Lejos de reflejar una mejora en la salud económica, los últimos datos sobre financiamiento en Misiones dejan al descubierto un escenario cada vez más frágil: el crecimiento del endeudamiento convive con un deterioro acelerado en la capacidad de pago, exponiendo tensiones que ya comienzan a sentirse en toda la estructura productiva y social. Un relevamiento de una consultora privada arrojó como resultado un fenómeno preocupante: cada vez más hogares y empresas encuentran dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras.
Según datos del Banco Central de la República Argentina, el stock total de créditos alcanzó los $1,3 billones al cierre de 2025, frente a los $0,8 billones registrados en 2024, lo que representa un incremento real del 13,6%. No obstante, la contracara de este proceso es el acelerado crecimiento de la morosidad: los saldos impagos treparon de $25 mil millones a casi $120 mil millones en el mismo período, con un salto real del 237,3%.
El análisis por sectores revela un deterioro generalizado. Las personas físicas en relación de dependencia —que concentran el 43,9% del crédito total— registraron un aumento del 22,8% en el financiamiento, pero con una suba de la mora del 302,8%, elevando el ratio de incumplimiento del 2,6% al 8,4%.
En la industria manufacturera, que representa el 16,6% del crédito, la situación es aún más crítica. A pesar de una caída en el financiamiento total, la morosidad se disparó un 1074%, llevando el ratio del 0,4% al 7,1%. Dentro del sector, los rubros de alimentos y bebidas y el de textiles y cuero evidenciaron los mayores deterioros.

El comercio, que explica el 14% del crédito, mostró un comportamiento más heterogéneo. Aunque el ratio de morosidad general descendió levemente, se registraron fuertes contrastes internos: mientras algunos segmentos mejoraron su desempeño, el comercio mayorista experimentó un salto de la mora del 822,8%.
En servicios —con el 12,6% del crédito total— la morosidad creció 346,2%, con especial impacto en hotelería, gastronomía y transporte. Por su parte, sectores como la producción primaria y la construcción también reflejaron incrementos abruptos en los niveles de incumplimiento, con subas que superan ampliamente el crecimiento del crédito otorgado.
Este escenario evidencia que el aumento del financiamiento no necesariamente responde a una mejora estructural de la economía. Por el contrario, en muchos casos refleja una creciente dependencia del crédito para sostener gastos corrientes, cubrir costos operativos o compensar la pérdida de ingresos reales.

La situación se vuelve aún más delicada al observar que el fenómeno atraviesa de manera transversal a casi todos los sectores económicos. No se trata de problemas aislados, sino de una señal extendida de fragilidad financiera. Incluso en actividades donde el crédito crece, la morosidad también aumenta, lo que indica que el acceso al financiamiento ya no es sinónimo de fortaleza económica.
Además, varios de los mayores incrementos en la mora se registran en sectores vinculados al consumo interno. Esto sugiere que la pérdida de poder adquisitivo y la desaceleración económica están comenzando a impactar con fuerza en la cadena de pagos. Cuando cae el consumo, no solo se resienten las ventas, sino también la capacidad de las empresas para sostener su capital de trabajo y cumplir con sus obligaciones financieras.
En este contexto, el crecimiento del crédito deja de ser una señal exclusivamente positiva y pasa a ser un indicador ambiguo: puede reflejar tanto oportunidades de desarrollo como una creciente presión sobre la capacidad de pago de la economía real.
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