Una carnicería de Trelew, en Chubut, comenzó a vender carne de burro a $7.500 el kilo, casi la mitad que muchos cortes vacunos, y en pocas horas se quedó sin stock. La experiencia, impulsada por el productor rural Julio Cittadini, dejó de ser una idea marginal para convertirse en un hecho concreto que ya genera debate en todo el país.
La escena —impensada hasta hace poco— resume lo que sucede en las mesas argentinas: en el “país de las vacas”, el asado empieza a correrse del plato cotidiano y a convertirse en un lujo.
Un mostrador que marca época
La iniciativa surgió como una respuesta productiva en la Patagonia, donde la crisis ganadera, las condiciones climáticas y los costos crecientes complican la cría tradicional de vacas u ovejas. En ese contexto, el burro y otras carnes aparecen como una alternativa viable: es resistente, requiere menos recursos y puede adaptarse mejor a terrenos adversos.
“Esto no es algo improvisado, es una opción productiva”, explicó Cittadini al defender el proyecto. La propuesta avanzó con faena controlada y venta directa en carnicerías, incluyendo cortes conocidos como vacío, costilla o pulpa, lo que facilita su incorporación al consumo.
Para vencer prejuicios, los impulsores incluso organizaron degustaciones abiertas. Hubo empanadas, chorizos y asado elaborados con esta carne, y la respuesta sorprendió: muchos consumidores no lograron distinguirla de la vacuna.

Imagen: Archivo
Más barato, más polémico
El factor decisivo es el precio. En un contexto donde la carne vacuna se volvió cada vez más cara, la diferencia económica pesa más que cualquier resistencia cultural.
“La carne de burro es muy nutritiva, de buen sabor y de muy buena calidad”, aseguró Cittadini, quien además remarcó que se trata de un producto apto para consumo bajo los controles sanitarios correspondientes.
Quienes participaron de las pruebas coincidieron en describirla como una carne suave y comparable al novillo, lo que explica por qué el primer lote se agotó rápidamente.
Sin embargo, la polémica no tardó en aparecer. En redes sociales y en la calle, la discusión se mueve entre la curiosidad y el rechazo. El problema no es solo qué se come, sino lo que ese cambio representa en términos culturales.
El síntoma detrás del fenómeno
La experiencia de Trelew no puede leerse de forma aislada. Tal como señala ocurre en un contexto donde el consumo de carne vacuna cae y el poder adquisitivo se deteriora, obligando a las familias a buscar alternativas más accesibles.
En ese marco, lo que antes era impensado empieza a volverse posible. La carne de burro no llega como moda ni como excentricidad gourmet, sino como respuesta a una necesidad concreta: llenar la mesa a menor costo.
El propio impulsor del proyecto anticipa un escenario de expansión: «Estoy convencido que el consumo va a venir en paralelo con el incremento de la producción”, sostuvo, dejando abierta la puerta a que esta alternativa deje de ser marginal.
¿Excepción o anticipo?
Por ahora, la comercialización es limitada y experimental. Pero el fenómeno deja una señal difícil de ignorar: los hábitos alimentarios están cambiando al ritmo de la economía.
En un país donde el asado fue durante décadas símbolo de encuentro, identidad y abundancia, la aparición de nuevas carnes refleja algo más profundo que una simple innovación productiva.
La imagen de una carnicería vendiendo carne de burro no es solo una curiosidad.
Es, como sugiere la nota original, una postal incómoda de una Argentina donde incluso la parrilla ya no es la misma.
La carne no da respiro: subas fuertes y menos stock en las carnicerías de Corrientes










