Hoy en día podemos describir una serie de experiencias que, lastimosamente, se hicieron casi universales. Un celular que hasta hace poco funcionaba sin problemas comienza a ponerse lento. La batería le dura cada vez menos. Algunas aplicaciones dejaron de ser compatibles. Y lo peor, llevarlo a arreglar cuesta más que comprar uno nuevo así que parece inevitable tener que cambiar de equipo.
Pero no siempre se trata del desgaste natural de un producto. Detrás de muchas de estas situaciones existe una estrategia empresarial conocida como obsolescencia programada. Se trata de una práctica mediante la cual los fabricantes diseñan deliberadamente sus productos para que tengan una vida útil limitada o para que, aun funcionando, el consumidor sienta la necesidad de reemplazarlos. Aunque suele asociarse exclusivamente a la tecnología, la obsolescencia programada atraviesa múltiples industrias y hoy representa uno de los mayores desafíos ambientales y de consumo del mundo. En Argentina, además, sus consecuencias son visibles: el país ya es el tercer mayor generador de residuos electrónicos de América Latina.

Productos diseñados para durar menos
La idea de fabricar productos con una fecha de vencimiento implícita no nació con los celulares. Uno de los antecedentes más recordados ocurrió hace un siglo con el llamado Cártel Phoebus, una alianza integrada por fabricantes de lámparas como Osram, Philips y General Electric. Durante décadas se sospechaba que estas compañías habían acordado reducir artificialmente la vida útil de las bombitas eléctricas. Más tarde se encontraron documentos confirmando que el objetivo era bajar su duración de unas 2.500 horas a apenas 1.000. Porque mientras más rápido se quemaba una lamparita, más rápido tenían que comprar otra
Esa decisión marcó un antes y un después. Inauguró una nueva lógica empresarial basada en acelerar el consumo y sentó las bases de una estrategia que continúa vigente, aunque con métodos mucho más sofisticados. En la década de 1950, el diseñador industrial Brooks Stevens terminó de conceptualizar esta filosofía al definir la obsolescencia programada como la práctica de «inculcar en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario». Más de 70 años más tarde, la definición le queda como anillo al dedo al mercado tecnológico
Cómo hacen las empresas para que un producto quede viejo
La obsolescencia programada no responde a un único mecanismo. Las empresas utilizan distintas estrategias para acortar la vida útil de sus productos o volverlos poco atractivos para el consumidor. Una de las formas más frecuentes es la obsolescencia por calidad. En estos casos, los dispositivos se fabrican con materiales cuya duración ya fue calculada. Por ejemplo, baterías selladas que pierden capacidad, piezas de plástico que se rompen con facilidad o componentes que son difíciles de reemplazar.
También existe la obsolescencia por incompatibilidad. El producto sigue funcionando físicamente, pero deja de recibir actualizaciones de software. Con el tiempo, aplicaciones y sistemas operativos dejan de ser compatibles, obligando al usuario a cambiar un equipo que todavía podría seguir utilizándose. Otra estrategia consiste en dificultar los arreglos. Muchos dispositivos llegan completamente sellados, utilizan tornillos especiales o requieren herramientas exclusivas del fabricante para ser abiertos. A eso se suma la escasez de repuestos oficiales o precios tan altos que arreglarlo termina siendo inviable.
Finalmente aparece la obsolescencia psicológica, probablemente la más efectiva desde el punto de vista comercial. El producto funciona correctamente, pero el lanzamiento permanente de nuevos modelos instala la sensación de que el dispositivo actual quedó desactualizado. Cambian el diseño, agregan pequeñas funciones o presentan una estética renovada que convierte al equipo anterior en sinónimo de atraso. Esto no termina en los celulares. Las impresoras con cartuchos que dejan de funcionar antes de agotarse, automóviles cuyos repuestos desaparecen pocos años después de su lanzamiento, electrodomésticos difíciles de reparar e incluso libros escolares que cambian mínimamente cada año para impedir su reutilización forman parte de una misma lógica de consumo.

Apple y otros casos que llegaron a la Justicia
Durante años la obsolescencia programada era una sospecha o una “conspiranoia”. Pero, empezaron a aparecer distintas investigaciones judiciales que terminaron de demostrar que algunas empresas estaban aplicando efectivamente esta práctica. En 2018, autoridades italianas sancionaron tanto a Apple como a Samsung por aplicar actualizaciones de software que ralentizaban modelos anteriores de teléfonos inteligentes, incentivando indirectamente la compra de dispositivos nuevos.
Ese mismo año, en Francia, Apple también recibió una importante sanción económica luego de que la empresa reconociera que determinadas actualizaciones reducían el rendimiento de equipos antiguos. La compañía sostuvo que el objetivo era preservar las baterías y evitar apagados inesperados, aunque el episodio abrió un debate mundial sobre los límites entre una actualización técnica y una estrategia comercial.
Las impresoras también protagonizaron denuncias. Diversos fabricantes fueron investigados por utilizar chips que bloqueaban cartuchos de tinta aun cuando todavía contenían producto suficiente para seguir imprimiendo, obligando al consumidor a comprar uno nuevo. Ni hablar de la cantidad de desperdicio que genera esta estrategia. Argentina produjo más de 500.000 toneladas de residuos electrónicos durante 2022, lo que la convierte en el tercer mayor generador de basura electrónica de América Latina.
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