Los resultados de las elecciones presidenciales del domingo en Chile dejaron en evidencia una paradoja que define el momento político del país: la candidata del oficialismo ganó la primera vuelta, pero todo indica que perderá la segunda. Jeanette Jara, militante del Partido Comunista y ex ministra de Trabajo del gobierno de Gabriel Boric, se impuso con el 26,8% de los votos, seguida por José Antonio Kast con el 23,9%. Sin embargo, la aritmética electoral y el clima político favorecen abrumadoramente al líder del Partido Republicano.
La clave del panorama está en lo que ocurrió inmediatamente después del cierre de las urnas. Tanto Johannes Kaiser, el candidato ultra que obtuvo el 13,9%, como Evelyn Matthei, representante de la centroderecha con 12,4%, se trasladaron al comando de Kast para anunciar su respaldo. En cuestión de horas, la derecha chilena había consolidado un bloque unificado que supera ampliamente el tercio de votos que consiguió Jara.
El escenario se completa con Franco Parisi, el outsider que volvió a sorprender al quedar tercero con casi el 20% de los sufragios. Este economista, líder del Partido de la Gente, representa la desafección más profunda del electorado chileno con la clase política tradicional. En la elección anterior, la mayoría de sus votantes terminó inclinándose por Boric, pero esta vez el contexto es radicalmente diferente.

El resurgir de Kast y el colapso de las expectativas
José Antonio Kast había perdido en 2021 frente a Gabriel Boric, y muchos analistas pensaban que su figura estaba en declive. Sin embargo, el líder ultraconservador no solo mantuvo su vigencia sino que logró algo más valioso: convertir a su Partido Republicano en la bancada más grande del Congreso y consolidarse como el eje gravitacional de toda la derecha chilena.
Su estrategia fue clara y disciplinada. Mientras el gobierno de Boric enfrentaba crecientes problemas de seguridad, aumentos en la migración irregular y una percepción ciudadana de descontrol, Kast se presentó como el candidato del orden. Abandonó sus banderas más controversiales —la oposición total al aborto o a la «ideología de género»— y concentró su discurso en seguridad y migración. Se proyectó como un sheriff en un momento en que el país demanda mano dura.
Los números le dan la razón. Chile experimentó un aumento significativo en la victimización durante los últimos años, impulsado por casos de alto impacto mediático relacionados con bandas extranjeras. La brecha entre el delito real y su percepción se ensanchó dramáticamente, creando un terreno fértil para el discurso securitista de la derecha.
Ver esta publicación en Instagram
El desgaste del proyecto progresista
Para entender la debacle de la izquierda hay que remontarse al 4 de septiembre de 2022, cuando el plebiscito constitucional naufragó estrepitosamente. Aquella noche se sepultaron las esperanzas de cambio estructural que había despertado el estallido social de 2019. Desde entonces, el gobierno de Boric navegó en medio de un Congreso hostil y un clima de opinión adverso.
El triunfo de Jara en las primarias del oficialismo había generado un breve entusiasmo, pero su resultado del domingo —incapaz siquiera de alcanzar el 30% de aprobación que mantiene Boric— confirmó la magnitud del problema. La izquierda perdió la narrativa del cambio, las calles se vaciaron de movilización social y el miedo reemplazó a la esperanza como emoción política dominante.
Además, Jara carga con un doble lastre: la gestión cuestionada del gobierno saliente y su militancia comunista, un tabú electoral que persiste en amplios sectores de la sociedad chilena a pesar de las históricas demostraciones de apego institucional del PC.
Ver esta publicación en Instagram
El factor Parisi y el voto obligatorio
Franco Parisi es el enigma de esta elección. Su discurso antipolítica y su arraigo en las regiones mineras del norte lo conectan con un Chile que se siente ajeno a las élites de Santiago. Duplicó su votación respecto a 2021 y ahora sus votos pueden definir la elección. Sin embargo, la izquierda no puede hacerse ilusiones. El clima de oposición al gobierno, sumado al perfil más conservador de los votantes de Parisi en temas de seguridad y migración, hace difícil imaginar una transferencia masiva hacia Jara.
Hay otro factor estructural que explica estos resultados: el voto obligatorio, implementado en 2022, trajo a las urnas casi seis millones de votantes nuevos, principalmente jóvenes de sectores populares. Este universo demostró ser mucho más conservador y desencantado de lo que muchos analistas esperaban, beneficiando tanto a Kast como a Parisi.
Los resultados del domingo retratan un país profundamente fragmentado y desencantado. La crisis de representación que detonó el estallido social no se resolvió con el gobierno progresista; simplemente mutó. Ahora la demanda ciudadana se inclina hacia el autoritarismo light que promete Kast: orden, seguridad y control migratorio.
Si Kast gana el balotaje, como indican todos los pronósticos, Chile completará un péndulo político vertiginoso en apenas cuatro años: del estallido social a la nueva Constitución rechazada, de la elección de Boric al retorno de un discípulo confeso del pinochetismo. La pregunta que queda flotando es ¿cómo se gobierna este país dividido, desconfiado y en permanente estado de frustración?
ADEMÁS EN NEA HOY:
Chile suspendió la importación de carne argentina tras una desregulación del Gobierno










