Venezuela vive desde el miércoles una de las peores tragedias naturales de su historia reciente. Dos terremotos —de magnitud 7.2 y 7.5, separados por apenas 39 segundos— sacudieron el norte del país y dejaron un saldo que, según el último parte oficial, ascendía a 1.430 fallecidos y 33.736 familias afectadas, aunque todo indica que esa cifra seguirá creciendo en las próximas horas.
«Cada minuto que pasa es una esperanza menos de vida«, advirtió Canelón en diálogo con NEA HOY, al describir el momento exacto en que se cumplían las 72 horas consideradas críticas para encontrar sobrevivientes entre los escombros. La periodista, que vive en Caracas pero se encontraba de viaje en el estado Lara cuando ocurrió el sismo, tuvo que regresar por carretera debido a que el principal aeropuerto del país, ubicado en Maiquetía, resultó seriamente dañado.
La zona más golpeada es el estado La Guaira, donde se concentra la mayor cantidad de edificios derrumbados. En Caracas, los barrios de Los Palos Grandes y San Bernardino también sufrieron derrumbes: tres edificios cayeron en cada sector, y un cuarto se desplomó horas después de la entrevista, aunque por fortuna ya había sido desalojado. Más al occidente, las localidades costeras de Tucacas y Morón, en los estados Falcón y Carabobo, también registraron edificaciones y viviendas colapsadas.
Según explicó la periodista, la falta de maquinaria pesada y de personal especializado es uno de los obstáculos más graves para las labores de rescate. «No habiendo maquinaria, no habiendo mano de obra especializada, no habiendo implementos para sacar, obviamente que le ha resultado muy difícil«, relató. Aun así, destacó la rapidez con la que la población venezolana se movilizó, muchas veces antes que las propias autoridades, organizando centros de acopio, transportando insumos y cocinando para los rescatistas.
Un país sin antecedentes de esta magnitud
Canelón puso el episodio en perspectiva histórica. El sismo más comparable fue el de Caracas en 1967, aunque de menor intensidad. Dos décadas después, en 1987, otro fuerte temblor —el de Cariaco, originado por la falla de El Pilar, en el oriente del país— causó numerosas víctimas, aunque concentradas en una sola localidad.
«No habíamos vivido un terremoto de esta naturaleza«, afirmó la periodista, subrayando que lo inusual no fue solo la magnitud, sino la sucesión casi inmediata de dos sismos de gran intensidad: «Lo lógico es que ocurra primero un terremoto y después la réplica. Aquí hubo un terremoto de 7.2 y el siguiente, entre uno y otro pasaron 39 segundos, es decir, se pegaron prácticamente, y el segundo fue de mayor magnitud«.
Desde entonces, las réplicas no han cesado. Solo el día de la entrevista se habían sentido cuatro temblores de consideración, uno de ellos de magnitud 5.3. Esa actividad sísmica constante mantiene a la población «con mucha angustia, con mucho miedo, con mucho pánico«, según describió Canelón. Numerosas familias no han regresado a sus viviendas y duermen en plazas, parques o dentro de sus autos, a la espera de que se inspeccione la estructura de sus edificios. «Hay gente que dice: prefiero estar en mi casa, aunque la estructura se pueda caer, porque la otra opción es dormir en la calle«, relató la periodista, reflejando la difícil disyuntiva que enfrentan miles de venezolanos.
La vida cotidiana, en pausa
El impacto del desastre también alteró la rutina diaria del país. El transporte público de superficie volvió a operar, pero el metro de Caracas permanece fuera de servicio por tratarse de una infraestructura subterránea. Las clases fueron suspendidas el jueves y el viernes por orden de la presidenta encargada, y hasta el momento de la entrevista no había certeza sobre si se reanudarían el lunes. Canelón anticipó que, aunque el Gobierno decida retomar las actividades escolares, muchos padres preferirán no enviar a sus hijos por temor a las réplicas.
En medio de la emergencia, la solidaridad ciudadana se hizo evidente en cada rincón del país. Motorizados trabajando como una suerte de servicio de transporte solidario, vecinos cocinando para los equipos de rescate y caravanas completas dirigiéndose hacia las zonas afectadas con banderas de Venezuela fueron parte del paisaje que describió la periodista durante su regreso por carretera. Incluso compartió un episodio personal: en el mismo vuelo que la trajo de regreso llegaron equipos de rescate especializados —entre ellos expertos brasileños en rescate animal y los reconocidos «Topos» de México— que se sumaron a las labores en los edificios colapsados de Los Palos Grandes.
Pese al esfuerzo conjunto entre la población y los equipos de emergencia, Canelón remarcó que aún existen zonas de La Guaira a las que no ha llegado ningún tipo de ayuda ni maquinaria especializada, donde son los propios familiares de las víctimas quienes intentan remover los escombros con sus manos. «Para remover una placa se necesita maquinaria pesada«, insistió, al describir el colapso vial que se generó en el principal acceso a la región, abarrotado de equipos y vehículos de auxilio que intentan llegar hasta las zonas más golpeadas por la tragedia.
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