La intervención militar estadounidense en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero no fue un acto de liberación democrática. Fue el primer movimiento de una reconfiguración estratégica del orden energético global. Washington no derrocó el chavismo: lo domesticó. La vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió el gobierno interino mientras las mismas estructuras de poder permanecen intactas. El objetivo no era cambiar el sistema político venezolano, sino expulsar a China de las mayores reservas petroleras del planeta.
Venezuela posee más de 300 mil millones de barriles de crudo, superando incluso a Arabia Saudita. Debido a las posiciones ideológicas de Nicolas Maduro, China se convirtió en el principal comprador de ese petróleo, pagando en yuanes chinos en lugar de dólares. Este detalle, aparentemente técnico, representa una amenaza existencial para el poder estadounidense. El petrodólar no es solo una convención comercial: es el pilar que sostiene la hegemonía financiera de Washington. Cada barril que se comercia fuera del dólar erosiona esa dominación.
El golpe no fue a Venezuela, sino a China
Los analistas internacionales coinciden en que el ataque a Venezuela debe leerse como parte de un patrón más amplio. La operación no apunta a establecer democracia en Caracas, sino a cortar el flujo de petróleo venezolano hacia Beijing y forzar su retorno al sistema del dólar.
La presión de Marco Rubio sobre el gobierno interino venezolano para expulsar asesores chinos, rusos, iraníes y cubanos confirma esta lectura. Washington no exige elecciones libres ni reformas institucionales profundas. Exige control geopolítico: que Venezuela abandone su alianza con los rivales estratégicos de Estados Unidos y reabra su industria petrolera a empresas norteamericanas.
Para China, perder acceso al crudo venezolano representa un golpe severo. Beijing había apostado fuerte en Caracas: desde la llegada de Hugo Chávez al poder, prestó cerca de 59 mil millones de dólares garantizados con envíos futuros de petróleo. Esa inversión acaba de evaporarse. Venezuela se convirtió en el mayor proveedor de crudo de China, y ahora ese grifo está bajo control estadounidense.
La respuesta china no se hizo esperar. Esta semana, Beijing realizó ejercicios militares conjuntos con Irán y Rusia en el Golfo de Omán y el puerto iraní de Chabahar. Más de diez buques de guerra, destructores, fragatas y fuerzas especiales participaron en maniobras que incluyen fuego real y control de embarcaciones. El mensaje es transparente: si Estados Unidos cierra Venezuela, China profundizará su alianza con Irán.
Irán se convierte así en el segundo pilar externo de la seguridad energética china. El estrecho de Hormuz, donde se realizan estos ejercicios militares, es la vía por donde transita el 20% del petróleo mundial. Controlar esa ruta es controlar el pulso energético del planeta.
Washington entiende perfectamente esta dinámica, por eso, apenas días después de capturar a Maduro, Donald Trump amenazó con acción militar contra Irán, aprovechando las protestas internas por la crisis económica y la depreciación del rial. China respondió de inmediato rechazando cualquier «interferencia externa» en Teherán y respaldando la estabilidad del régimen iraní.
La escalada no es casual. Estados Unidos está ejecutando una estrategia de presión simultánea sobre los dos principales proveedores de petróleo de China. Si Venezuela cae bajo influencia estadounidense e Irán colapsa o se alinea con Occidente, Beijing quedaría energéticamente estrangulado.
La operación en Venezuela costó al menos 80 vidas, incluyendo civiles y 32 combatientes cubanos que custodiaban a Maduro. Cerca de 200 militares estadounidenses participaron en la incursión, con apoyo de más de 150 aeronaves. Fue una demostración de fuerza diseñada no solo para Caracas, sino para Beijing y Teherán. El mensaje: Estados Unidos actuará fuera de sus fronteras, sin autorización del Congreso, cuando considere que sus intereses estratégicos están amenazados.
Los petrodólares
Lo que está en juego no es solo una cuestión energética sino también monetaria. Cada vez que China paga en yuanes por crudo venezolano o iraní, debilita el sistema del petrodólar que permite a Washington financiar déficits gigantescos pateando sus consecuencias inflacionarias hacia otros países. Pero el trato con Arabia Saudita para vender el petróleo solo en dólares expiró, y por ello junto a China amenazaba el control monetario de Estados Unidos utilizando otras monedas y hasta aliándose con Rusia para generar una nueva divisa global en su alianza con los BRICS.
La partida de ajedrez geopolítico apenas comienza. China firmó un Tratado de Asociación Estratégica con Irán por diez años en 2025. Rusia profundiza su cooperación militar con Teherán. La alianza tripartita ensaya en el Golfo Pérsico escenarios de confrontación. Mientras tanto, Washington presiona en Venezuela, amenaza en Irán y reafirma su control sobre el hemisferio occidental.
La captura de Maduro no fue el final de una historia: fue la apertura de un nuevo capítulo donde el control de los recursos energéticos define quién será la potencia dominante del siglo XXI. Venezuela fue solo el primer movimiento. Irán podría ser el siguiente.
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