Hace algo mas de dos años, un 1 de marzo de 2024, en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, Javier Milei anunció un «nuevo contrato social» al que bautizó Pacto de Mayo. La convocatoria original era para el 25 de mayo, en Córdoba, evocando el aniversario de la Revolución de 1810 y el primer Gobierno patrio. Para habilitar la firma el propio gobierno había fijado condiciones: la aprobación de la Ley de Bases y el paquete fiscal. Pero el Senado trabó las acciones y el acto se postergó.
El Gobierno no necesitaba una fecha patria específica. Necesitaba cualquier fecha patria. Alguna que sirviera para investir el pacto de un aura fundacional. Mayo o julio, 1810 o 1816, lo importante no era la fecha sino su valor simbólico.
Recién el 20 de junio, con la ley ya aprobada, Milei citó a los gobernadores para el 9 de julio en la Casa Histórica de Tucumán, el lugar donde en 1816 se firmó la Declaración de la Independencia. Y se siguió llamando «Pacto de Mayo» a pesar del cambio de fecha y de efeméride y esa persistencia -más allá de lo anecdótico- resulta reveladora.
La exactitud de las fechas es el pilar de la investigación histórica. Sin precisión temporal la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en relato de ficción.

En el discurso de esa madrugada Milei no disimuló la intención: equiparó explícitamente la firma del acta de 2024 con la de 1816, hablando de un «nuevo orden» para el país en directa continuidad con la gesta independentista. La elección no fue casual: fue batalla cultural en estado puro.
El término Nuevo Orden fue popularizado por el presidente estadounidense Woodrow Wilson a partir de sus «Catorce Puntos», presentados ante el Congreso en 1918, con los que buscaba fundar una diplomacia abierta y crear la Sociedad de Naciones sobre la cooperación internacional. Pero es el Neuordnung de Adolf Hitler el que se impone como su versión más siniestra: la destrucción del equilibrio surgido de Versalles para imponer un orden totalitario organizado en grandes áreas de influencia bajo imperios raciales. Tras la Segunda Guerra Mundial el concepto volvió a transformarse y pasó a asociarse al orden bipolar de la Guerra Fría y a la creación de instituciones como el FMI y el Banco Mundial. Más tarde, George H. W. Bush retomó la expresión para definir un escenario internacional con Estados Unidos como única superpotencia.
En su versión más reciente, el Nuevo Orden Mundial designa, para ciertos discursos, un supuesto proyecto de élites globales orientado a diluir las soberanías nacionales en favor de un poder concentrado y tecnocrático. Pero el nuevo orden que inauguraba Milei en Tucumán era más local y concreto. Los diez puntos del Pacto de Mayo plantean una «nueva Independencia»: ya no de la Corona española, sino del Estado, del gasto público y de décadas de políticas redistributivas. Las «rotas cadenas» pasan a representarse, ahora, en el equilibrio fiscal.

El concepto -de raíz gramsciana reapropiado por la derecha global a través de referentes como Steve Bannon o la Nouvelle Droite francesa y popularizado en Argentina por Agustín Laje- sostiene que el poder no se conquista solo en las urnas o en la economía, sino disputando el sentido común de una sociedad: qué se celebra, a quién se admira, qué palabras se usan y cuáles se evitan.
Bajo esa lógica, instalarse en la Casa Histórica de Tucumán un 9 de julio no es un detalle protocolar: es una usurpación simbólica. Presentar un programa de ajuste fiscal y desregulación económica como continuación directa de la gesta de 1816 busca trasladar la legitimidad emocional de la independencia a un proyecto político contemporáneo y, de paso, dejar afuera -como «anacrónicos» o «estatistas»– a quienes disienten. Milei lo dijo sin rodeos al agradecer a «quienes tuvieron la generosidad de acudir a esta convocatoria», contrastándolos con los dirigentes que no asistieron por «anteponer sus anteojeras ideológicas».
Pero el debate de 1816 no lo inicia Milei. Es, desde hace más de un siglo, un campo de batalla historiográfico entre la corriente liberal-mitrista y el Revisionismo Histórico.
El revisionismo plantea que la historia «oficial» -esa que puso a Mitre en el centro y dejó a los próceres porteños y unitarios como los únicos protagonistas- la escribieron los que ganaron las guerras civiles del siglo XIX. El objetivo era claro: validar el modelo de la Argentina liberal y agroexportadora. Mitre no fue un relator neutral, sino un actor político que armó el relato nacional a la medida del país que él mismo quería construir.

Por su parte, el historiador Pacho O’Donnell sostiene que la verdadera primera declaración de independencia fue en 1815, en Concepción del Uruguay. Fue un proyecto federal y popular liderado por José Gervasio Artigas y la Liga de los Pueblos Libres, una experiencia que la corriente liberal prefirió callar porque resultaba incómoda. Así el revisionismo rescata al caudillo oriental como el auténtico referente de un proyecto social y federal que se oponía al centralismo porteño que terminó ganando.
Pareciera que Milei coincide con el revisionismo en algo esencial: entiende que disputar el pasado es disputar el presente. Convierte a 1816 en prólogo de un programa libertario; aunque la declaración de la independencia haya sido la legitimadora de los planes continentales de San Martín o una construcción hecha por y para una élite porteña y liberal o cualquier otra visión histórica. Todo argumento carece de importancia. Lo esencial es la apropiación de una efeméride que históricamente le pertenece al adversario ideológico que dice combatir.
El Pacto de Mayo firmado en julio no es la excepción: es el ejemplo más reciente y más elocuente de que en Argentina la batalla cultural también se libra -y quizás, y sobre todo- en el terreno de la memoria fundacional.
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