Como tantos otros fenómenos, la “machósfera” (manosphere en inglés) es un producto de los rincones más marginales de internet que, a través de un largo proceso de decantamiento, llegó a nuestro día a día. Antes se trataba de un conjunto de foros, canales de YouTube, podcasts e influencers que compartían la idea de que “los hombres son las verdaderas víctimas de la sociedad moderna y el feminismo es responsable de todos sus problemas”.
Hoy, gracias a figuras internacionales como Andrew Tate y su facsímil local, Agustín Laje, esta idea parece haber escapado los límites de su albañal cibernético para influir en millones de jóvenes vulnerables y calar hondo en lo político. Es importante hablar del país porque Argentina representa uno de los ejemplos más notorios de este fenómeno. Además de la motosierra en mano, el estallido del Estado como lo conocemos y otras promesas de campaña, la llegada de Javier Milei también vino de la mano de una narrativa que denuncia una supuesta persecución contra los hombres y plantea una batalla cultural contra el feminismo, ideas que durante años fueron nafta de machósfera. Pero ¿cómo funciona este ecosistema? ¿Quiénes se benefician de él? ¿Y por qué resulta tan atractivo para buena parte de los jóvenes?
Respuestas fáciles para problemas complejos
A diferencia de lo que podría parecer, la gran mayoría de los usuarios no llega a la machósfera buscando contenido misógino. Muchas veces el recorrido comienza con videos sobre gimnasia y entrenamiento, desarrollo personal, finanzas o consejos para mejorar la autoestima. A partir de ahí, los algoritmos de las plataformas recomiendan contenidos cada vez más polarizantes, donde las dificultades personales empiezan a explicarse a través de una narrativa centrada en la supuesta pérdida de poder de los hombres.
La investigación «No es un buen momento para ser hombre: influencers antifeministas en la disputa hegemónica por las masculinidades en Argentina», elaborada por Santiago Morcillo, Estefanía Martynowskyj y Matías de Stéfano Barbero, sostiene que estos espacios logran conectar con malestares reales de muchos varones jóvenes, especialmente aquellos vinculados con la incertidumbre económica, laboral y afectiva.
El tema es que la machósfera toma estos problemas reales y complejos y ofrece una explicación fácil y sencilla: ¿No conseguís pareja? Es culpa del feminismo. ¿Te cuesta encontrar trabajo? Es culpa de las mujeres que ocupan lugares que antes eran masculinos. ¿Te sentís perdido? Es porque la sociedad te quitó el lugar que naturalmente te corresponde. Osea que en lugar de analizar las transformaciones sociales o económicas que afectan a una generación entera, se culpa a un enemigo común y ya. Y odiar es fácil.
Ver esta publicación en Instagram
Agustín Laje, Javier Milei y la construcción de la masculinidad agraviada
Dentro de este ecosistema, Agustín Laje ocupa un lugar particular. A diferencia de otros referentes internacionales que recurren a la provocación permanente, el politólogo cordobés construyó una imagen asociada a la divulgación intelectual y la discusión política. Según el trabajo publicado por la revista Plaza Pública, Laje forma parte de una red de influencers antifeministas que crecieron al calor de los debates sobre género de la última década.
Uno de los ejes centrales de estos discursos es la idea de que los hombres son señalados injustamente como privilegiados o responsables de problemas estructurales. Los autores describen este fenómeno como la construcción de una «masculinidad agraviada», donde el varón aparece como víctima de un sistema cultural dominado por el progresismo y el feminismo. Conceptos como «ideología de género», «corrección política» o «cultura woke» se convierten en herramientas para explicar frustraciones individuales y transformarlas en una identidad política compartida.
La llegada de Javier Milei a la presidencia también significó un cambio importante para estos sectores. Por primera vez, muchas de las ideas que circulaban entre influencers y creadores de contenido encontraron representación en el discurso oficial. La eliminación del Ministerio de las Mujeres, las críticas permanentes a las políticas de género, la prohibición del lenguaje inclusivo en organismos estatales y las referencias a la denominada «batalla cultural» dieron a los productos de esta machósfera un sentimiento de pertenencia y legitimidad. En ese sentido, fenómenos como el ascenso de Milei en Argentina, Donald Trump en Estados Unidos o Jair Bolsonaro en Brasil comparten una capacidad similar para canalizar malestares sociales hacia discursos que apelan a una identidad masculina en crisis.
Un negocio que necesita del conflicto
Más allá de sus expresiones políticas,que son toda otra dimensión, la machósfera también constituye un negocio. Cursos pagos, suscripciones, asesorías, contenido exclusivo y venta de productos forman parte de una industria que monetiza la inseguridad y el malestar de miles de jóvenes alrededor del mundo. El éxito económico de este modelo depende de una condición fundamental: mantener vivo el conflicto.
Las plataformas digitales obtienen más ingresos cuanto más tiempo permanece conectado el usuario. Los influencers ganan visibilidad cuanto más polémico es el contenido. Los dirigentes políticos encuentran audiencias movilizadas por sentimientos de enojo o frustración. Por eso, numerosos especialistas sostienen que la machósfera forma parte de una economía digital basada en captar atención y transformarla en ganancias. Porque detrás de la polarización, existe una industria que encontró en el resentimiento una de sus mercancías más rentables.
ADEMÁS EN NEA HOY:
Caso Dulce Candia: denuncian irregularidades en la investigación del femicidio
A once años de Ni Una Menos, las calles vuelven a gritar por las que ya no están









