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Paraguay firmó un Mundial histórico y volvió a instalarse entre los grandes

Tras 16 años de ausencia, Paraguay regresó a un Mundial y alcanzó los octavos de final con una campaña inolvidable. El equipo de Gustavo Alfaro eliminó a Alemania, recuperó la ilusión de todo un país y volvió a instalar a la Albirroja entre las selecciones más competitivas de Sudamérica.
Foto: Clarín

Durante 16 años Paraguay miró los Mundiales desde afuera viendo cómo otras selecciones escribían sus historias mientras la Albirroja atravesaba una sequía, en términos futbolísticos. Pero en el Mundial 2026 la espera terminó. Y aunque el sueño concluyó en los octavos de final con una ajustada derrota ante Francia, para millones de paraguayos el verdadero triunfo había ocurrido mucho antes, cuando la selección volvió a cazar la utopía.

El mundo puede hacer lo que quiera, pero para muchos de nosotros, la imagen final de la albirroja no fue en la cancha, fue al amanecer,  en el aeropuerto Silvio Pettirossi, con cientos de hinchas esperando al plantel. No trajeron una copa, trajeron algo más importante, un equipo que había conseguido reconciliar a un país con su selección. El presidente Santiago Peña fue parte de esa recepción y agradeció en nombre de todos por «hacernos sentir tan orgullosos» y por haber devuelto la ilusión a todo un pueblo. Paraguay había vuelto a sentirse mundialista.

La gesta que nadie esperaba

Si bien clasificar tiene un gran mérito, si hubo un partido que cambió la historia de esta Copa del Mundo para Paraguay fue el triunfo frente a Alemania. Cuando la albirroja eliminó por penales a una selección 4 veces campeona del mundo logró una hazaña en sí misma, pero encima lo hizo después de 16 años de ausencia mundialista. Esa victoria ya está en las páginas más importantes del fútbol paraguayo, y porque no, mundial.

La clasificación tuvo todos los ingredientes de una epopeya. Julio Enciso abrió el marcador, Alemania reaccionó y empató, hubo un gol alemán anulado en el alargue y finalmente apareció la figura inesperada del torneo: Orlando Gill. El arquero, que años atrás había vendido sus camisetas, botines y recuerdos deportivos para afrontar los gastos médicos durante el embarazo de riesgo de su esposa, terminó convirtiéndose en héroe nacional al atajar 2 penales decisivos.

Resistir, soportar la adversidad y encontrar una oportunidad cuando parecía que todo estaba perdido, la historia personal de Gill se hace carne en la propia historia de Paraguay. Y por supuesto que las celebraciones fueron inmediatas. Miles de personas salieron a las calles y el Gobierno incluso decretó feriado para acompañar una clasificación que pocos imaginaban posible antes del inicio del torneo.

La utopía de Alfaro y un equipo sin estrellas, pero con identidad

Hay una palabra que acompañó permanentemente el recorrido paraguayo durante este Mundial: utopía. Si bien al principio era un juego de palabras o un chascarrillo por el título del libro de Gustavo Alfaro, conforme avanzó el mundial su conducción pareció construirse alrededor de esa idea, la de perseguir un objetivo inalcanzable hasta convertirlo en un horizonte compartido.

Cuando el DT argentino asumió en 2024, Paraguay venía golpeado por campañas frustradas y por un inicio de Eliminatorias que hacía pensar en otra ausencia mundialista. 2 años después el escenario era otro. Más allá del esquema táctico, Alfaro logró instalar un discurso que apeló al sentido de pertenencia, al esfuerzo colectivo y a la identidad paraguaya. En cada conferencia evitó hablar únicamente de resultados. Prefirió construir una narrativa donde el equipo era mucho más que 11 jugadores y durante el recibimiento en Asunción, le pidió a los hinchas que defendieran «la llama que estos chicos volvieron a encender».

A diferencia de otras potencias sudamericanas, Paraguay no llegó al Mundial con figuras conocidas, su fortaleza se vió justamente en lo contrario. El liderazgo de Gustavo Gómez, el talento de Miguel Almirón, la aparición de Julio Enciso, el crecimiento de Damián Bobadilla y la explosión de Orlando Gill terminaron conformando un equipo donde el funcionamiento colectivo estuvo siempre por encima de las individualidades. El sello de Alfaro también quedó reflejado en el estilo de juego: orden defensivo, intensidad física, fortaleza aérea y disciplina táctica. Esa identidad permitió sostener una campaña que comenzó con dudas, pero que terminó dejando una de las mayores sorpresas del campeonato.

Un Mundial que cambia el futuro

La eliminación frente a Francia por un penal convertido por Kylian Mbappé cerró el recorrido deportivo, pero difícilmente cierre el proceso que comenzó hace dos años. El propio Alfaro dejó abierta la posibilidad de continuar y aseguró que todavía quedan muchos desafíos por conquistar. Paraguay volvió a instalarse entre las selecciones competitivas del continente y después de haber derrotado a selecciones como Brasil, Argentina y Uruguay durante las Eliminatorias, y de eliminar a Alemania en la Copa del Mundo, el desafío pasa ahora por sostener esa identidad en el tiempo.

Por eso el regreso de la albirroja deja más épica que, incluso, su recorrido, porque el resultado final quedó en un segundo plano frente a algo mucho más profundo, la recuperación del orgullo colectivo. Durante semanas, Paraguay volvió a ocupar un lugar central en la conversación futbolística mundial. Miles de niños volvieron a usar la camiseta de la selección con ilusión. Las calles recuperaron festejos que parecían pertenecer únicamente a la memoria del Mundial de Sudáfrica 2010. La utopía de la que hablaba Alfaro nunca consistió únicamente en levantar una copa, consistía en convencer a un país entero de que todavía era posible soñar.

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