En tiempos donde la cultura argentina atraviesa recortes, tensiones e incertidumbre sobre su financiamiento, «Gente de la ruta» aparece como una obra que no solo interpela desde lo narrativo, sino también desde su propia forma de producción: colectiva, regional y sostenida, en gran parte, por la educación pública.
Rodada íntegramente en Oberá, con una duración de 67 minutos y un elenco integrado por mujeres —muchas de ellas no actrices—, la película sigue a Gladys, quien huye de su marido junto a sus hijos y se refugia en la casa de su prima, en un barrio atravesado por la ruta, la violencia cotidiana y la desaparición de mujeres. Pero más allá de su historia, lo que propone el film es una experiencia sensorial: una atmósfera inquietante, cargada de silencios, penumbras y presencias que no siempre se ven, pero se sienten.
Reconocimientos que ponen en valor el cine regional
El paso de la película por el BAFICI no fue menor. Allí recibió importantes distinciones que ponen en foco tanto su construcción estética como su mirada autoral. Por un lado, Melanie Castellini fue premiada con el galardón a Mejor Dirección de Fotografía de largometraje en la Competencia Oficial Argentina, destacando el trabajo visual que sostiene gran parte de la identidad del film.
Por otro, Lucas Koziarski fue reconocido por la Federación de Escuelas de Imagen y Sonido de Latinoamérica (FEISAL) como Mejor Dirección Latinoamericana de hasta 35 años entre todas las competencias oficiales. A esto se suma el propio reconocimiento al film dentro del festival, donde —como señaló el director— la película fue distinguida como mejor largometraje dentro de su recorrido, consolidando su recepción positiva tanto en crítica como en el circuito independiente.

Una historia que nace del territorio
Para Koziarski, el origen de la película no es abstracto ni distante: es profundamente personal. «Yo viví siempre enfrente de una ruta, la ruta nacional 14, en Oberá. Empecé a atar recuerdos, vivencias de mi infancia, de mi familia, de mujeres que trabajaban en la ruta, donde había una violencia muy naturalizada», cuenta.
Esa doble dimensión —la violencia dentro y fuera del hogar— atraviesa toda la película. «Había algo de esa presencia, de esa violencia simbólica que estaba tanto adentro como afuera, de diversas formas», explica el director.
Lejos de construir un relato lineal o aleccionador, «Gente de la ruta» se planta en otro lugar: el de la incomodidad. «No quería embanderar con ninguna causa ni dar un discurso. Quería generar algo en el espectador: una pregunta, una incomodidad, una reflexión», sostiene Koziarski. Esa búsqueda encuentra en la fotografía uno de sus pilares fundamentales. El trabajo de Castellini —premiada en el festival— es clave para construir el universo del film.
Lejos de la iluminación tradicional, la propuesta visual parte de una idea clara: trabajar desde la oscuridad. «Lucas me dijo que quería pensar la película desde la oscuridad. Fue un desafío enorme, porque la dirección de fotografía suele pensarse desde la luz. Acá trabajamos con la penumbra, con luces rebotadas, evitando iluminar de forma hegemónica», explicó Melanie.
El resultado es una estética que no busca mostrarlo todo, sino sugerir. «Hay algo de que siempre hay algo que no se está viendo. La película no da respuestas, deja que el espectador también trabaje», agregó Castellini.

Cine hecho desde lo colectivo y el valor de la educación pública
La película también es, en sí misma, una experiencia colectiva. Desde el elenco hasta el equipo técnico, pasando por colaboraciones clave como Iru Producciones, que aportó equipamiento fundamental para el rodaje. «Nos prestaron lentes, luces, equipos. Sin eso no hubiéramos podido filmar. La película también tiene una textura en la imagen que se apoya mucho en esos recursos», detalló Koziarski. En esa misma línea, Castellini coincide: «Fue una película hecha gracias al trabajo colectivo. Iru y otras personas nos dieron herramientas esenciales para construir la atmósfera».
Tanto el director como la directora de fotografía comparten un punto en común: su formación en instituciones públicas. Y ambos lo dicen sin rodeos: sin ese acceso, la película no existiría. «La universidad pública tuvo una influencia casi al 100% en la creación de esta película«, afirma Koziarski.
En un contexto de desfinanciamiento cultural, Lucas realizó una reflexión al respecto: «Se están desfinanciando todos los sectores que no dan beneficio económico. Y eso afecta todo: la cultura, la educación, los vínculos», advirtió el director.

Castellini, por su parte, suma una mirada contundente: «Esta película y estos premios son una razón para que la sede de la ENERC en Formosa siga existiendo. Es la prueba de que estos espacios generan cine». Cabe destacar que la cede de Formosa fue cerrada, y la actriz sostiene la importancia para que vuelva a funcionar.
Gente de la ruta apuesta a otra lógica: la de la incertidumbre. «Cuando una película te deja más preguntas que respuestas, funciona mejor. La realidad no se resuelve como en el cine», reflexiona Koziarski. En esa apuesta radica su potencia. Porque en lugar de cerrar sentidos, abre grietas. Porque en lugar de explicar, sugiere. Porque en lugar de alejarse, se mete de lleno en un territorio —geográfico y simbólico— que pocas veces ocupa el centro de la escena.
En definitiva, «Gente de la ruta» no solo cuenta una historia: la inscribe en un mapa más amplio, donde el cine regional, la memoria colectiva y las condiciones materiales de producción se cruzan para dar lugar a algo más que una película.
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