos surgen del primer relevamiento sistemático realizado por la Red Alimendar y el Observatorio de Datos Socioeconómicos, junto a Techo Argentina y otras organizaciones sociales. Se trata de un trabajo que comenzó en diciembre de 2023 y que hoy se vuelve fundamental para entender una realidad que el discurso oficial intentó ocultar.

Gionas Borboy, coordinador de la Red Alimendar, explica en entrevista a NEA HOY que el relevamiento surgió en 2023 cuando la entonces diputada nacional Saracho presentó un proyecto de ley para el reconocimiento salarial de cocineras comunitarias. «Este proyecto hablaba de reconocimiento salarial, jubilación, vacaciones, pensión para las cocineras que no recibían ningún tipo de salario por el trabajo de contención que hacen en los barrios«, detalla. Sin embargo, para acceder a ese reconocimiento había dos requisitos: que las cocineras estuvieran registradas en el RENACOM (Registro Nacional de Comedores y Merenderos) y que trabajaran en barrios registrados en el RENABAP (Registro Nacional de Barrios Populares).

El problema era evidente desde el principio. «Cuando le preguntamos a las cocineras sobre esto, ellas primero no sabían qué era el RENABAP. No tenían idea si estaban dentro o no de un barrio popular«, cuenta Borboy. La falta de información era total: algunas cocineras vivían al frente de barrios populares registrados, pero ellas no estaban dentro de ese registro. Otras ni siquiera sabían para qué servía el RENACOM. «Había muchas dudas, muchas inquietudes por ambas partes. Entonces quisimos darle ese marco, generar un relevamiento alineado a este proyecto para que cuando se pudiera tratar nuevamente ya hubiera una base de datos establecida desde acá«, explica el coordinador de Alimendar.

El proyecto de ley fue aprobado, pero con el cambio de gobierno quedó «encajonado». Lo que quedó fue el relevamiento, una herramienta que se volvería crucial para enfrentar la campaña de desprestigio que vendría después.

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Contrario a lo que dice el gobierno, solo el 15% de los comedores relevados reciben algún tipo de ayuda del gobierno nacional.

El mapa del hambre invisible

El primer relevamiento se desarrolló en la zona oeste de Posadas, en el cuadrado delimitado por las avenidas Quaranta, el arroyo Mártires y el río Paraná, abarcando desde el centro de Posadas hasta barrios como Villa Cabello, Manantiales, etc. La metodología fue artesanal pero efectiva: trabajando en relación a los barrios populares registrados, el equipo fue haciendo un «arrastre» de puerta en puerta preguntando por comedores y merenderos.

«El 75% en esta zona tienen comedores directamente en su casa. No es que tienen un espacio, muchas veces es su misma cocina. Cubren la alimentación de su familia y la alimentación de sus vecinos«, describe Borboy. Los números son contundentes: de los 54 comedores relevados, el 85% son gestionados por mujeres, y solo el 20% de ellas se autopercibe como «cocinera comunitaria» con esa identidad específica.

Pero el dato más revelador es el que desmiente el discurso oficial: solo el 15% de estos comedores recibe algún tipo de ayuda del gobierno nacional. Un 35% recibe apoyo de organizaciones, iglesias y fundaciones, otro 35% obtiene ayuda de provincia y municipalidad, y el resto funciona por autogestión. «Estamos hablando de alimentos. No estamos hablando ni de espacio ni de gas ni de nada. Solo los víveres, que a veces ni siquiera alcanzan«, aclara Borboy.

 

La estigmatización y los datos como respuesta

Entre febrero y marzo de 2024, después de que el relevamiento ya había comenzado, el gobierno nacional lanzó una campaña de deslegitimación hacia los comedores comunitarios. El mensaje oficial afirmaba que miles de comedores registrados en RENACOM estaban recibiendo alimentos o dinero del Estado, sugiriendo que muchos eran «falsos comedores».

«El relevamiento nos sirvió para plantarnos. Información mata cualquier chisme, cualquier boludez«, sostiene Borboy con convicción. «El gobierno nacional iba a decir que estos comedores que estaban en el RENACOM estaban recibiendo alimentos y no era así. Había comedores que estaban inscritos y después no siguieron trabajando, pero no implicaba que estuvieran recibiendo donaciones. Y aquellos que sí estaban funcionando y estaban inscritos en RENACOM no recibían ningún tipo de alimento por parte del gobierno nacional«.

Los datos del relevamiento sirvieron para opacar ese mensaje estigmatizante. En una ciudad como Posadas, donde la información concreta sobre la situación de los comedores era escasa, poder decir «en esta zona, en estos barrios populares está ocurriendo esto» con números verificables marcó la diferencia. La paradoja final llegó cuando el gobierno decidió eliminar el RENACOM: ya no existe una base de datos oficial sobre comedores comunitarios en Argentina.

Crisis en las ollas populares

La realidad actual de los comedores es dramática. La mayoría ha reducido su frecuencia de atención de tres o cuatro veces por semana a solo dos, y algunos a una única vez semanal. No es por decisión propia sino por necesidad: los alimentos no alcanzan. «No es que tienen que decirle a la gente ‘no vengas más’, pero sí decirle ‘mira, de tres o cuatro veces que cocinamos a la semana, lo hemos reducido a dos‘», explica Borboy.

El drama se agudiza porque la crisis hace que más gente necesite de los comedores, mientras los recortes hacen que llegue cada vez menos ayuda. «Antes recibían víveres para dos veces a la semana, pero siempre había una tercera vez que la propia persona brindaba de su propia comida, de su propio esfuerzo. Ahora tampoco esta persona puede brindar, está completamente limitada«, describe el coordinador de Alimendar.

Los comedores atienden mayoritariamente entre 60 y 80 familias cada uno, contabilizadas por grupo familiar. La población que más asiste son adolescentes, niños y adultos mayores. Muchas familias optan por retirar la comida en taper para comer en sus casas, una práctica que se potenció después de la pandemia y que continúa tanto por cuestiones de infraestructura de los comedores como por la preferencia de las familias de comer juntas en casa.

 

Más que ollas: redes de contención

Pero los comedores son mucho más que espacios donde se reparte comida. «No solamente generan el trabajo de dar de comer. Estos espacios velan por la gente de una manera integral«, remarca Borboy. Para que una persona pueda comer, no solo se necesitan frutas, verduras, carne y fideos: también aceite, gas, esponjitas, detergente. Y más allá de lo material, está el trabajo de contención social.

«Muchas de las cocineras hacen escucha, prevención de suicidio, tema de consumo. Son esos comedores a donde van cuando pasa algo: o voy a la comisaría o voy al comedor o voy a la casa del presidente del barrio«, describe. Las cocineras demandan capacitación en escucha activa, en protocolos ante situaciones de violencia, en cómo actuar frente al consumo problemático. Terminan siendo la primera línea de respuesta ante problemáticas que el Estado no atiende.

Las motivaciones de quienes sostienen estos espacios son diversas. «Sin duda es primero la necesidad del mismo referente, de su familia. Los comedores con los que trabajamos son personas que están comiendo de estos comedores también, sus hijos están comiendo de ahí«, explica Borboy. Pero hay algo más profundo: «Otra causa es el cariño y el afecto. No se sienten ajenas, son parte de la problemática del barrio. Hay chicos que realmente lo están pasando mal. Entrás por un interés de hacer bien las cosas y de repente te interiorizas y sos parte de eso, y no podés salir«.

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El 80 por ciento de las mujeres utilizan su casa para dar de comer a al menos 154 vecinos en emergencia alimentaria.

Para sostener los comedores, muchas referentas han desarrollado estrategias de autogestión. Desde Alimendar promueven que las frutas y verduras recuperadas tengan un destino comercial: hacer pan, chucru, mermelada. «Sostener un comedor conlleva la autogestión y la sostenibilidad. Una fruta tiene que ser transformada en una herramienta«, señala Borboy. Esto es porque, si bien a veces se cuenta con alimentos donados o provistos por el Estado, las cocineras deben afrontar los gastos en gas, electricidad, insumos de limpieza y demás costos que conlleva mantaner un comedor.

Un relevamiento que continúa

El trabajo de mapeo no se detiene. Después de haber abarcado las zonas 1, 2 y 3, ahora se continuará con tolo o que está del otro lado de la ruta. «Esta primera etapa nos llevó dos años. Ahora se viene lo más difícil: de Quaranta hasta los límites con Garupá y hasta el bypass«, anticipa Borboy. La estimación es que tomará entre dos y tres años completar el relevamiento de toda la periferia de Posadas, incluyendo barrios como Puerto Piray, La Olla y otros más alejados del centro.

El desafío es mayor porque todo depende del voluntariado. «Quisiéramos generar acciones para decir ‘en un año podemos terminar’, pero no podemos tener esa certeza porque estamos dependiendo de la voluntad de las personas que están relevando«, reconoce. Además, la realidad cambia constantemente: barrios que no estaban registrados en el RENABAP cuando comenzaron el relevamiento, hoy ya lo están. «Durante la pandemia nacen barrios populares en cuestión de seis meses. Y comedores en cuestión de un mes«, grafica.

La información recolectada es de acceso público y está abierta para que otras organizaciones y entidades puedan sumarse. «Cada organización tiene su propia mirada sobre lo que necesita informarse«, explica Borboy. Mientras Alimendar se enfoca en la parte alimentaria y logística, Techo aporta su experiencia en temas habitacionales. La idea es generar una gran mesa de trabajo donde distintos actores puedan colaborar desde sus especificidades.

Mientras el Estado retrocede en sus responsabilidades, son estas mujeres cocineras, estos espacios comunitarios, estas redes solidarias las que sostienen la vida en los barrios más vulnerables de Posadas. El relevamiento de Alimendar no solo aporta datos: visibiliza una realidad que muchos quisieron negar y documenta la resistencia silenciosa de quienes, en medio de la crisis, siguen poniendo la olla al fuego.

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