- Publicidad -

De la bronca al desencanto: cuando la confianza que llevó a Javier Milei al poder empieza a resquebrajarse

El deterioro económico, la caída del poder adquisitivo y la falta de respuestas concretas empiezan a erosionar el vínculo de confianza que impulsó a Javier Milei al poder, en una sociedad cada vez más cerrada y desencantada.
Imagen generada por IA

Un informe de Edelman sobre confianza global no habla solo de percepciones abstractas: describe un cambio profundo en cómo las sociedades se vinculan entre sí y con el poder. Y en ese espejo, la Argentina de Javier Milei aparece como una prueba de ello. La conclusión central es muy simple: la confianza ya no se deposita en las instituciones, sino en lo cercano. Familia, amigos, empleadores. Lo propio. Lo conocido. En un mundo donde siete de cada diez personas desconfían de quienes piensan distinto, la sociedad se vuelve más cerrada, más tribal, menos dispuesta al diálogo.

Ese diagnóstico global tiene un correlato directo en Argentina. Un estudio nacional reciente muestra que la confianza en actores clave está en niveles bajos en casi todos los casos: los políticos tienen un índice de apenas 4,18 puntos sobre 10 y los partidos políticos caen aún más, a 4,19. Incluso instituciones tradicionalmente más estables, como la Justicia, apenas alcanzan los 3,99 puntos. Es decir, la desconfianza no es solo una percepción difusa: es un dato estructural que atraviesa todo el sistema.

Ese clima no solo explica el ascenso de Milei, también empieza a explicar su imagen en caída.

La desaprobación escaló a niveles muy altos desde el inicio de la actual gestión. Fuente: Zubán Córdoba.

De outsider confiable a Presidente cuestionado

Milei utilizó ese cambio cultural. Construyó su figura desde el rechazo al Estado, a «la casta» y a los intermediarios tradicionales. No se presentó como político, sino como alguien «del mismo lado» que una parte de la sociedad enojada. En un contexto donde la confianza «se construye desde lo cercano», su discurso funcionó como un puente emocional: no era el Estado, era alguien que parecía pensar como muchos. «Yo lo voté pero esto es un manoseo a la clase trabajadora», explicó uno de sus votantes.

Pero ese mismo mecanismo tiene una contracara brutal: cuando esa confianza se rompe, empiezan a verse cambios drásticos. ¿Valió la pena el voto? ¿El esfuerzo que se pidió tuvo algún resultado concreto en la vida cotidiana? Las respuestas a esas interrogantes, reveladas por diversas consultoras muestran que ese quiebre está en marcha. No se trata de un error individual, sino de una expectativa colectiva que no encontró respuesta.

 

Ver esta publicación en Instagram

 

Una publicación compartida por Todo Negativo (@todonegativo)

En ese sentido, más de la mitad de los argentinos asegura que su situación económica empeoró: el 55,2% reconoce un deterioro concreto en su vida cotidiana. En paralelo, la desaprobación del Gobierno nacional alcanza el 65% en dichos relevamientos, mientras que la aprobación cae al 33,9%, configurando un escenario de fuerte desgaste político. A su vez, más de seis de cada diez personas creen que el país va en la dirección incorrecta, lo que refuerza la idea de un cambio profundo en el humor social.

La crisis económica refleja uno de los mayores indicadores de malestar social. Fuente: Zubán Córdoba.

Ese malestar se completa con un cuadro más amplio que recorre todas las encuestas y la vida cotidiana: salarios que corren por detrás de la inflación, pérdida sostenida del poder adquisitivo, más de 300 mil puestos de trabajo asalariado destruidos y el cierre de más de 22 mil empresas en todo el país. A esto se suma un fenómeno cada vez más extendido: el endeudamiento para cubrir gastos básicos, señal de que el problema ya no es el consumo sino la supervivencia. 

El dato más sensible es otro: la economía dejó de ser una promesa y pasó a ser una frustración cotidiana. Como señalan distintos consultores, frases como «ya no hay plata que alcance» o «cada vez es más difícil llegar a fin de mes» se repiten en todos los sectores sociales. Ese malestar no es ideológico: es concreto.

El informe de Edelman advierte que hay una brecha de 42 puntos entre lo que la gente espera de los gobiernos y lo que cree que hacen. En Argentina, esa distancia dejó de ser una percepción abstracta para convertirse en experiencia diaria. Porque el votante que eligió a Milei no lo hizo solo por ajuste o shock económico. Lo hizo creyendo en una promesa: que el sacrificio tenía sentido, que el esfuerzo iba a tener una recompensa. Hoy, esa expectativa se está desmoronando.

Incluso dentro de su propia base aparecen señales claras de desgaste. El Presidente cae por debajo del 40% de aprobación en algunas mediciones, pierde apoyo entre votantes que antes lo acompañaban y crece una combinación peligrosa de bronca, incertidumbre y desilusión.

Al mismo tiempo, los análisis muestran una sociedad atravesada por el desencanto pero también por la resignación. Casi la mitad de los argentinos combina interés por la política con bajo nivel de debate, mientras que un 43,2% se ubica en un perfil de «resignación silenciosa»: ciudadanos que ni se involucran ni discuten. Ese clima es clave para entender tanto el ascenso como el desgaste de Milei: una sociedad que primero canaliza su enojo en figuras disruptivas, pero que rápidamente puede pasar a la frustración cuando las expectativas no se cumplen.

Cuando la confianza vuelve al círculo cercano

Hay un dato del informe de Edelman que resulta clave para entender el momento actual: el 75% de las personas confía en su empleador, mientras que apenas el 47% lo hace en el gobierno. En una economía donde miles de empresas cierran, el empleo se vuelve inestable y el miedo al despido crece, ese «refugio de confianza» también empieza a resquebrajarse.

Incluso en el terreno informativo se observa esa tensión. Mientras un 59,2% de los argentinos todavía confía más en medios tradicionales, un 27,2% ya prioriza redes sociales y sus usuarios como fuente de información. Esa brecha no solo refleja un cambio tecnológico, sino una transformación cultural: la autoridad informativa se fragmenta y se vuelve cada vez más subjetiva.

Este indicador muestra que la sociedad tiene un nivel alto de resignación y desinterés. Fuente: Pulso Research. 

En ese contexto, el propio informe refuerza un rasgo central de época: la verdad dejó de ser un consenso. Vivimos en una lógica de posverdad, donde las personas tienden a creer y consumir información que coincide con sus propias ideas. Este fenómeno, amplificado por redes sociales, consolida burbujas de pensamiento que hacen cada vez más difícil construir acuerdos colectivos.

El modelo político de Milei se sostuvo, en gran parte, en la confrontación permanente. Pero el propio informe Edelman advierte sobre ese riesgo: un gobierno que se alimenta del enemigo constante puede consolidar su base, pero al mismo tiempo profundiza la fragmentación social que luego le impide construir legitimidad más allá de ese núcleo. Porque una sociedad fragmentada, que desconfía del otro, también termina desconfiando del que gobierna.

Hay además una tensión de fondo que complejiza el escenario. Aunque el discurso libertario ganó centralidad, el 58,8% de los argentinos sigue creyendo que el Estado debe intervenir activamente para garantizar igualdad, frente a un 29,2% que prefiere un mercado completamente libre. Es decir, incluso dentro del clima de época que favoreció a Milei, persiste una demanda estructural de protección estatal que choca con el rumbo del Gobierno. 

Hay algo más profundo que empieza a emerger en este escenario. En contextos de infoxicación, como señala Edelman, la ciudadanía ya no responde a relatos ni a explicaciones: exige resultados concretos. Porque el relato puede sostener una expectativa durante un tiempo. Pero cuando la vida cotidiana se deteriora, la experiencia termina imponiéndose sobre cualquier narrativa. El bolsillo, una vez más, funciona como el principal organizador de la política.

Tal vez el dato más incómodo para el oficialismo no sea la caída en las encuestas, sino el cambio silencioso que empieza a darse en una parte de su electorado. No se trata necesariamente de un giro ideológico, ni de una conversión política. El votante que apostó por Milei como respuesta al hartazgo hoy empieza a hacerse una pregunta distinta. Ya no es contra quién está, sino para qué sirvió ese voto en su vida concreta.

ADEMÁS EN NEA HOY:

Crecimiento estancado, caída del empleo y pérdida de ingresos: las sombras del modelo de Javier Milei

¿Menos pobres o peor medidos? La grieta entre los datos oficiales y la realidad