El crédito al consumo volvió a mostrar señales de debilidad y cerró el primer semestre del año sin crecimiento. De acuerdo con el último Informe Monetario del Banco Central (BCRA), en junio los préstamos destinados a las familias registraron una caída del 0,8% mensual en términos reales y desestacionalizados, mientras que el acumulado del semestre finalizó con una variación del 0% respecto a diciembre de 2025.
El dato refleja un freno en una herramienta que había sido determinante para sostener parte de la recuperación económica registrada entre mediados de 2024 y mediados de 2025. Sin embargo, el escenario cambió en los últimos meses como consecuencia del endurecimiento de las condiciones financieras, el incremento de las tasas de interés y el deterioro de los ingresos de los hogares.
Uno de los principales obstáculos para que el crédito vuelva a crecer es el fuerte incremento de la morosidad. Actualmente, el nivel de incumplimiento en los préstamos otorgados a las familias alcanza el 12,7%, muy por encima del 2,5% registrado a fines de 2024.

Este aumento obliga a las entidades financieras a mantener elevadas las tasas de interés para cubrir el mayor riesgo, lo que reduce aún más la demanda de financiamiento. La consultora Invecq describió este fenómeno como un «círculo vicioso»: la elevada morosidad impide una baja significativa en las tasas, mientras que los costos financieros elevados desalientan la toma de nuevos créditos, dificultando la expansión del financiamiento al consumo.
El comportamiento del crédito también está condicionado por la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores. Según datos del INDEC, el salario real de los trabajadores registrados continúa ubicándose 8,4% por debajo del nivel de noviembre de 2023, mientras que el empleo formal muestra señales de debilitamiento.
A esto se suma el impacto de los incrementos tarifarios y de otros servicios, que reducen el ingreso disponible de las familias y limitan su capacidad tanto para consumir como para afrontar nuevas obligaciones financieras. En ese contexto, numerosos hogares optan por restringir gastos antes que asumir nuevas deudas, lo que repercute directamente sobre la demanda de préstamos personales y créditos para consumo.

Lejos de consolidarse, la recuperación económica continúa mostrando profundas desigualdades entre los distintos sectores. Mientras el agro, la energía y las finanzas concentran buena parte del crecimiento y de las inversiones, las actividades vinculadas al consumo masivo, el comercio, la industria y la construcción siguen sin encontrar un punto de inflexión. El resultado es una economía que genera divisas, pero que no logra traducir ese desempeño en más empleo, mejores salarios ni mayor capacidad de consumo para la mayoría de la población.
En ese contexto, el estancamiento del crédito deja de ser un problema exclusivamente financiero y se convierte en un síntoma del deterioro del mercado interno. Con tasas elevadas, salarios que continúan perdiendo frente a la inflación y familias cada vez más endeudadas, el financiamiento dejó de cumplir el rol de sostener el consumo y pasó a ser una herramienta cada vez menos accesible para millones de argentinos.
Así, el Gobierno enfrenta un escenario complejo: mientras exhibe avances en variables macroeconómicas como la desaceleración de la inflación y el equilibrio fiscal, la economía cotidiana sigue mostrando señales de fragilidad. Sin una recuperación del poder adquisitivo, del empleo registrado y del acceso al crédito, la reactivación difícilmente llegue a los sectores que dependen del consumo interno, prolongando una realidad en la que los indicadores macro mejoran, pero la situación de los hogares continúa deteriorándose.
Fuente: Bae Negocios
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