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Miércoles 17 de julio de 2024
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La “Conquista del desierto” y la oligarquía terrateniente en Argentina

La conquista fue un proceso de exterminio indígena y anexión de territorios de la pampa, la Patagonia y el gran chaco llevadas adelante por Julio Argentino Roca. La campaña tuvo como resultado una mayor concentración de las tierras productivas y el crecimiento de la desigualdad en el país.

La conquista fue un proceso de exterminio indígena y anexión de territorios de la pampa, la Patagonia y el gran chaco llevadas adelante por Julio Argentino Roca. La campaña tuvo como resultado una mayor concentración de las tierras productivas y el crecimiento de la desigualdad en el país.

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Antes de la mal denominada “conquista del desierto”, Argentina era más pequeña de lo que es hoy. Tenía nueve provincias y, si bien reclamaba a Chile la posesión de las tierras del sur, su dominio no iba más allá de los límites de Bahía Blanca, los límites de la provincia de Córdoba y las capitales de San Luis y Mendoza.

Lo mismo pasaba en el norte. El territorio donde hoy se encuentran las provincias de Formosa, Chaco, el oeste de Salta y norte de Santiago del Estero era territorio indígena y no se tenía soberanía alguna sobre él.

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El control y la soberanía sobre ambos territorios había sido por mucho tiempo cuestión de debate e inquietudes tanto en los salones de gobierno como en las cúpulas aristocráticas estancieras, que veían en esas tierras la potencialidad de ampliar sus márgenes de ganancia y finalmente consolidarse como burguesía nacional.

Antes de la conquista del desierto los territorios de la Patagonia y parte de la región pampeana no estaban bajo el control de la nación.

 

 

El PAN y la oligarquía nacional

En 1974 asume la presidencia Nicolás Avellaneda por el Partido Autonomista Nacional (PAN), fundado un año antes junto a Adolfo Alsina, quien fuera vicepresidente durante la gestión de Domingo Faustino Sarmiento.

El partido reunía el apoyo de la oligarquía de Buenos Aires, bajo la promesa de que se expandiría la frontera de la provincia y les otorgaría más tierras para producir y exportar.

La idea era fortalecer la defensa del territorio e ir avanzando lentamente mezclando el avance militar con la incorporación de los indígenas a la civilización occidental. Esto, sin embargo, impacientó a la oligarquía, a quienes no les gustaba la “moderación” con la que Alsina resolvía el problema de la frontera y reclamaba medidas más rápidas en retribución por el apoyo otorgado al partido.

Dentro de la política, uno de sus mayores críticos de la “Zanja de Alsina” fue el militar tucumano Julio Argentino Roca, quien entonces era comandante en jefe de las fronteras de Córdoba, San Luis y Mendoza. Públicamente, Roca tildaba de disparate y declaraba que la única solución era el ataque frontal y exterminio total de las poblaciones de la Patagonia.

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Alsina estableció una extensa línea defensiva en la frontera de la provincia de Buenos Aires.

Estamos como nación empeñados en una contienda de razas en que el indígena lleva sobre sí el tremendo anatema de su desaparición, escrito en nombre de la civilización” declaraba Roca, “Destruyamos, pues, moralmente esa raza, aniquilemos sus resortes y organización política, desaparezca su orden de tribus y si es necesario divídase la familia. Esta raza quebrada y dispersa, acabará por abrazar la causa de la civilización“.

El pensamiento de Roca expresaba el racismo imperante en la época y generaba una interna dentro del propio PAN, obteniendo el apoyo de la oligarquía ansiosa porque se avanzará en el exterminio de los pueblos originarios y obtener más tierras productivas para incrementar sus fortunas

Roca y la campaña

Fue así que, al morir Alsina en 1877, Avellaneda nombró a Roca en su lugar, sancionando un año después una ley que autorizaba una inversión de 1.600.000 pesos para sufragar los gastos de la conquista del desierto.

Roca lanzó la invasión en 1878, avanzando en una primera campaña sobre el interior de la Pampa y entrando en la Patagonia. La diferencia tecnológica era tan grande que muchos historiadores acuerdan en no definir el proceso como una guerra entre razas sino como un proceso de exterminio.

Los primeros resultados de ésta campaña fueron la expansión territorial de las provincias de Córdoba, Buenos Aires y Mendoza bajo el exterminio y captura de miles y miles de hombres, mujeres, niños y ancianos de pueblos originarios

Encerrados en reservas o evangelizados en contra de su propia voluntad, muchos de los sobrevivientes fueron vendidos como mano de obra esclava, a pesar de que a Constitución, que desde 1853/1860 había prohibido la esclavitud en su art. 15.

Miles de hombres, mujeres, niños y ancianos de pueblos originarios fueron vendidos como mano de obra esclava.

Un proceso parecido se dio en el Chaco, al norte del país. Si bien por su geografía la conquista requirió de un proceso más arduo y prolongado de anexión y expolio, los resultados no fueron menos violentos, con miles de personas de pueblos originarios despojados de sus tierras, muertos, encerrados, esclavizados o “aculturados.

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Los resultados llenaron de honores y prestigios a Roca, quien se alzaría como presidente en 1880 y repetiría la campaña en 1984 para tomar lo que quedaba de la Patagonia y seguir repartiendo las tierras entre la oligarquía que lo apoyaba.

La oligarquía y el daño a la matriz productiva

La “conquista del desierto” cumplió con dos objetivos principales, la de afianzar la burguesía nacional y consolidar el poder militar. Entre 1976 y 1903, un lapso de solo 27 años el estado regaló o vendió a precios simbólicos casi 42 millones de hectáreas a terratenientes, en su mayoría vinculados por lazos familiares a miembros de cada gobierno.

El reparto desigual de tierras después de la conquista promovió la concentración y el enriquecimiento de la oligarquía nacional.

De acuerdo a la ley, las tierras fiscales debían ser destinadas a los inmigrantes que llegaban de Europa para el establecimiento de colonias y pequeños productores. Sin embargo, las tierras despojadas a indígenas fueron repartidas de manera arbitraria a los terratenientes de la oligarquía nacional, impidiendo además la diversificación de la producción en el país

Fue allí que comenzaron los problemas de concentración de tierras en Argentina y el daño a la matriz productiva. El reparto fue tan desigual que después de la conquista del desierto, 67 familias pasaron a ser dueñas de 6 millones de hectáreas. Este proceso se profundizó tanto que para 1920, 50 familias eran propietarias de más de 4 millones de hectáreas en la provincia de Buenos Aires.

La concentración de tierras que promovió el enriquecimiento de unas pocas familias y cercenó el progreso de la mayoría de los nuevos inmigrantes que comenzaban a poblar el territorio, generó las bases para las sucesivas crisis que sufriría el país en el siglo XX.

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